Alison Posey-El Correo
Doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria en Estados Unidos
- A punto de cumplir un año de su segundo mandato, solo un 36% aprueba cómo conduce el país. ¿La queja más recurrente? La economía
¿Qué hacen los autócratas cuando su popularidad empieza a peligrar? Invadir otra nación soberana, por supuesto. Lo vimos con la invasión de Vladímir Putin de Ucrania en 2022 y hace unos días, con el despliegue de tropas de élite estadounidenses en Venezuela. Pero ni siquiera Putin habría imaginado secuestrar al presidente de un país soberano y llevarlo esposado, con los ojos tapados, a juicio por cargos exagerados. No, solo Trump, sin aviso ni autorización del Congreso, se ha permitido cometer un disparate de esa envergadura.
¿Por qué? Mientras abundan las teorías conspirativas -entre ellas, las del propio presidente, que asegura la existencia de un complot venezolano para introducir cocaína en Estados Unidos-, la verdad es sencilla. Expulsar a Maduro, dictador cuyo mandato brutal ha provocado la huida de siete millones de venezolanos, permite a Trump presentarse como el restaurador de la democracia en una nación devastada por un socialismo sin freno.
Para el mandamás estadounidense no hay nada más peligroso que la impopularidad. Y en los últimos meses, la de Trump se ha disparado. En las grandes ciudades estadounidenses, donde antes paseaban los turistas, ya no hay nadie que se maraville con las legendarias pizzas de Nueva York ni que haga cola con el intenso frío de Boston para comer los dulces ‘cannoli’ de sus famosísimas panaderías italianas. En su lugar, se ve vagabundear por las calles a una población nativa hambrienta, empobrecida, cada vez más presionada por unos precios que parecen subir sin fin. En todo el país -incluso en los Estados más rurales, baluartes tradicionales del conservadurismo trumpista-, se han encarecido el alquiler, la luz, la comida, el transporte… y, sobre todo, los costes médicos. Estos recaen en cualquier estadounidense, ya que no existe ningún sistema sanitario público para la gran mayoría de la población. ¿Enfermas? Prepárate para pagar un ojo de la cara.
Pero ¿no se había comprometido Trump a solucionar la inflación? ¿No es verdad que uno de sus lemas más pegajosos ha sido «Trump will fix it» (Trump lo arreglará)? Sin duda, le resultó una jugada muy eficaz presentarse como el gran reparador de Estados Unidos. Frente a unos precios intolerablemente altos y una persistente inflación, el mandamás juró repararlo todo en un pispás. Jamás se aclaró cómo planeaba arreglar la mayor economía del mundo, pero eso no les importaba a los cientos de miles de votantes a quienes les encantaba la irresistible promesa de una solución fácil. La realidad ha sido otra.
Trump sí ha sabido ahorrar, pero no en beneficio de quienes lo votaron. Con la promulgación de la ley reciente ‘One Big Beautiful Bill Act’ (la gran y hermosa ley presupuestaria) -cuyo solo nombre suscita dudas sobre su cordura-, el presidente ofreció jugosas exenciones tributarias a los más ricos que lo habían apoyado en las elecciones anteriores. Mientras tanto, los pequeños empresarios cuyos intereses supuestamente defiende el republicano se ven arrasados por unos aranceles disparatados que sacuden los mercados globales como un tornado.
Así resulta patente cómo, en 2026, al igual que en 2016, los designios de Trump son los mismos: empobrecer a las clases medias y obreras para enriquecer a las élites. Lo hace a un alto coste. Entre otras reformas económicas, su Gobierno ha devastado los servicios sociales nacionales, como los populares programas de asistencia alimentaria suplementaria (SNAP, por sus siglas en inglés) para las familias más pobres. Que haya miles de niños que sufran hambre en el país más rico del mundo no parece importar mucho a su presidente, a pesar de que muchos de sus votantes se encuentren en situaciones económicas precarias. Una investigación de junio de 2025 demostró que, en las dos últimas elecciones, Trump ha disfrutado de una ventaja notable entre los votantes sin estudios universitarios, que ganan, en promedio, la mitad que sus homólogos con educación universitaria. Hasta ahora, han sido leales al presidente, a pesar de que son los más afectados por los recortes que asolan el país entero.
Pero la lealtad no da para comer. Y, después de un año de reformas y recortes que no dan fruto, se nota que la ira aumenta. Hay indicios contundentes de que el mandamás está perdiendo popularidad. Al cumplirse un año de este segundo mandato, los índices de aprobación de Trump son los más bajos de cualquier presidente jamás registrados. En diciembre, apenas el 36% de los censados aprobaban su manera de conduce el país. ¿La queja más recurrente? La economía. Mientras los estadounidenses no pueden permitirse ni ciruelas ni cirugías, ni casas ni cánceres, Trump necesitará un gran gesto que devuelva brillo a su régimen, cuyo desgaste se acelera. El presidente jura salvar a Venezuela; queda por ver si Venezuela lo salvará a él.