Antonio Rivera-El Correo

  • «Si caen Ucrania y Groenlandia, caemos los europeos como civilización»

El trozo de mundo que afortunadamente nos ha tocado en suerte para pasar nuestra existencia, el subcontinente europeo, es el resultado de unos pocos siglos de historia reciente. Ahí se juntan procesos deleznables, como el colonialismo, la voracidad capitalista o dos guerras mundiales, y una cierta capacidad para reaccionar a ellos y construir un lugar habitable. Tal cosa ha sido posible gracias a una racionalidad y una moralidad emergidas de la gran crisis de la conciencia europea del siglo XVII, materializadas y extendidas en el siguiente gracias a la Ilustración. Así, desde el anhelo de paz universal kantiano a la división de poderes de Montesquieu, pasando por el juicio incrédulo, pero operativo, de Descartes o lo salvable del individualismo productivo de Adam Smith, todo ello y mucho más componen un sistema de valores que explica los fundamentos de nuestro trozo de mundo contemporáneo. O, al menos, así se lo cuento yo a mis alumnos.

Se ha puesto de moda estos días sacar la cabeza ante la densidad de acontecimientos con que hemos empezado el año tomando una posición de realismo interpretativo de la situación mundial. Eso está bien, y así lo recomendarían los citados ilustrados. Sin embargo, se cuela en esa disposición un deje descalificador de nuestra experiencia europea, como si esta estuviera a las puertas de su inmediata desaparición. Se habla de que somos un atajo de viejos privilegiados, de que no asumimos nuestra responsabilidad en un mundo cainita, que apelamos a órdenes mundiales y a valores periclitados. En suma, que mejor olvidamos esos fundamentos de nuestro mundo y nos plegamos a las directrices del que ya está aquí: irracional, violento, sin normas y egoísta. De lo contrario, dicen los teóricos realistas de las relaciones internacionales, la realidad nos pasará por encima. Dicho de otro modo: debemos cambiar nuestros valores y acoger inevitablemente los contrarios, esos que personifican Trump, Putin, Xi Jinping, Bin Salman, Netanyahu, Narendra Modi o los ayatolás iraníes, entre otros.

Uno se siente como Stefan Zweig viendo desaparecer su mundo de ayer, y la ignota Groenlandia –como antes Ucrania– se le aparece como símbolo de la amenaza. Si caen ellas, caemos los europeos como civilización, como único y último reducto del mundo digno de ser habitado, ajeno a esa vida «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta» que parecen preferir los émulos de Hobbes de estos días. Si caen esos lugares tan ajenos lo harán con ellos el Estado de derecho y la democracia liberal, el Estado de bienestar y todos los grandes inventos de este pequeño subcontinente. Pasará otro tanto al otro lado del Atlántico, en la vieja democracia americana. Estamos viendo demasiados signos de ello.

Luego, habría que reaccionar de alguna manera. No hemos desaparecido aún. Somos quinientos millones de europeos que compramos y vendemos, que tenemos alguna capacidad de resistencia incluso defensiva, que atesoramos un patrimonio envidiable por nuestro saber hacer sociedades habitables. Europa, de nuevo, es la tabla de salvación, y no el lastre que dibujan los realistas. Por eso tenemos que enfrentar que nos toquen Groenlandia.