- Reducir lo que ocurre en Irán a una partida geopolítica sería una coartada cómoda para la inacción. Lo que está en juego es la supervivencia de un régimen teocrático sostenido por la represión.
Lo que está viviendo Irán no es un levantamiento aislado ni una protesta coyuntural.
En 2026, la República Islámica de Irán es una teocracia islamista criminal, un nodo de financiación del terrorismo, de desinformación y corrupción, que se sostiene precariamente sobre una combinación explosiva de agotamiento social, colapso económico y descrédito político.
La inflación supera el 40 %, el rial se ha desplomado y un tercio de sus más de 90 millones de habitantes vive ya en situación de pobreza. Clérigos octogenarios al frente de un país atrapado y en ruinas de 34 años de edad media.
En este contexto han prendido las protestas iniciadas el 28 de diciembre en el Gran Bazar de Teherán, que se han extendido rápidamente a más de cien ciudades.
Millones de personas han salido a la calle en todo el país pese a los cortes de internet, la censura y la represión directa en forma de tiros en la cabeza.
Hablamos de entre 500 y 3.000 muertos según distintas fuentes, y por descontado, miles de heridos, en un patrón de violencia represiva que resulta ya tristemente familiar.
Un elemento decisivo de este levantamiento son los jóvenes, una generación que ha crecido sin expectativas reales de progreso y que siente, sencillamente, que ya no tiene nada que perder.
No se trata de rebeldía episódica, sino de una ruptura generacional con un sistema que ha cancelado cualquier horizonte de movilidad social.
Para muchos de ellos, el miedo ha dejado de ser un factor disuasorio, porque la vida bajo la teocracia ya es, en sí misma, una forma de asfixia permanente.
Es igualmente significativo que las protestas hayan comenzado con los bazaaris, los comerciantes del Gran Bazar, históricamente uno de los pilares económicos del régimen y fuerza clave en los grandes cambios políticos de Irán. Su irrupción señala una fractura en la propia base material de la República Islámica.
La crisis no responde sólo a sanciones o a errores recientes, sino a una estructura económica anclada en una mentalidad mercantil de corto plazo, basada en la intermediación, la opacidad y las redes clientelares, que ha bloqueado la modernización del país.
Que incluso este sector, durante décadas beneficiario del sistema, se rebele hoy indica que el régimen ya no garantiza ni estabilidad ni futuro. El malestar económico de décadas es ya una crisis abierta de legitimidad.
La reacción del poder confirma su fragilidad. Jamenei y el estamento militar denuncian «complots extranjeros», mientras el Ejército advierte de que actuará sin contemplaciones. Trump asegura estar preparado para intervenir, mientras Israel eleva su nivel de alerta.
Pero reducir lo que ocurre en Irán a una partida geopolítica sería una coartada cómoda para la inacción. Lo que está en juego no es una disputa de influencia, sino la supervivencia de un régimen teocrático sostenido por la represión sistemática.
Este levantamiento, además, pone de manifiesto algo irreversible: la visibilización definitiva de la interconexión global en el siglo XXI. Ya no existen «efectos mariposa» lejanos ni conflictos encapsulados.
Hoy opera una comunicación política, emocional y multisensorial que atraviesa fronteras, incluso cuando se apagan las redes y se intensifica la violencia. Cada detención, cada mujer enfrentándose a la policía moral, cada joven abatido, se convierte en un hecho global.
Ni una sanción a Israel en 3 años de genocidio ni a EEUU por sus crímenes, pero la Unión Europea sí sanciona a Irán “por derechos humanos”. Europa ha perdido toda su credibilidad y prepara el terreno para apoyar otra guerra por petróleo a las órdenes de Trump. pic.twitter.com/iljOtjJnEe
— Irene Montero (@IreneMontero) January 12, 2026
Hace poco más de un mes pude por fin abrazar en persona a mi admirada Masih Alinejad, juntas en Oslo para acompañar a María Corina Machado. Unos días después, la República Islámica de Irán encarceló violentamente a otra Nobel de la Paz, Narges Mohammadi, símbolo mundial de la defensa de los derechos humanos y de las mujeres
Entendí con claridad por qué la lucha por la libertad descansa en tantos lugares sobre los hombros de mujeres que no se rinden.
Irán, Venezuela, Bielorrusia, Nicaragua, Afganistán o Cuba no son escenarios aislados, sino nodos de un mismo mapa autoritario, frente a los que se levanta una arquitectura de resistencia. Estas mujeres comparten un lenguaje común y una legitimidad moral que incomoda al poder. Sin ambigüedad ni complacencia.
Mientras tanto, en España y en buena parte de Europa persiste una respuesta tibia, cuando no hipócrita.
Declaraciones genéricas conviven con el silencio cómplice de la izquierda, incapaz de condenar con claridad a un régimen clerical asesino, y con un feminismo de salón que solo alza la voz desde cómodos clichés de color violeta.
Esa soberbia ideológica de sofá, que enarca las cejas porque quien alienta este levantamiento imparable desde el exilio es Reza Pahlaví, el hijo del último sha, a quien el pueblo valida desesperado para una salida transitoria de este régimen de terror.
España y la Unión Europea deben dejar de blanquear a una teocracia que masacra a su pueblo mientras acusa a Occidente de conspiración.
Debe pasar de una vez de las palabras a los hechos: sancionar personalmente a los responsables de la represión, acabar con el blanqueamiento diplomático, exigir la liberación de los presos políticos y reconocer a la oposición democrática en el exilio, incluida la encabezada por Maryam Rajavi.
Nada más que pura coherencia con los valores que Europa dice defender.
Respecto al régimen de terror, represión, miseria y violación sistemática de los derechos humanos que los ayatolás llevan casi medio siglo ejerciendo sobre los iraníes, no caben alegaciones de comprensión ni paciencia estratégica.
La posición política del mundo democrático, en un mundo interconectado y sin coartadas morales, debe estar del lado de quienes se juegan la vida por la libertad. Nunca, jamás, de quienes los encarcelan y los matan.
Desde que el nombre de Mahsa Amini dejó de ser el de una joven asesinada para convertirse en un emblema moral —mujer, vida, libertad—, el mundo sabe que Irán es una dictadura clerical asentada sobre la persecución, la pobreza y el miedo.
Y, como no deja de recordarnos Masih Alinejad, el mayor temor de la teocracia no es la protesta, sino que el mundo deje de mirar hacia otro lado.