Jesús Cacho-Vozpópuli

  • El 26 podría ser el año de la liberación de todos los rufianes que hemos padecido

“Año de nieves, año de bienes», decían los labradores de mi Tierra de Campos natal, siempre pendientes de las heladas tardías, de los calores adelantados, de la pertinaz sequía; siempre mirando al cielo, siempre anhelando ese “año de bienes” que hiciera realidad una buena cosecha de trigo y cebada. El año 26 ha empezado con nieve en no pocos lugares de España y muy mal tiempo en casi todos. Y en lo político, con la promesa de un año excepcional para la libertad, concretado ya en la formidable operación, digna del mejor Hollywood, que el sábado 3 de enero supuso la captura de Nicolás Maduro para ponerlo a disposición de un juez en Nueva York. Un tirano menos. Desde entonces el panorama caribeño se ha llenado de interrogantes, noticias falsas y tinta de calamar. Mucha intoxicación. La decapitación del chavismo se tomará su tiempo antes de convertir Venezuela en esa democracia que ansían los casi ocho millones de venezolanos obligados a la diáspora, pero sin duda se ha convertido ya en la gran noticia de un 2026 que podría pasar a los libros de Historia, con mayúscula, como un año de leyenda para la libertad a poco que la diosa Fortuna eche su cuarto a espadas poniendo fin a la tiranía castrista en Cuba y derribando a la oprobiosa dictadura de los ayatolas en Irán. ¿Y España? ¿Qué le deparará el año 26 a España? De momento, y mientras los españoles hacen cábalas sobre Venezuela, Pedro Sánchez continúa incansable la tarea de demolición del Estado que inició en junio de 2018. Su último regalo ha sido recibir en Moncloa con toda pompa a un sujeto con condena firme por golpista, un tipo inhabilitado para el ejercicio de cargo público, supuesto líder de un partido separatista, con el que ha pactado una financiación singular para Cataluña, perdón, ha efectuado el último pago del alquiler de la Moncloa.

Primero, Venezuela. Cuentan mis fuentes que Donald Trump vio confirmadas sus sospechas sobre la oposición cuando, en la tarde del sábado 3, las calles de Caracas permanecieron desiertas, silenciosas, sin las manifestaciones de júbilo que algunos esperaban tras la captura del bufón. La oposición no era dueña de la calle porque no controlaba el aparato represivo del régimen. No estaba capacitada para encabezar una transición pacífica a la democracia. Trump optó entonces por Delcy y Jorge Rodríguez, con los que había negociado muchos meses antes. “Ellos son los que entregan a Maduro”. La buena noticia es que “los hermanos están a las órdenes directas de Washington, y es Delcy la que está siguiendo al pie de la letra las directrices que le llegan (la excarcelación de presos políticos) vía Marco Rubio”, el nuevo Virrey del Orinoco. El momento de María Corina Machado no ha llegado aún pero está al caer. Su cercanía a Trump se escenificará esta semana cuando sea recibida en la Casa Blanca. “La ventaja de la oposición democrática es que no va a necesitar mancharse las manos, porque la transición se la vamos a hacer nosotros, se la van a hacer los hermanos Rodríguez siguiendo nuestras órdenes”. Y María Corina, mujer inteligente donde las haya, en lugar de ponerse a protestar por su supuesta postergación, se subió pronto al carro de Trump asegurando que, en efecto, la transición en Venezuela ya ha comenzado. Dicho lo cual, nos esperan momentos de inevitable tensión, sin que sea descartable que en algún momento salgan a relucir las pistolas en el Palacio de Miraflores, lo que podría obligar a una segunda intervención norteamericana. “Con la detención de Maduro se ha roto la jerarquía de mando en Caracas, que era lo que se buscaba. Ahora ya nadie se fía de nadie, lo cual acelera la descomposición interna”. ¿De qué gente me puedo fiar? ¿Quién me puede traicionar? ¿Qué será de mí dentro de un par de semanas o un par de meses? Son las preguntas que se formulan en silencio los jerarcas del régimen. La gran incógnita por despejar reside en el poder real de Delcy, la Gorbachov caraqueña, obligada a entregar de inmediato la cabeza de Diosdado Cabello, sobre el Ejército. En el fondo, el régimen chavista son los generales que controlan los fusiles. La democracia llegará, pero tendrá que esperar.

Tras Venezuela, Cuba. Para la dictadura cubana ha empezado la cuenta atrás. Tras la caída de la URSS, el castrismo ha vivido en las últimas décadas de las ayudas de Caracas, de la Rusia de Putin, del Irán de los Ayatolas, y de la China de Xi Jinping, además de narcotráfico y del crudo venezolano que hacía escala en la isla para proseguir viaje con destino al mercado asiático, fuente de divisas para la nomenklatura cubana. La caída de Maduro supone el fin del gotero venezolano. Díaz Canel se queda sin su mayor y casi único sostén. Y con el Caribe y el golfo de México infectado de marines dispuestos a detener cualquier petrolero que ose salir del lago Maracaibo. Con un país en las últimas, verdaderamente exhausto, la crisis final de la dictadura es inminente, lo que estratégicamente viene a coincidir con los intereses políticos de Trump en Estados Unidos. En efecto, al americano medio la película de la captura de Maduro se le agota en media hora. No quiere tropas sobre el terreno y teme el gasto que supondría, además del sacrificio de vidas, una intervención terrestre para asegurar la transición. Pero, sobre todo, la popularidad del presidente se ha deteriorado mucho ante el electorado hispano por culpa de las expulsiones de inmigrantes indocumentados (familias repentinamente rotas), a los que la policía puede detener por sorpresa en su puesto de trabajo. ¿Resultado? El Partido Republicano podría perder las elecciones midterm, noviembre de este año, si nada cambia. Donald Trump necesita una victoria sonada para calmar a la comunidad hispana, y esa victoria se llama Cuba. Por derecho: aseguran mis fuentes que la dictadura castrista caerá “antes del próximo mes de julio”. El zurderío mundial asistirá perplejo al desplome del último bastión del socialismo del siglo XXI. Trump, ese ser tan atrabiliario al que ni usted ni yo sentaríamos a nuestra mesa en Navidad, podría terminar de un plumazo con las dos dictaduras más atroces de la historia latinoamericana, igualando en prestigio a presidentes como Kennedy o Reagan.

Y a continuación, Irán o el estallido de un pueblo en la calle contra una sanguinaria teocracia que golpea a las mujeres, ahorca a los homosexuales, encarcela a sus oponentes y exporta terror mientras ofrece miseria a sus naturales. Una marea humana que crece cada día recorre calles y plazas del país al grito de «Muerte a Jamenei» y «Libertad, libertad». Si el levantamiento iraní tuviera un rostro, sería el de una señora que el viernes en Teherán en medio de la multitud, con el puño levantado y la cabeza descubierta sin pañuelo, gritaba con la boca manchada de sangre: “¡No tengo miedo! ¡Llevo 47 años muerta!» (los transcurridos desde la caída del Sha en enero de 1979). Los ayatolas han optado por la represión pura y dura: ya han cortado el acceso a internet (a la República Islámica le gusta matar sin testigos), reducido las comunicaciones telefónicas, cerrado universidades y aislado barrios enteros en Teherán y otras grandes ciudades para evitar las concentraciones de opositores. Se contabilizan más de 100 muertos y de miles de detenidos y se habla del uso de fuego real y del recurso a francotiradores para infundir miedo e intentar vaciar las marchas de los menos esforzados, mujeres y niños, para quedar frente a los más convencidos, a menudo jóvenes sin futuro protagonistas de este “levantamiento de los hambrientos”. El líder supremo Alí Jamenei advirtió el viernes que no cederá ante «saboteadores» y «vándalos». Desde 1999, el régimen ha superado en cuatro ocasiones otras tantas revueltas ahogando en sangre la ira de los iraníes. ¿Terminará también esta ola de protestas de nuevo en luto y desesperación? Parece muy difícil que el pueblo pueda forzar la caída del régimen sin una acción exterior por parte de Estados Unidos e Israel. Los ayatolas están muy debilitados, pero siguen disponiendo de los fusiles, de la muerte que la Guardia Revolucionaria dispensa en la calle y en los centros de tortura. Todo ocurre ante la indiferencia de los grandes medios y el escandaloso silencio de la izquierda mundial. Lo que sucede en Irán está exponiendo ante el mundo de forma descarnada ese absoluto fraude moral que es la izquierda: el sufrimiento solo importa cuando puede usarse contra Occidente y sus valores. En caso contrario, se oculta y se ignora.

¿Y España, qué pasa en España? Mientras nos distraemos con lo que ocurre lejos de nuestras fronteras, el pérfido gañán que nos preside prosigue la tarea de demolición de la patria común. Esta semana le ha asestado un nuevo golpe, quizá definitivo, a la igualdad y solidaridad entre los españoles. Y lo hace a cara descubierta, porque ya no valen subterfugios ni simulacros. Recibe con pompa en Moncloa al líder de ERC, un tipo condenado en firme por golpista, luego indultado, e inhabilitado para cargo público, con el que pacta una financiación singular para la Generalidad, un “cupo” catalán por importe de 4.700 millones como pago por el alquiler de Moncloa. Y ante los medios el sujeto explica con total desahogo que “el acuerdo es bueno, porque todo el mundo gana, nadie pierde”. Se lleva a casa una parte de la tarta, pero nadie pierde. ¿Qué broma es esta? Y la patética Montero aparece en escena para afirmar que el Gobierno va a volcar en el sistema autonómico algo así como 21.000 millones más (¿será por dinero?), para que nadie proteste y todo el mundo se dé por satisfecho. ¿Y este festival quién lo paga? ¿Quién corre con la cuenta? Cada vez tratan de engañarnos con peores argumentos, cada día ofenden más nuestra inteligencia. Ah, pero eso sí, el principio de ordinalidad solo regirá para Cataluña, al resto de regiones que le vayan dando. Se acabó la solidaridad interterritorial. El plan no va a salir, porque Sánchez carece de los apoyos necesarios en el Congreso para validarlo, pero es perfectamente indicativo de las verdaderas intenciones para con España de un autócrata dispuesto a perpetuarse en el poder a costa de lo que sea, incluso del enfrentamiento entre españoles.

Me cuentan que el sujeto podría haber adelantado a Junqueras una idea que hace tiempo le ronda la cabeza y cuya autoría intelectual lleva el copyright, cómo no, de Rodríguez Zapatero, el presidente en la sombra: la posibilidad de formar un Nuevo Frente Popular electoral, a la manera del que en Francia encabezó Jean-Luc Mélenchon en las legislativas de julio de 2024, para presentarse a las generales que se convocarían este mismo año, haciendo con ello realidad aquel “somos más” de la noche del 23 de julio de 2023. Se trataría de consolidar políticamente el bloque de investidura, toda la izquierda más el nacionalismo de derechas catalán y vasco, para hacer frente al riesgo de un Gobierno “de la extrema derecha y la derecha extrema”, desempolvando la vieja estampa de las “dos Españas”, los dos bloques enfrentados a garrotazos y sin posibilidad de concordia, para caminar decididamente por la senda de esa República Plurinacional Ibérica abrumadoramente socialista, con exclusión de al menos la mitad del país, que persigue el nuevo Pacto de San Sebastián. Sería el intento adelantado hace semanas por otro destacado vividor de ERC, de apellido Rufián, cuando apuntó la posibilidad de unir a los grupos a la izquierda del PSOE para concurrir electoralmente bajo una misma marca. Solo que el capo en esta versión corregida y aumentada no sería el citado sino Sánchez, el jefe de la banda, dispuesto a perpetuarse en el poder. No podrá, porque su suerte está echada. Al viacrucis electoral y judicial que le espera podría añadirse muy pronto las novedades que resulten de las declaraciones de Maduro entre el juez de Nueva York. Dicen que ZP (¿Por cierto, quién está pagando la campaña de lavado de imagen al que algunos medios se están prestando dentro de la M-30?) está muy asustado con lo ocurrido en Caracas y que no le llega la camisa al cuello. Su tiempo se acaba. El de ambos dos. Tic tac, tic tac. El 26 podría ser el año de la definitiva liberación de todos los rufianes que hemos padecido en los últimos tiempos. Tendrá que ser. Año de bienes.