Antonio R. Naranjo-El Debate
  • No se trata del vergonzoso cupo catalán, es todavía peor y va a decantar el futuro de la democracia en los próximos meses

Hay gente con tribuna pública que dice, en la misma frase, que a Vox habría que ilegalizarlo y que el PP es ultraderechista y, justo a continuación, aplaude a Oriol Junqueras y se admira con Arnaldo Otegi, a la par que destaca la coherencia progresista del primero y, al segundo, le aplaude porque hace política y ya no se mata, como si no asesinar mereciera alguna compensación superior a no ir a la cárcel: en su caso, elegir presidente, liberar a etarras, sumergir a Navarra en el universo batasuno y reescribir el relato del horror, para vergüenza sanchista, y difuminar la abismal distancia entre quienes disparaban y quienes morían.

Son los mismos, claro, que también llaman genocida a Israel y nazi a Trump por detener a Nicolás Maduro y acercar a Venezuela a algo parecido a una democracia cuando Zapatero y Sánchez callaban o hacían negocietes; mientras aplauden, se callan o se lucran con todos los tiranos que sometan a su pueblo en nombre de ideas abyectas, para ellos correctas y trasladables a España.

O que no dudan, por cambiar de asunto pero mantenernos en la misma lógica cenutria, en culpar a todos los hombres de la violencia contra las mujeres, con la excepción de que, si la cometen trogloditas con taras de origen, llaman «racismo» a la evidencia estadística.

Toda esa tropa aplaude ahora la disposición de Pedro Sánchez a comprarse otro ratito en La Moncloa impulsando la «financiación singular» de Cataluña, que es a la igualdad fiscal entre españoles lo mismo que la violación al sexo: se trata de aceptar, entre eufemismos, que el que más tiene menos pague, adjudicándole además a un territorio el esfuerzo que en realidad hace cada contribuyente a título personal.

Es un brindis al sol, inviable porque a cada cesión a una marca independentista, le seguirá una exigencia mayor de otra, haciendo imposible al corto plazo perpetrarlas todas como preámbulo de la última, que es la importante: inventarse la manera de legalizar un referéndum de secesión o la independencia operativa directamente.

Pero aunque ahora no prospere, queda manifiesta la indignidad de un presidente inmerecido e ilegítimo, capaz de perseguir a Madrid, la región más solidaria de España, porque la preside Ayuso; y de arrodillarse con toda la patulea separatista, a sabiendas de que su único fin es dañar al resto de españoles, esos gorrones que viven del cuento en su delirante imaginario.

Y deja también sentada otra base peligrosa, que es realmente el juego de Sánchez: sabe que la legislatura está acabada, que no puede gobernar, que su resistencia atiende exclusivamente a dotarse de un mejor escudo judicial y a utilizar al Estado para desmontarlo, adaptarlo a sus necesidades y, esto es lo relevante, hacer inviable la alternativa.

Porque Sánchez solo está ya de presidente para acelerar en la asfixia a la oposición, acabar con la separación de poderes, controlar con puño de hierro los contrapoderes de una democracia y avanzar en un frentepopulismo feroz que divida definitivamente en dos a España y le permita, con todo tipo de trucos, permanecer eternamente en La Moncloa o, si no le dan las malas artes, sucederse a sí mismo como secretario general del PSOE, jefe de la oposición y líder global contra la ultraderecha, todo con el objetivo de hacer irrespirable la próxima legislatura.

No se trata del cupo catalán, una agresión al conjunto de los españoles, sino del Plan Sánchez, una perversión para perpetuar una agresión a la España conocida y estabilizar su suplantación por otra cosa, obviamente peor, que perpetúe el negocio de esa banda que le invistió. En estos meses, en fin, se juega el futuro de la democracia. Nada menos.