Ignacio Camacho-ABC

  • Bajo la zozobra de un cambio de orden planetario, el Gobierno descuenta cada fecha que sobrevive a los escándalos

La consigna es meter ruido, todo el que se pueda. Mucho, mucho ruido, que diría Sabina: con Groenlandia, con Venezuela, con Irán y hasta con Julio Iglesias. Es verdad que los tiempos se prestan porque el año nuevo trae nubes negras envueltas en un estrépito de cambio de época. Y Moncloa quiere aprovechar la inestabilidad geoestratégica para elevar los decibelios de la tormenta en vez de resguardarse de ella. El privilegio financiero a Cataluña es un tema demasiado complejo para dominar la conversación cotidiana y el problema de la vivienda siempre se puede torear con gestos de galería y alguna rebajilla fiscal a las clases medias. Pero mientras se hable de enviar tropas a Ucrania o de Trump y sus amenazas a la integridad europea no estarán Koldo y Ábalos en el eje de la polémica. Al menos eso piensan en el laboratorio de ideas (?) al que Pedro ha confiado su agenda con la misión de distraer a la opinión pública a base de propuestas cosméticas.

El plan, si así cabe llamarlo, consiste en explotar la superioridad de la maquinaria propagandística para minimizar con humaredas pirotécnicas el impacto de los asuntos que están bajo la lupa de la justicia. Difícil: para empezar, Ábalos ya tiene tribunal nombrado para el juicio de las mascarillas, y a lo largo del primer trimestre se esperan novedades sobre otros casos de importancia crítica. De aquí a febrero el campo, donde Vox está creciendo a ojos vistas, se va a movilizar contra el acuerdo de la UE con Mercosur y llenará Madrid con los tractores que ya están en las calles de Galicia. En Aragón se fragua una severa derrota de Pilar Alegría, que tendrá un correlato parecido un mes más tarde en Castilla. Y el semestre se cerrará con la traca de Andalucía. Tres elecciones parciales seguidas que el sanchismo aborda con la única expectativa de que el PP no logre gobernar en mayoría y sea posible volver a agitar el miedo al avance ultraderechista.

Claro que en medio de ese calendario puede irrumpir el presidente americano enviando tropas de asalto al Ártico o castigando a los ayatolás a bombazos. Un supuesto verosímil ante el que Sánchez emergerá con poses de hombre de Estado y solemnes invocaciones del Derecho internacional y el esfuerzo diplomático. Ayer mismo hubo en Madrid un encuentro con delegados iraníes a cencerros tapados. Está por ver, sin embargo, que la incuestionable zozobra planetaria altere el trabajo de los magistrados o el sentido del voto de aragoneses y castellanos. Pero el Gobierno ha decidido vivir al día, descontar cada fecha que sale indemne de algún escándalo y ver si entretanto encuentra el modo de poner sus propios altavoces a todo trapo. Lo de Julio le ha venido bien: morbo en ‘prime time’ asegurado, aunque el interés del culebrón acabará menguando. Y si no estalla la Tercera Guerra Mundial, se va a tener que enfrentar a un futuro inmediato bastante antipático.