Mikel Buesa-La Razón

  • Sin firmas y sin concreciones, uno diría que el manifiesto de los anónimos está destinado a la papelera de La Moncloa

Evocando uno de los filmes de Manuel Summers podríamos decir que un manifiesto sin «abajo firmantes» es «como un jardín sin flores o un matrimonio sin hijos». O sea, un gatillazo, un acto fallido, una acción política sin trascendencia destinada a ser olvidada porque, salvo dos de ellos, ninguno de sus promotores ha querido dar la cara y poner su rúbrica al pie del documento. Éste, por lo demás, es tan comedido con respecto a sus destinatarios –la masa de adeptos, correveidiles, aduladores y paniaguados de Pedro Sánchez que pueblan su partido– que ni siquiera se atreve a concretar las pretensiones de sus redactores, pues se desenvuelve en el terreno de lo alusivo y la indirecta. Ellos reclaman «un proyecto muy diferente al de una izquierda populista […] que huya del mito de las dos Españas», pero no nos dicen en qué iniciativas se plasmaría ese propósito, más allá de una etérea apelación a las «políticas socialdemócratas de reparto de la renta y fortalecimiento de los servicios públicos». Por cierto, señalan erróneamente que éstas no las aplica el gobierno porque «no le dejan [sus] socios imprescindibles», cuando todos sabemos que el problema no radica ahí, sino en las exigencias identitarias de estos últimos, fruto de las cuales Sánchez ha acabado patrocinando un reforzamiento de los nacionalismos vasco –incluyendo a sus elementos radicales, rentistas del terrorismo– y catalán a costa del bienestar y los recursos destinados a las demás regiones de España. Reclaman «un PSOE fuerte que lidere en el mundo de las ideas y en la acción política», lo cual se comprende mal, pues eso es lo que precisamente hace su antagonista desde la presidencia del gobierno –aunque casi siempre esas ideas y acciones, basadas en la mentira y la demagogia, sean deleznables–. Y exigen que ese PSOE «asegure el correcto funcionamiento de los mecanismos de transparencia para evitar que vuelvan a ocurrir casos de corrupción o acoso». Ni que decir tiene que, en este terreno, no se anota la menor alusión a las conexiones de tales asuntos con Sánchez y algunos de sus ministros. En resumen, sin firmas y sin concreciones, uno diría que el manifiesto de los anónimos está destinado a la papelera de La Moncloa.