Editorial-El Español
  • Irán está viviendo el proceso tumultuario más sobresaliente desde la ola de protestas que lo sacudió en 2022.

En las últimas semanas se han sucedido manifestaciones a lo largo de todo el país, dejando escenas de barricadas, ataques a edificios gubernamentales e incluso quema de mezquitas. El régimen ha respondido con unas represalias que se han saldado con al menos 500 muertos.

En estos seis años se ha repetido hasta en cinco ocasiones una dinámica similar: un estallido de algaradas seguido por una brutal represión policial que aparentemente lograba restaurar el orden.

Resulta por tanto prudente moderar las esperanzas de asistir a un cambio de régimen en el país, toda vez que se han visto invariablemente sofocadas.

Pero el contexto en el que se ha producido el último ciclo de manifestaciones justifica sostener que, como mínimo, la teocracia sufre un progresivo debilitamiento del que no puede seguir saliendo indemne.

La pronunciada crisis inflacionaria, en una economía privada de acceso al circuito financiero internacional, ha sido esta vez la chispa que ha prendido la mecha de un descontento extendido a nuevas capas de la población.

Y en una situación en la que la palmaria incompetencia del gobierno ni siquiera puede esgrimir bonanza material para su pueblo, las imágenes de violencia se vuelven aún más insoportables.

Junto a las penurias económicas, el otro elemento central que conspira contra la continuidad del sistema es el agravado aislamiento geopolítico del paria internacional por antonomasia.

El anillo de seguridad iraní ha sido desmantelado de resultas de la guerra de Gaza y de la caída de sus principales aliados en Siria y Venezuela.

Su programa nuclear ha quedado prácticamente inutilizado tras los ataques americano-israelíes del pasado junio, que dejaron al descubierto también la vulnerabilidad de un régimen cuya incendiaria retórica antioccidental no se corresponde con un respaldo militar efectivo.

Y la aceleración de los cambios en los equilibrios de poder global han estrechado el cerco sobre la teocracia chiita, que no puede ocultar su inquietud ante la ya desatada ambición injerencista de Trump (que está respaldando activamente las protestas), y las aspiraciones de Netanyahu de reconfigurar el mapa de Oriente Medio hostigando a su archienemigo.

La adversa coyuntura económica e internacional que atraviesa Irán ha expuesto en definitiva la flaqueza de un régimen que se ha vuelto incapaz de garantizar ni seguridad ni prosperidad a su población.

Lo cual ha agravado la crisis de legitimidad de la tiranía de los ayatolás, alienando a la base social sobre la que se levantó la Revolución islámica.

En este sentido, constituyen un signo inequívoco las crecientes dificultades que encuentra una clerecía dominante para hacer cumplir la férrea disciplina religiosa en unas generaciones jóvenes y urbanas desconectadas emocionalmente del fundamentalismo religioso oficial. Que son también las más afectadas por la falta de oportunidades económicas y las que muestran un mayor apetito de libertades.

El ingrediente que sigue faltando para que pueda cuajar una alternativa viable es la organización de estas protestas dispersas en torno a una oposición cohesionada.

Pero el hecho de que la masa crítica de los descontentos se haya hecho más transversal, así como la influencia movilizadora del sha en el exilio, que ha llamado a los iraníes a salir a las calles, podrían ser elementos diferenciales frente a los conatos insurreccionales previos.

Lo que resulta innegable es que la recurrencia de un mayor clima contestatario ha laminado los apoyos de una teocracia que sólo se sostiene ya gracias al puro uso de la fuerza por parte de la Guardia Revolucionaria.

Pero la Historia demuestra que una situación como esta no puede prolongarse indefinidamente.

Quizás tampoco en esta ocasión los disturbios desemboquen en la contrarrevolución que precisa Irán. Pero ante el desgaste irreversible que acusa su dominio, los ayatolás no podrán sino alargar la agonía de una anomalía histórica felizmente abocada a la extinción.