Rafael Dezcallar-ABC

  • ¿Por qué tenemos que hacer estas cosas? Porque otros no pueden hacer nada contra lo que representan Trump, Putin y Xi Jinping, pero Europa si puede, si se une. Sobre todo, para defender lo que somos.

Trump tiene razón en algunas cosas. Por ejemplo en la necesidad de aumentar el gasto defensivo en Europa. La Unión Europea triplica en población a Rusia. Su PIB es ocho veces mayor. Sin embargo no se siente capaz de defenderse sola frente a Putin. Algo no funciona. La UE tiene que espabilarse. Trump también ha logrado éxitos importantes, como poner fin a la matanza en Gaza. Es cierto que si Netanyahu pudo llevarla a cabo fue por el apoyo del propio Trump. Pero finalmente éste le dijo que había que parar. Ha sufrido asimismo derrotas claras. En su guerra comercial con China tuvo que capitular cuando Pekín restringió sus exportaciones de tierras raras, esenciales para sus industrias tecnológicas. Para que las levantara tuvo que suprimir restricciones a la venta de semiconductores a Pekín. También se ha mostrado impotente, como ante Putin en la guerra de Ucrania. Sus negociadores acuerdan con Kiev condiciones para acabar la guerra que Rusia ignora olímpicamente, ante la pasividad de Trump.

La actual política exterior norteamericana no es muy atractiva: es complaciente con los fuertes, mientras que abusa de los débiles. Para Trump, China y Rusia son fuertes, pero no Dinamarca, Irán o Venezuela. De ahí sus amenazas sobre Groenlandia, los bombardeos sobre Irán y los ataques a Venezuela. Estos últimos violan abiertamente el Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas. Rusia y China los han criticado, pero no han ido demasiado lejos. Saben que en el fondo les benefician. Ayudan a Putin a justificar su invasión de Ucrania (y quien sabe si de Moldavia o los Estados bálticos en el futuro), y a Xi Jinping su política en Taiwán o en el mar del Sur de China. La posición de Trump sobre Groenlandia amenaza a la propia OTAN. Premio gordo para Moscú y Pekín.

A Trump, Putin y Xi les importan poco el derecho internacional y la Carta de ONU, salvo cuando les benefician. Creen en cambio en el uso de la fuerza. Eso significa volver a la ley de la selva, en la que el grande se come al chico. A todo aquello contra lo que se creó la Carta y el orden internacional nacido en 1945.

Ese orden ha sido calificado como un orden occidental. Estaba basado en tres principios que los países occidentales han defendido hasta ahora. Primacía del Consejo de Seguridad frente al uso de la fuerza. Derechos humanos para impedir a los poderosos abusar de su poder. Y cooperación al desarrollo para reducir las desigualdades. Esos son los tres pilares de las Naciones Unidas: seguridad, derechos humanos y desarrollo.

Naturalmente que Occidente no siempre los ha cumplido, pero los ha tenido como su punto de referencia. La actual política norteamericana es radicalmente contraria a ellos. Usando la fuerza en Venezuela e Irán, y condonándola en Gaza. Ignorando las violaciones de los derechos humanos, no solo en otros países sino dentro de los propios EE.UU. en el caso de los inmigrantes. Desmantelando la Usaid y desentendiéndose de las necesidades de los países en desarrollo. Además de su posición sobre Groenlandia, que niega todo lo que representa la OTAN. Cabe preguntarse entonces si Washington sigue comportándose como un país occidental. Y, en un sentido más amplio, lo que significa hoy Occidente en el escenario internacional. ¿Sigue existiendo? ¿O su conducta supone que ya no representa nada?

Esto nos lleva a hablar de Europa. Es importante hablar de lo que hace EE.UU. pero lo verdaderamente importante es hablar de lo que debemos hacer nosotros. La UE depende de EE.UU. para su seguridad. La dependencia militar genera dependencia política. Por eso Europa tuvo que aceptar las tarifas unilaterales de Trump. Por eso –excepto España– tampoco se atreve a decir a EE.UU. lo que realmente piensa sobre su ataque a Venezuela. La UE necesita terminar con esa dependencia militar, no con su alianza con Washington. Mientras no lo haga no tendrá más remedio que plegarse a sus deseos. Y eso es peligroso en un mundo en el que el tono lo marcan Trump, Putin y Xi Jinping. ¿Queremos de verdad depender de las decisiones que ellos tomen? Como suele decirse, el que no está en la mesa está en el menú. Acabar con la dependencia militar de Estados Unidos significa gastar más en defensa. También en España, que es uno de los grandes países europeos y no puede permanecer al margen de este proceso, aunque esté más alejado de Rusia que otros. Significa también gastar mejor, siguiendo una estrategia coordinada entre todos. Significa sobre todo poner esas nuevas capacidades defensivas al servicio de una política exterior y de defensa común. De nada sirve tener más aviones o más misiles si no los ponemos al servicio de unos objetivos compartidos.

Eso supone dar un salto cualitativo en la integración política europea. Algo muy difícil, porque la Unión Europea no nació como un proyecto para construir un Estado, sino como una fórmula para acabar con las guerras entre Francia y Alemania. El éxito de esa fórmula condujo a un proceso de integración al que le falta la integración política. Muy difícil, pero imprescindible. Algún paso se ha dado con las medidas de apoyo a Ucrania. Es también significativo que el acercamiento del Reino Unido a la UE haya empezado en el terreno más complicado, la defensa. La UE tradicionalmente ha logrado sus principales avances en momentos de crisis. Si esto no es una crisis, que venga Dios y lo vea.

Hay otras cosas que la UE tiene que hacer. Aplicar las recomendaciones de los informes de Letta y Draghi, en gran parte sin cumplir. Es necesario eliminar barreras a la libre competencia y movilizar todo el potencial del mercado único. Solo así podrán desarrollarse empresas de una dimensión comparable a las norteamericanas y las chinas, capaces de competir con ellas. Europa lo hizo con Airbus y puede volverlo a hacer. Es necesario también concluir la unión bancaria, pendiente desde la crisis de 2010. Sin un mercado financiero de escala europea no será posible financiar a esas empresas, ni tampoco potenciar el papel del euro como moneda global. No se entiende que el mercado de capital riesgo en Europa sea más limitado no ya que los de EE.UU. y China, sino que los de Israel o Corea del Sur. ¿Por qué tenemos que hacer estas cosas? Porque otros no pueden hacer nada contra lo que representan Trump, Putin y Xi Jinping, pero Europa si puede, si se une. Sobre todo, para defender lo que somos. Los principios en los que creemos: el diálogo como forma de solucionar los conflictos, la democracia, los derechos humanos, el Estado de derecho y el de bienestar. En suma, para defender a Occidente. Si otros están dispuestos a destruirlo, nosotros debemos defenderlo.