Jon Juaristi-ABC
- O de la actualísima intemporalidad de ‘La Ciudad de Dios’
Probablemente, la alocución de León XIV, el pasado 9 de enero, al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, tendrá el mismo destino que la lección de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, del 12 de septiembre de 2006, o sea, el desprecio y el olvido. Lástima, porque se trata de uno de los textos más luminosos de lo que llevamos de siglo. En lo que a sus deseos expresos para la política internacional se refiere –fortalecimiento del multilateralismo mediante una recuperación, por parte de la ONU, de los principios de su Carta fundacional y solución de los dos Estados, israelí y palestino, en Oriente Medio– no se sale un punto de lo que prescribe el discurso de las buenas intenciones. No está mal, pero sin despegarse del grado cero de la utopía humanitaria del presente. Lo verdaderamente nuevo de su discurso, y tremendamente antiguo e intemporal a un tiempo, ha sido su invocación al Agustín de ‘La Ciudad de Dios’, del que cita, entre otros, el siguiente párrafo: «No hay nadie que no quiera la paz. Incluso aquellos que quieren la guerra no quieren otra cosa que vencer, por lo que desean alcanzar una paz gloriosa mediante la guerra. La victoria, en efecto,no es más que la sumisión de los que oponen resistencia, y cuando esto ocurra habrá paz». Cuando defino como ‘tremendo’ el carácter de esta invocación, lo hago en el doble sentido del término, como ‘digno de ser temido’, pero también de ‘respeto y reverencia’. La manipulación terrorista de la doctrina agustiniana lleva a Hobbes y a la apología de la sumisión es decir, a la paz de la tiranía. Pero lo que el obispo de Hipona defendía era la paz de Dios, que acaso sea imposible conseguir en la Ciudad Terrena. Pero ahí queda eso.
Hay en las ‘Confesiones’ otro párrafo que es clave para comprender el citado por León XIV. Se refiere a las ‘Catilinarias’ de Cicerón, texto que fue decisivo en la formación del pensamiento agustiniano. De su lectura, concluye Agustín que lo que pretendía Catilina al intentar apoderarse de Roma por la fuerza era un bien para sí mismo, sacudirse su sujección a las leyes y resolver sus problemas económicos: «Es claro, pues, que ni el mismo Catilina amaba el crimen por el crimen. Buscaba algo distinto, razón de sus crímenes». A estos designios tiránicos, el cristiano, según Agustín, debe oponer su búsqueda de la Ciudad de Dios, pero el camino hacia esta no pasa por la sumisión, sino por la resistencia: por la defensa de lo que Péguy llamó ‘las patrias carnales’.
En fin, tiempos duros estos, como «cuando San Agustín escribía ‘La Ciudad de Dios’ con una mano/ y con la otra tomaba notas a fin de combatir las herejías» (Blas de Otero). ¿Ambiguo, Agustín de Hipona? Nada de eso, pese a Hobbes: en todo caso, ambidextro. No es mal momento para descubrirlo con el agustino Robert Prevost, hoy Papa León XIV.