Bieito Rubido-El Debate
  • Cada vez que Ione Belarra, Rufián, Aizpurúa o Yolanda Díaz no contestan a los periodistas y los amenazan con expulsarlos, están despreciando a todos los ciudadanos que, con nuestro dinero, pagamos su sueldo. La libertad de expresión vive sus peores momentos de los últimos cincuenta años

Me encuentro lejos de esa visión épica del periodismo de la que hablan algunos profesionales, alentados por las películas de Hollywood. Es una visión muy infantil de nuestro oficio. Tras muchos años ejerciendo el periodismo, creo que juega un papel relevante, muy especialmente en las sociedades democráticas, pero no puede sustituir el rol y la competencia que corresponde a jueces, fiscales, policías y, sobre todo, a los políticos. Nos corresponde más contar y explicar lo acontecido. Ahora bien, con serenidad. Los periodistas tenemos que informar. En ocasiones, como esta, opinar. Con esas dos tareas, en muchas ocasiones, nos convertimos en conciencia crítica del poder. No tanto porque lo queramos, sino porque la materia prima que manejamos, que es la actualidad, al ponerla en conocimiento de la ciudadanía, se convierte en el mayor contrapoder. Pero no es mérito nuestro. Si hay libertad, habrá periodismo bueno. Si hay periodismo bueno, seremos incómodos, especialmente para quienes ejercen el poder. Por cierto, el poder no es solo político. Se desempeña desde muchos campos y comparece con rostros muy diversos.

El periodismo en España hace frente, en este tiempo, a varias amenazas. Además, sufre una enfermedad: la excesiva polarización y posicionamiento de los profesionales. Es consecuencia de un tiempo convulso, donde la propia sociedad está polarizada y donde el algoritmo no contribuye a sosegar la confrontación de ideas. Es lo que podemos llamar una infección profesional, la silicosis de los periodistas. Siendo grave, lo son más todavía las amenazas. Entre ellas sobresalen la debilidad financiera de las empresas informativas, la competencia desleal de los medios públicos, la carencia de editores, el cainismo entre profesionales –aquí sí que no encontrarán corporativismo alguno–, el acoso del actual Gobierno y su sectarismo –cuya última ocurrencia es modificar el derecho de rectificación– y la carencia más absoluta de fe en la democracia que hoy caracteriza a los partidos de extrema izquierda.

Esta última cuestión me preocupa especialmente. Venimos asistiendo en la sala de prensa del Congreso de los Diputados a unos desplantes de los portavoces ultraizquierdistas a los periodistas que les hacen preguntas incómodas. No sólo son desplantes, es maltrato, incluso, en ocasiones, amenazas. Ya sabemos cómo se las gastan los comunistas con la prensa libre cuando toman el poder. Vean cómo es la libertad de expresión –consagrada aquí en el artículo 20 de la Constitución– en países como Cuba, Nicaragua, Rusia o la propia Venezuela.

Es preocupante el hecho de que las asociaciones de la prensa, los sindicatos y los colegios profesionales hayan dimitido de la defensa de esos periodistas maltratados. Cada vez que Ione Belarra, Rufián, Aizpurúa o Yolanda Díaz no contestan a los periodistas y los amenazan con expulsarlos, están despreciando a todos los ciudadanos que, con nuestro dinero, pagamos su sueldo. La libertad de expresión vive sus peores momentos de los últimos cincuenta años. Hoy los profesionales de la información somos menos libres.

La libertad, como decía Hugo Grocio, es indivisible. Sin libertad de expresión, no hay la libertad con mayúsculas. La mejor defensa de esa virtud y característica de la sociedad democrática es la solidaridad con los profesionales humillados o discriminados. Sin el respeto a la libertad del otro atacas la vida pública y al Estado de derecho. Necesitamos más pensamiento crítico, más elaboración en las reflexiones y más cultura política. No hay que llegar a situaciones extremas para darnos cuenta de que son malos tiempos para el periodismo.