Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • Dos poderosas razones por las que la masiva reacción popular contra los ayatolás se silencia en los medios internacionales, España incluida

Cuando escribo esto, Irán lleva 13 días alzado en plena revolución contra la teocracia islamista. El desenlace es aún incierto, pero la dureza de los enfrentamientos, agravados por la orden de Jamenei de disparar a matar, muestra que tanto el régimen como la sociedad iraní se juegan el futuro a una carta: victoria o derrota. Sin embargo, y a pesar de la importancia mundial de esta auténtica revolución popular, superior a la detención de Maduro por los Estados Unidos, los medios de comunicación profesionales apenas la han tomado en consideración: los informativos de televisión y medios de la mayoría de los países occidentales -con la lógica excepción de Israel- apenas le han dedicado unos minutos o segundos. Casi todo lo que hemos sabido de Irán estos días se lo debemos a internet y a las redes sociales, en particular a X, la antigua Twitter. Así que puede decirse que la de Irán es una revolución sin televisión, doble revolución que merece una reflexión.

La caída del shah Pahlavi

En contraste con la indiferencia actual, la caída del régimen del shah Mohammad Reza Pahlaví en 1979 fue objeto de apasionada atención por el periodismo y los intelectuales occidentales. Todos le dedicaron amplios reportajes durante meses, y enviaron a reporteros de primera a cubrir e interpretar los acontecimientos. El derrocamiento del shah siguió un guion habitual. La monarquía había desarrollado notablemente al país y adoptó una política energética nacionalista popular, pero acabó degenerando a régimen corrupto y represivo. Entre los reprimidos destacaron los comunistas y el clero chiita integrista; este aspiraba a una república islamista sometida a la sharía y al poder clerical. Aliados coyunturales, comunistas y ayatolás protagonizaron la lucha contra el shah, contestada con masacres del ejército que liquidaron la legitimidad de la monarquía.

Quizás el shah Pahlaví también cayó por la desconfianza occidental hacia su nacionalismo energético en una época de graves problemas por el embargo político árabe que en 1973 utilizó el petróleo contra Israel y occidente. La caída de la monarquía irania pudo ser efecto de intereses antagónicos. A los comunistas no les costó nada convencer a la poderosa comunidad intelectual occidental de izquierdas, entonces en el apogeo de su influencia pública, de que los ayatolás chiitas eran un útil compañero de viaje que representaba la identidad popular milenaria amenazada por occidente. Así que periodistas e intelectuales se apresuraron a tratar al cabeza de todos ellos, el gran ayatolá Jomeini, exiliado desde 1963 por su oposición activa a la modernización y secularización de Irán, como un héroe de la resistencia justa: Time le eligió hombre del año 1979.

Fascinación intelectual por el mal

Jomeini fue recibido en Francia como huésped de honor de la república, y entrevistado por todos los grandes medios de comunicación, que en su mayoría lo mostraron como un clérigo sabio y exótico, inofensivo y perseguido. Entre los apoyos incondicionales destacó el de Michel Foucault, la estrella ascendente de los intelectuales del 68 (hoy sigue siendo el ensayista más citado en humanidades), que con típica estulticia intelectual defendió la revuelta chiita iraní como ejercicio del sagrado derecho a la revolución contra cualquier poder estatal.

Lo que vino a continuación es conocido: los ayatolás implantaron una república islámica no menos represiva, sino más, pues además de exterminar enseguida a los comunistas atacaron con saña a homosexuales y librepensadores, convirtieron a las mujeres en menores de edad tuteladas por los hombres, y pusieron en marcha un plan de islamización mundial con ayuda militar y financiera a terroristas islamistas y organizaciones palestinas y árabes –Hamás, Hezbollah, Hutíes-, con el propósito expreso de aniquilar a Israel y derrocar las monarquías árabes sunitas.

También han financiado generosamente a extremistas considerados capaces de desestabilizar las democracias occidentales, incluyendo a Podemos en España, y finalmente formaron con Rusia y China el tercer puntal del eje de autocracias enemigas de occidente y la democracia liberal. Esa estrategia incluye apoyar a Rusia en la guerra de Ucrania y provocar la de Gaza. Y es este eje el que ahora está en peligro de colapso, pues Irán aporta el valioso liderazgo islamista chií, y colorea y contrapesa lo que, sin turbantes y mezquitas, sería sólo la entente ruso-china contra Europa y Estados Unidos.

Por eso, y mucho más que no cabe en una simple columna, la revolución iraní es lo más importante que está pasando en el mundo ahora mismo. Es un enfrentamiento civil, abierto y frontal, contra la teocracia islámica y una rebelión nativa iniciada hace muchos años para ser reprimida y rebrotar cada vez con mayor vigor, hasta las manifestaciones masivas ininterrumpidas de estos días, con asaltos a edificios del gobierno y fuerzas de seguridad islamistas. La caída de los ayatolás, y la posible restauración de la monarquía en la persona del heredero de los Pahlaví, muy activo en redes sociales, cambiaría la geopolítica actual, con importantísimas consecuencias globales.

El periodismo ausente

Por tanto, la pregunta es por qué los medios occidentales, con la excepción israelí y de algunos medios conservadores, contemplan pasivos la revolución iraní. Hay dos explicaciones, y ambas son preocupantes.

La primera es que la conversión paulatina de los grandes medios en negocios del espectáculo desconfía de la rentabilidad de unas protestas que suenan a cosa vista porque se reproducen cada poco tiempo, pero los ayatolás consiguen sofocar con sangre. Además, la debilidad económica de las empresas podría explicar esta humillante renuncia a su trabajo y función de informar, vista también en Afganistán en 2021. Pero esta explicación materialista vulgar choca con el trato preferente, si no activista, dado a la guerra de Gaza, que los grandes medios españoles no han dudado en calificar de genocidio palestino obra de Israel, mientras nos bombardeaban con los fechos y fazañas de la patética flotilla solidaria de Greta y Colau. ¿Entonces?

La diferencia de trato a Gaza e Irán nos lleva a la segunda explicación: el profundo sesgo antiliberal, pro islamista y antisemita de buena parte del periodismo internacional, especialmente en España, que no tenía prevista, ni deseaba, la caída de los ayatolás de Irán, ni sus efectos para sus protegidos palestinos y la extrema izquierda europea; tampoco conciben un mundo sin islamismo enemigo del detestado occidente. Es el mismo punto de vista de Podemos, Sumar y la extrema izquierda europea. También de la redacción de El País y otras vacas sagradas del periodismo, hoy decadentes. Irán puede barrer muchos males liberándose de los ayatolás y su policía religiosa, misógina y asesina.