Teodoro León Gross-ABC

  • El propietario de una vivienda en el mercado no es alguien que acertó a asumir el riesgo de invertir, sino un maldito rentista fascista

Usted, que heredó un piso de su madre en un barrio periférico, con un puñado de recuerdos y un montón de desperfectos. Usted, que le dijo a su mujer hace 24 años, después de dos noches en vela, vamos a meternos en un piso que después será una ayudita para la jubilación. Usted, que se decidió, con más miedo que ambición, a poner ahí un dinerito ante el vértigo de verse alguna vez en el paro con nada. Usted, que pensó que nada le gustaría tanto como poder dejarle un piso a un hijo. Usted, que tuvo claro que iba a dedicar el premio de la Lotería de Navidad a un tercero con terraza y dos habitaciones. Usted, ya lo sabe, es un maldito rentista. Y no un simple rentista, por encajar en la cuarta o la quinta acepción del diccionario de la Real Academia, sino un jodido rentista por encajar en el imaginario con que la extrema izquierda entiende la miseria moral de ser propietario de un piso para alquilar. Es usted, en definitiva, la proyección de aquel personaje de Sartre en ‘La náusea’, al que retrataba liberado de tribulaciones porque «dispongo de dinero como un rentista, no tengo jefe, ni mujer, ni hijos; existo, eso es todo», para rematar diciendo sobre esa única tribulación que «me da vergüenza». Esa es la idea, según prescriben los popes de la paleoizquierda cuyos programas políticos sólo se pueden entender aplicándoles el carbono 14: usted debería sentir vergüenza.

Lo más extravagante en España no es una extrema derecha cerril, por más que Vox a menudo se empeñe en parecerse a su peor caricatura, sino la extrema izquierda populista, aunque haya logrado dilapidar su inesperado capital político en los últimos diez años. Ya giran en los sondeos muy cerca de los desagües. Ahora que Sánchez claudica, acuciado por el problema de la vivienda, y apunta en la dirección correcta para compensar con alivios fiscales a los arrendadores que no suban el precio del alquiler a los inquilinos, se ha desatado su furia. Con una miopía sectaria a prueba de casi todo. «Regalar dinero público a los rentistas es un grave error», ha dicho Yolanda Díaz, con su peculiar escala de medida después de celebrar felizmente el fin de año en el hotel más lujoso de su ciudad con un menú de trescientos pavos. «Vergonzoso» dicen en IU, como en Bildu, siempre con una moral explosiva. Podemos ve al PSOE facilitando «que los rentistas se sigan llenando los bolsillos a costa de la gente», porque el propietario de un piso no es ya gente normal, ni siquiera gente, sino un maldito rentista, o un «especulador», como dice Rufián. Esta polémica coral proporciona un retrato clarificador del Frankenstein que sostiene al sanchismo. El propietario de una vivienda en el mercado, para la izquierda, no es alguien que acertó a asumir el riesgo de invertir, sino un maldito rentista fascista, un facha que atropella los derechos de los inquilinos, incluyendo la okupación. Y aún se sorprenden de la proximidad del desagüe en los sondeos.