Miquel Escudero-Catalunya Press
Ralf Dahrendorf. Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2007
Ralf Dahrendorf. Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2007

 

Leyendo Resabiados y resentidos, de Manuel Cruz, topo con la frase «las víctimas no tienen por qué ser mejores que los victimarios» (esto es, sus verdugos). ¿Qué verdad encierra? Lo hemos dicho muchas veces: ser víctima no implica ser ‘bueno’ ni ser incapaz de hacer lo mismo que te han hecho. Pero eres víctima.

Ciertamente, no hay sólo víctimas de terrorismo, que suelen estar muy mal atendidas y vistas como un estorbo. El profesor Cruz dice que hoy todo el mundo aspira a la condición de víctima y que ésta cuesta poco esfuerzo justificar. No lo sé, depende. Habría que señalar que, a veces, tal justificación de ser ‘víctima’ es posible gracias a argumentar con mentiras, con ocultaciones, con trampas. Piénsese, por ejemplo, en los dirigentes del procés: indignados y ofendidos porque se les aplicara la ley que ellos decidieron anular con su golpe del 6 y 7 de septiembre de 2017. Políticos a quienes Pedro Sánchez elevó, por su exclusivo interés, a ‘progresistas’. ¿Hay mayor confusión ideológica?

Algunos dicen que en el ADN de la izquierda está la capacidad de hacer una crítica radical de lo existente; yo creo que tal capacidad no importa si no hay disposición a hacer esa crítica. Pero esto falla de plano cuando prevalece el egoísmo de grupo o de partido, o, simplemente, individual. Y entonces se produce no sólo una natural desconfianza, sino una descalificación absoluta de quien así se manifiesta con impostura; en este caso, reivindicando ser de izquierdas.

En sus días de Primera ministra del Reino Unido (lo fue casi doce años seguidos), Margaret Thatcher planteó ‘cambiar el corazón y el alma’ de los británicos. Era una euroescéptica que pretendía una revolución cultural. En 1982, ordenó a la Royal Navy recuperar las Malvinas recién ocupadas por las tropas del Gobierno dictatorial argentino. Se produjo una guerra que, para volver a la situación anterior, duró setenta días y se cobró numerosas vidas y un reguero de heridos. En el Reino Unido se desató entonces una ola de patrioterismo y Thatcher, dueña de la emoción nacionalatacó a sus compatriotas que no compartían el entusiasmo que tocaba tener:

«quienes creían que nuestro declive era irreversible, que nunca podríamos ser lo que fuimos, que Gran Bretaña ya no era la nación que había construido un imperio y gobernado una cuarta parte del mundo. Pues bien, estaban equivocados». ¿Se cierran así las bocas?

Thatcher ordenó enormes recortes de gasto público, especialmente en educación. Su ideología era partidaria de reducir al mínimo la intervención del Estado en la vida política, económica y social, y era reacia a la dimensión social de la democracia y a la atención a los desfavorecidos. En líneas generales, era lo que se puede denominar ‘neoliberal’; un término que sirve para cualquier descosido y del que se abusa notablemente.

Manuel Cruz llega a hablar del neoliberalismo progresista de Obama y Clinton (lo que chirría casi tanto como hablar de ‘fascismo liberal’). No encaja. Fijémonos en esta diferencia: el liberalismo progresista (o liberalismo igualitario) es fronterizo con la socialdemocracia; para saberlo, no hace falta haber leído al sociólogo alemán Ralf Dahrendorf. A su lado, la expresión ‘neoliberalismo progresista’ suena muy distinta, pues el primer término anuncia una absoluta indiferencia hacia las clases medias y trabajadoras (‘que se espabilen ellas solas’). En cambio, no tiene sombra de oxímoron la etiqueta ‘neoliberalismo hiper-reaccionario’ (como ejemplo de ello, Cruz señala a Trump, no obstante ser un matón que nada tiene de liberal). El neoliberalismo todo lo enturbia como pulsión cruel y destructiva y como ventrílocuo invisible, empleando una expresión del propio Manuel Cruz. Pero, se quiera o no, hay realidades políticas nada agradables que se escapan de la etiqueta neoliberal.

El régimen de Franco, una larguísima dictadura salida de una guerra civil (con una brutal y despiadada posguerra), fue cualquier cosa menos neoliberal; a pesar de las rendijas de los tecnócratas de López Rodó. Sin embargo, para entender la sinrazón que nos impregna al referirnos a él, resulta curioso y significativo este párrafo de Resabiados y resentidos:

«No deja de ser llamativo el recurrente reproche que un sector de la izquierda dirige a las formaciones conservadoras, el de ‘querer volver a la España en blanco y negro’ cuando, en realidad, quien más referencias hace a dicha etapa, con variados motivos es ella misma»

Son unas líneas irrefutables que se ajustan a la realidad, pero no aciertan a confesar que este supuesto sector está encabezado por el sin par Sánchez.