Agustín Valladolid-Vozpópuli
- El manifiesto ‘Socialdemocracia 21’ está redactado pensando demasiado en los amigos, en el qué dirán, en los afiliados; y poco en el votante
Podría ser un buen comienzo; pero solo un comienzo. Y de incierto final. Porque cualquier iniciativa cuya finalidad primordial, en este modelo napoleónico de partido, sea seducir a la militancia socialista, es un tiro al aire. Y con balas de fogueo. La grey ni se inmuta, y encima queda avisada. A las militancias de los partidos políticos, cuando estas son parte sustancial del problema, no hay que seducirlas; hay que acojonarlas. Hay que llevarlas al borde del precipicio, que el miedo les recorra el cuerpo; que sin esforzarse mucho visualicen cómo avanzan sin control las llamas hacia sus hasta ese momento inalcanzables posiciones. Hay que derrotarlas; o dejar que se estrellen solas.
El manifiesto “Socialdemocracia 21”, presentado este lunes por Jordi Sevilla, es efectivamente una enmienda a la totalidad del sanchismo, pero al mismo tiempo de su lectura podría inferirse que se pide perdón por el atrevimiento. Incluso en algún desafortunado párrafo se asoma algo parecido a una disculpa: “Los socios parlamentarios y de gobierno, imprescindibles para mantenerse en ese Gobierno, no le dejan [aplicar políticas socialdemócratas de reparto de la renta] -así, puede ser la primera legislatura de la democracia sin presupuestos-, mientras le obligan, a veces bajo chantaje, a aprobar medidas que poco o nada tienen que ver con una agenda socialista para España”.
La raíz del mal
“No le dejan”; “le obligan”; “a veces bajo chantaje”. Una innecesaria concesión al César, no vaya ser que se nos enfade más de la cuenta. Una desalentadora puerta de arrepentidos para los no militantes e indecisos. El manifiesto es certero en el diagnóstico, pero se queda muy corto en lo que se refiere al tratamiento que hay que prescribir al enfermo. Está redactado pensando demasiado en los amigos, en el qué dirán, en los afiliados; y poco en el votante. Reproduce el conocido catálogo de problemas amplificados por este gobierno (extrema derecha, desigualdades, atasco del ascensor social, brecha generacional o deterioro del Estado de Derecho, entre otras calamidades), pero nada propone sobre cómo atacar el origen del mal.
Lo dije aquí, ‘Los moderaditos’, hace unas semanas y lo repito: “Reflexionar, pensar, proponer. Todo eso está muy bien. Y sin embargo de nada servirá si no se da un paso más. Porque no se trata de echar a Sánchez [o no solo], se trata de llenar el enorme vacío que deja un partido que fue de Estado y hoy se ha transformado en un mero instrumento de poder”. Y eso se puede hacer desde dentro, un suponer (que es lo que proponen a mi entender ingenuamente Sevilla, Lobato y compañía), o desde fuera, pero en ambos casos hay que partir del reconocimiento expreso y sin matices del problema de fondo: la transformación de un partido que un día estuvo al servicio del conjunto de la sociedad en una plataforma de gestión cuasi personal del poder.
El manifiesto pasa de puntillas sobre este particular, y nada dice, y se echa mucho en falta, sobre el responsable último de la pérdida de apoyos que registra el socialismo y denuncia Sevilla. Ni una palabra sobre cómo Pedro Sánchez, para garantizar su continuidad, ha empujado al PSOE hacia la versión más radical del socialismo; sobre cómo ha ejecutado un cambio doctrinal profundo, un reposicionamiento brusco de la oferta política del PSOE, sin mediar debate interno alguno (Y no lo ha hecho por convicción -Sánchez es probablemente el líder político postfranquista con menos carga ideológica, aunque pueda parecer lo contrario-, sino por puro oportunismo: para devorar a una porción de sus socios y así al menos mantener la supremacía en el bloque de izquierdas.).
La militancia en la trinchera
Ni una sola referencia encontramos en la proclama sobre cómo desmontar un cesarismo incompatible con la teóricamente benéfica visión socialdemócrata de la política, empezando por el necesario cuestionamiento, o al menos reconsideración, del sistema de primarias, verdadero nódulo sobre el que se asienta y extiende uno de los problemas de fondo: una militancia menguante que nada tiene que ver con aquella de los años 80 o 90 del siglo pasado que permitió a sus dirigentes proclamar que el PSOE era el partido que más se parecía a España. Hoy, las bases y cuadros socialistas no son siquiera un pálido reflejo de la sociedad, pero en su gran mayoría dependen tanto del partido que defenderán el fuerte y el jornal hasta el último aliento, de ahí mi escepticismo.
Si se tratara solo del primer paso, de que no se diga de puertas adentro que no lo intentaron, yo les compraría la iniciativa a los promotores de “Socialdemocracia 21”. Pero me gustaría saber qué harán después, cuando les den con la puerta en las narices, cuando Sánchez, o quien le sustituya, se niegue a rectificar, siga secuestrando el partido y se atrinchere en el populismo y en Ferraz tras el próximo batacazo electoral. ¿Se conformarán con el papel de comparsas de una falsa democracia interna? ¿O se atreverán a hacer lo único políticamente útil? Esto es, aglutinar y liderar desde la propia experiencia todas aquellas iniciativas que quieran recuperar en serio los principios de la socialdemocracia, para adecuarlos a una realidad mucho más compleja que la del último tercio del siglo pasado, y dar la batalla desde fuera. Cualquier alternativa que no pase por echar abajo las puertas blindadas del partido solo será una decepcionante pérdida de tiempo.
Estaremos atentos.