Florentino Portero-El Debate
  • El gran reto de la revolución diplomática que Trump está llevando a cabo reside en saber si el papel que cumplieron en otro tiempo las legiones romanas o los tercios españoles lo puede desempeñar su combinación de diplomacia agresiva y acciones quirúrgicas, sin necesidad de desplegar sobre el terreno a su ejército

En apenas un año, Donald Trump ha provocado un cambio radical en la política exterior de los Estados Unidos y, consiguientemente, en la política internacional. No confía en los profesionales, tiene fe ciega en su capacidad de negociación y está convencido de que dispone de los medios para doblegar la mayor parte de las voluntades. Cree que provocando el caos en aliados, rivales y enemigos aumenta su margen de maniobra y no duda en abrir frentes allí donde percibe posibilidad de negocio o riesgo de que sus rivales consoliden posición.

Ha abierto el frente del Caribe, con Venezuela, Cuba, Nicaragua, Colombia y México. Las primeras acciones han sido impactantes, logrando convulsionar la región. El cómo se ha hecho con el control del petróleo venezolano, con sus derivadas en Cuba, Rusia o China, es una operación aún más brillante que la captura de Maduro, sin ánimo de restar mérito a quienes la ejecutaron.

Su renovado entendimiento con las potencias árabes y con Israel ha llevado a un alto el fuego en Gaza y otro en el Líbano; a un singular acuerdo con el nuevo régimen sirio y a bombardear el programa nuclear iraní. El equilibrio regional ha cambiado drásticamente.

Sin embargo, tanto los procesos abiertos en el Caribe como en Oriente Medio están lejos de consolidarse. En el plano de los intereses, los clientes del petróleo venezolano –Rusia, China y Cuba, entre otros– pierden y eso es bueno para Estados Unidos. Pero las redes dedicadas al tráfico de personas y de drogas siguen intactas. Por mucho que presione a los gobiernos locales, estos no parecen tener la capacidad de poder alterar esos tráficos. Es verdad que, en mayor o menor medida, están compinchados o son parte del negocio, pero más allá de dificultarlo, poco podrán hacer.

El alto el fuego en Gaza está condicionado al desarme y desaparición de Hamás. Hoy esta organización es más poderosa que el día en que se detuvieron las hostilidades. Lo mismo podemos decir de lo ocurrido en el Líbano. Las Fuerzas Armadas libanesas tienen que desarmar a Hizbolá, pero no lo están haciendo porque no pueden, no quieren o una combinación de ambas. A nadie le puede extrañar que las acciones militares se reanuden en breve y en un contexto más complicado, dada la creciente tensión entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, antiguos aliados y hoy enfrentados en Sudán y Yemen. Los sucesos de Irán amenazan con un nuevo enfrentamiento entre esta potencia, de una parte, y Estados Unidos e Israel, de otra, en una operación dirigida a provocar la crisis final del régimen de los ayatolás.

Trump ha repetido hasta la saciedad que Estados Unidos debe huir de intervenciones ajenas a sus intereses, de promover la democracia y de reconstruir naciones. Sin embargo, su reivindicación del derecho norteamericano a disponer de un área de influencia le está llevando a hacer aquello que tantas veces condenó, pero de manera quirúrgica, con golpes de efecto y aprovechando en la medida de lo posible la superioridad tecnológica ¿Será suficiente? Es más fácil desestabilizar el Caribe que derrotar al crimen organizado. Es más fácil encender Oriente Medio que lograr un acomodo definitivo de cada uno de los actores regionales.

Tanto el crimen organizado como los islamistas, grupos considerablemente diferentes, pero que vienen cooperando desde hace muchos años, son enemigos difíciles porque rehúyen el conflicto regular. Son parte de la sociedad y juegan un papel importante en sus respectivas economías y orden social. Desarraigarlos no es fácil sin pisar su terreno y no siempre Estados Unidos va a encontrar un aliado como Israel capaz de realizar esa función.

Sin la superioridad aérea anglosajona no podemos entender la campaña aliada en Europa durante la II Guerra Mundial. Pero a pesar de ella, los combates en tierra fueron durísimos y el recuerdo de lo ocurrido en el bosque de las Ardenas todavía nos impresiona. Estados Unidos bombardeó intensivamente Vietnam, pero su ciudadanía no soportó el coste de la campaña terrestre y finalmente se retiró derrotada. Hace algún tiempo Israel cometió el error de confiar en su aviación para derrotar a Hizbolá. Hicieron un buen trabajo, pero no fue suficiente.

El gran reto de la revolución diplomática que Trump está llevando a cabo reside en saber si el papel que cumplieron en otro tiempo las legiones romanas, los tercios españoles o las divisiones acorazadas alemanas lo puede desempeñar plenamente su combinación de diplomacia agresiva y acciones quirúrgicas, sin necesidad de desplegar sobre el terreno a su ejército.