Pedro García Cuartango-ABC
- Nicolás Maduro ejemplifica el dramático final de muchos dictadores que perdieron el poder y terminaron sus días tras ser juzgados por sus crímenes
Fue Napoleón, el emperador que acabo sus días en una desolada isla atlántica, humillado y derrotado, quien afirmó: «Podemos detenernos cuando subimos, pero nunca cuando descendemos». Nicolás Maduro, el conductor de autobuses que gobernó Venezuela durante 13 años, fue llevado con esposas y un mono de color marrón, calzado con unas sandalias de color naranja, ante un juez de Manhattan. Su traslado al juzgado fue recogido por las cámaras, que reflejaban la caída de un tirano que tendrá que responder de delitos que implican una condena a 40 años de reclusión o cadena perpetua. «Soy el presidente de Venezuela. He sido capturado en mi casa de Caracas y me considero un prisionero de guerra», alegó. El juez le interrumpió con el argumento de que el tribunal no era el lugar para discursos políticos. Y poco después ordenó su confinamiento en una cárcel de Brooklyn, famosa por sus duras condiciones. El expresidente apenas estuvo media hora en el juzgado.
Noriega, en Panamá
Retornó moribundo de la cárcel de EE.UU.
Manuel Antonio Noriega, el militar que gobernaba Panamá tras un cruento golpe de Estado, tuvo al menos la suerte de morir en su país en 2017, seis años después de su larga reclusión en cárceles de Estados Unidos. Panamá fue invadida por soldados estadounidenses en 1989 con la justificación de que el país era el centro de una red internacional de narcotráfico, vinculada al cartel de Medellín. Noriega fue detenido y trasladado a Estados Unidos, donde lo condenaron a 40 años de cárcel. Permaneció entre rejas más de dos décadas. Volvió a su país, ya enfermo y destruido moralmente, para morir.
Es muy probable que el destino del dictador panameño haya rondado por la cabeza de Maduro durante estos días en los que ha pasado de decidir sobre la vida y la muerte de los opositores al régimen a ser un juguete roto, traicionado por quienes creía su apoyo más firme. Una amarga lección que evidencia la fragilidad del poder, máxime cuando no es democrático y se ejerce sin ningún límite. La historia ilustra sobre la caída de líderes que pasaron de los halagos de sus cortesanos al cadalso en unas pocas horas.
Ceausescu, en Rumanía
Apresado por los insurrectos, fue fusilado
El caso más emblemático es el de Nicolae Ceausescu, el dictador comunista rumano, que gobernó durante 24 años con una brutalidad y un culto a la personalidad sin medida. Convirtió su país en un gigantesco campo de concentración, en el que los servicios secretos podían enviar a prisión a un ciudadano por un simple comentario espontáneo. Su régimen se derrumbó como un castillo de naipes en diciembre de 1989 tras la caída del Muro de Berlín.
Fue detenido y juzgado cuando intentaba huir del enorme mausoleo presidencial que había construido en un acto de megalomanía. Apresado por los insurrectos, fue juzgado y condenado a muerte de forma sumaria. Horas después, fue fusilado junto a su esposa Elena. En sus últimos momentos, sufrió la venganza de los adversarios a los que había perseguido: el juicio fue televisado y su cadáver fue expuesto públicamente. Nadie se apiadó de él, como tampoco de Mussolini, cuando su cuerpo sin vida fue colgado en una gasolinera de Milán tras ser ejecutado en 1945 por unos partisanos.
Trujillo, República Domnicana
Ametrallado en una emboscada de resistentes
Es muy discutible que la historia se repita porque las circunstancias siempre son distintas. Pero lo que sí se repite es el final de los dictadores, que raramente mueren en la cama. Rafael Leónidas Trujillo, caudillo dominicano desde 1930 a 1961, legendario por su crueldad y su arbitrariedad, fue asesinado al ser ametrallado mientras viajaba en su coche en una emboscada de resistentes al régimen. Mario Vargas Llosa relata magistralmente el episodio y los abusos y la paranoia de este singular personaje en ‘La fiesta del chivo’.
Rodríguez Francia, en Paraguay
Exiliado
Pocos han retratado mejor la psicología de los dictadores que el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, autor de ‘Yo el Supremo’, novela publicada en 1974. El protagonista es el abogado, revolucionario y tirano José Gaspar Rodríguez Francia, que ejerció un poder absoluto en Paraguay desde 1813 a 1840, el año de su fallecimiento. Rodríguez Francia era un hombre lleno de contradicciones, que conjugaba su carácter estoico con una crueldad implacable. Obsesionado por acallar cualquier tipo de crítica, el dictador paraguayo utilizaba su aparato policial para sembrar el terror. No hace falta ser muy perspicaz para hallar paralelismos con Alfredo Stroessner, el general que también gobernó Paraguay con mano de hierro desde 1954 a 1989. Terminó sus días exiliado en Brasil tras haber utilizado el poder para eliminar a sus opositores con el pretexto de combatir el comunismo.
Duvalier, en Haití
Murió en el poder, pero no descansó en su tumba
François Duvalier, tirano de Haití desde 1957 a 1971, tuvo más suerte. Permaneció en el poder hasta su fallecimiento a causa de una enfermedad cardiaca. Ha pasado a la historia como el padrino de los ‘Tontons Macoutes’, una fuerza parapolicial que torturaba y asesinaba indiscriminadamente. El 8 de febrero de 1986, década y media después de su muerte, la multitud atacó el sepulcro de Duvalier, destrozando la cripta donde se hallaba enterrado. El gobernante que se autoproclamó presidente vitalicio es hoy un mal recuerdo en un país devastado por la pobreza y los desastres naturales. Hoy ocupa un lugar destacado en la historia de la infamia.
Honecker, en Alemania
Se le permitió fallecer fuera del país
Duvalier practicó un culto a la personalidad sin límites y no dudó en identificarse con el Estado. Era un hombre vanidoso y vulnerable al halago. Tuvo la suerte de gozar de la complicidad de Estados Unidos, que le apoyó como freno al comunismo durante la Guerra Fría, al igual que a otras dictaduras de Latinoamérica. Erich Honecker, jefe del partido y líder de la RDA comunista desde 1971 a 1989, cayó en cambio por el cambio de ciclo político que propició la demolición del Muro de Berlín. Gorbachov le retiró su apoyo y el régimen que había gobernado Alemania Oriental desde 1945 se derrumbó en unas pocas semanas tras fuertes movilizaciones populares. De nada le sirvió la poderosa, temida y omnipresente Stasi, la policía política, acorralada por una multitud que había perdido el miedo.
Honecker se refugió en la casa de un pastor luterano en los alrededores de Berlín y logró huir a Moscú. Pero fue extraditado a la Alemania reunificada en 1992. Preso durante dos años en Moabit y en medio de una polémica sobre sus responsabilidades, fue liberado a finales de 1993. Estaba acusado de ser el instigador de la muerte de 68 alemanes que intentaron cruzar el Muro, pero las autoridades le permitieron exiliarse a Chile, donde falleció un año después. Pocos querían revivir los horrores de aquel régimen totalitario, al servicio de la Unión Soviética, por lo que el Gobierno de Kohl optó por permitirle morir fuera de Alemania.
Pot, en Camboya
Incinerado en la selva
Honecker era un dirigente ambicioso y sin escrúpulos, cuyo servilismo al comunismo soviético le permitió sobrevivir en el poder. Pero no llegó ni por asomo a la crueldad y el sadismo de Pol Pot, el dirigente de los jemeres rojos, que llevó a cabo el mayor genocidio en la segunda mitad del siglo XX. Está documentado que el tirano camboyano fue el responsable de la muerte de entre 1,5 y dos millones de personas en el periodo de 1975 a 1979. Ni siquiera Hitler o Stalin lograron emular en fanatismo a este sanguinario y paranoico personaje, que convirtió Camboya en un gigantesco campo de concentración. El hecho de ser maestro o poseer un comercio, llevar reloj o tener libros en casa era un motivo suficiente para ser asesinado. Los que se libraban de la ejecución eran enviados a centros de reeducación, donde se les mataba de hambre.
Vietnam invadió Camboya y el régimen de los jemeres rojos se derrumbó. Pol Pot se refugió en la selva, protegido por un grupo de seguidores. Murió en 1998 antes de ser juzgado y su cadáver fue incinerado en la selva. Este campesino amable y seductor, a decir de quienes le conocieron, fue un hombre implacable que no dudó en enviar a la muerte a quienes consideraba que no encajaban en la sociedad que él quería construir a sangre y fuego. Destruyó aldeas, expropió bienes, torturó y asesinó a cientos de miles de compatriotas. Nunca se arrepintió de sus crímenes y tampoco pagó por ellos, entre otras razones, porque el mundo occidental no estaba interesado en parar la masacre en un país que carecía de interés estratégico. Camboya no tenía petróleo, ni gas, ni minerales. Era un rincón perdido en un mundo en el que la Unión Soviética y Estados Unidos dirimían su hegemonía mientras acumulaban armas nucleares.
Gadafi, en Libia
Escondido en una tubería, murió linchado
Muammar Al Gadafi sufrió un destino mucho peor que Pol Pot, con quien compartía megalomanía y voluntad de expandir una ideología criminal. En 2011, la ONU aprobó una resolución de condena de sus abusos que desembocó en un ataque de la OTAN al régimen de Trípoli. Gadafi había ordenado reprimir la insurrección «calle por calle y casa por casa», pero era ya tarde. Había perdido el apoyo del Ejército y de los libios. Tras cuatro décadas en el poder, se ocultó en una tubería, donde fue localizado por los milicianos, fue linchado y su cadáver, exhibido en público. La fotografía de su rostro magullado apareció al día siguiente en todos los periódicos del mundo.
Husein, en Irak
Ahorcado
Un final relativamente similar al de Sadam Husein cuando fue sentenciado a muerte tras ser juzgado por sus crímenes en 2006. Su aspecto desafiante en el momento de ser ahorcado ha pasado a la historia al igual que las 250.000 víctimas de su represión en los 24 años que permaneció en el poder en Irak. Su dictadura acabó cuando Estados Unidos invadió el país en 2003 tras acusar a Sadam de ocultar armas de destrucción masiva que nunca se encontraron. Era un gobernante de extremada crueldad y fanatismo.
No dudo en pegar un tiro en su despacho a un colaborador al que acusó de traición. Su ira era temible. Sadam desató una guerra con Irán, intentó masacrar a los kurdos y eliminó a quienes alzaron la voz en su contra.
Pinochet, en Chile; Videla, en Argentina
En casa o la cárcel, acarrearon su lesa humanidad
Hay otros muchos ejemplos de dictadores que han sembrado el terror en el siglo XX. Sin poder citarles a todos, no es posible dejar de recordar los crímenes delas dictaduras en Chile y en Argentina. La CIA orquestó un golpe de Estado en 1973 para derrocar a Salvador Allende. El cerebro e instigador fue el general Augusto Pinochet, al que él creía leal. Pinochet gobernó el país con una brutal represión y optó por ceder el poder a los civiles en 1990. Fue detenido en Londres en octubre de 1998 a causa de una petición del juez Garzón, que le acusó de crímenes de lesa humanidad.
Pese a que los tribunales aprobaron su extradición a España, el Gobierno británico le permitió abandonar el país por razones humanitarias. Murió en Chile tras sufrir el repudio por sus crímenes de muchos de sus compatriotas. Jorge Videla, el militar que encabezó la Junta que gobernó Argentina desde 1976 a 1981, falleció en la cárcel en 2013 cuando había por cumplido 87 años. Hubo que esperar a 1998 a un juicio que le condenó a él y sus cómplices por 469 crímenes de lesa humanidad tras una investigación exhaustiva del fiscal Strassera.
Videla mantuvo en el proceso una actitud desafiante que no le sirvió de nada. Ni sus horrendos métodos ni el terror que sembró entre los argentinos permanecen en el olvido. Videla bien podría ser el prototipo de general salvapatrias que, bajo el pretexto de proteger a la población, incurre en las mayores iniquidades con la filosofía de que el fin justifica los medios. Algo que sirve de común denominador a los dictadores que han ejercido el poder como una extensión de su personalidad o un atributo de los dioses que podían ejercer sin límites. Maduro resulta un ejemplo de lo dura que es la caída cuando se aterriza en la nada desde lo más alto.