Manuel Montero-El Correo
- En la Transición, ante todo había que quedar como persona concienciada e incuestionable. Las hubo en la derecha, en los nacionalismos y en la izquierda
Suele presentarse la Transición como un acontecimiento en el que al fondo estaban las masas, cuyas vanguardias vigilaban a los ‘fontaneros’ de los cambios, que partían, repartían y se quedaban con la mejor parte. La imagen es errónea, pero sirve para enmarcar la emergencia de sujetos que habían pasado inadvertidos y que construyeron su perfil entre las confusiones de aquel periodo. El franquismo de la última época generó desideologización y pasotismo, pero esto no podía ser para quienes querían un puesto en lo que viniese.
La Transición se llenó de sujetos con una historia que contar, en general apócrifa. Estos productos del país tuvieron su protagonismo los años siguientes, en el papel de héroes. Estaban los egos desbocados.
¿Qué dirán de mí? La preocupación por esta pregunta explica muchas actitudes políticas. Arranca de los prolegómenos de la Transición. Se la hicieron quienes tenían afán de figurar.
¿Qué van a pensar de mí? Ante todo, el concernido quería quedar como una persona concienciada e incuestionable, una especie de líder desde su nacimiento. Los hubo en la derecha, en los nacionalismos y en la izquierda, todos presentándose como dignos de admiración.
Los de derechas, por razones históricas, económicas, familiares o por su vinculación al régimen, en general siguieron siendo de derechas, manifestándolo con frecuencia, expresando cierta altanería respecto a la izquierda recién llegada, considerándola advenediza, sin formación ni capacidad de gobernar. De la desideologización postrera del franquismo surgió el precario caldo de cultivo del que saltaron grupos de identificación difusa, que se decían conservadores, liberales, centristas, progresistas, democristianos, todo ello sin sustancia, pero librando luchas cainitas. Todos se consideraban los más listos del mambo y despreciaban a sus próximos ideológicos.
Sin desarrollos ideológicos propios de tal nombre, les fue fundamental la afirmación social de su derechismo: que ellos no eran unos flojos y que seguían creyendo en lo de siempre, que no era el franquismo, aunque lo respetaban, pues formaba parte del río de la historia del que se sentían parte. Estos grupos fracasaron. Les perdió su mutuo desprecio, su concepción de la política como un juego de salón y el olvido de las brutalidades de la dictadura, pues hicieron como si nada tuviera que ver con ellos.
¿Qué dirán de mí? La pregunta hizo estragos en la izquierda, sobre todo cuando se vislumbró que el inmediato futuro tendría aire progresista. Multitud de ciudadanos descubrieron que habían sido antifranquistas, al menos en la intimidad. Los que lo habían sido se adjudicaron el papel de héroes de la democracia, en general falsificando la historia, pues buena parte procedía del PCE y grupos antisistema, para los que la democracia (burguesa o formal) era un mal a superar.
Para algunos la apariencia progresista llegó a obsesión. Sugerían que habían sido siempre de izquierdas, incluso inventándose historietas inverosímiles e inverificables, imaginarias protestas contundentes y arriesgadísimas. Fueron legión los que sugirieron haber estado en París en Mayo del 68, incluso algunos en los que por edad resultaba chocante. La inventiva fue general y se dio por buena, pues no se trataba de negar en el otro lo que de pronto descubrías en ti. El resultado fue un imaginario sectario, que quería mostrar la elevada conciencia progresista contraída ya en momentos prenatales y mantenida siempre. Un par de anécdotas ficticias o exageradas bastaban. Cuando este magma desaforado se impuso como lo políticamente correcto, las percepciones predominantes quedaron enladrilladas de bravuconadas izquierdistas, desprecios a la derecha, tópicos progresistas de distinta calaña, estigmas para quienes no se apuntaban a rojo o simpatizante de nacionalistas.
El mundo nacionalista no quedó al margen del gusto por inventarse un pedigrí. A gente de orden, que había parecido del régimen, le sobrevino de pronto una afición irrefrenable a hablar en euskera, dando a entender que su anterior castellanoparlantismo era solo una astuta adaptación a las circunstancias. Los que no lo sabían, mostraron incontenibles ganas de aprenderlo o al menos de que lo aprendieran los demás. Esto, algunas canciones del país, junto a algunos chistes sobre Franco, bastó para insinuar un pasado combativo del que, por lo demás, no estaba nadie sobrado. Más sencillo lo tuvo el nacionalismo radical, pues se presentó como de nuevo cuño y por tanto sin necesidad de demostrar su aversión al franquismo, que nadie puso en duda. Unas cuantas invectivas contra el Estado y contra las burguesías dominantes sonaban a ideología heroica, bien asentada, de furor histórico.
Por distintas vías fueron creándose héroes para consumos locales (de barrio, pueblo, cuadrilla, partido), que se imaginaron un pasado, lo justificaron con expresiones rotundas (y radicales, cada uno en lo suyo) y quisieron crear un futuro de fábula y sectario, pues todos buscaron que se pareciese al pasado ficticio en el que habían sido unos héroes.