Ignacio Camacho-ABC

  • El episodio de la medalla revela el doble rasero de la Casa Blanca: humillación a la víctima, confianza con la victimaria

Era imposible evitar un hormigueo de vergüenza ajena al ver a María Corina Machado entregarle a Trump la medalla del premio Nobel ganado por su heroica resistencia contra la dictadura de Venezuela. Pero tras ese ineludible estupor se impone una reflexión más serena sobre la necesidad de comprender que el compromiso con la libertad de su país es para ella mucho más importante que cualquier gesto de dignidad personal o de autonomía de conciencia. Que esta mujer está dispuesta a cualquier sacrificio susceptible de ayudarle a alcanzar su verdadera meta, la de devolver a su maltratada patria, a costa de su propio orgullo si menester fuera, la democracia plena y los derechos civiles y políticos enajenados durante dos décadas y media.

Más difícil resulta de aceptar la complacencia arrogante con que el presidente americano se dejó tributar ese inmerecido homenaje. Esa satisfacción caprichosa de niño grande, de matón de la clase o, peor aún, de cacique territorial al que ningún honor le parece bastante. A Corina le habían aconsejado que le rindiera vasallaje como se hacía en la Edad Media con los señores feudales. Y lo hizo con la misma humildad con que aceptó entrar en la Casa Blanca pasando el rutinario control de visitantes, y quizá a sabiendas de que al mismo tiempo un enviado presidencial, el director de la CIA Jim Ratcliffe, se reunía en Caracas con Delcy Rodríguez en una maniobra de doble juego deplorable.

La diferencia entre una y otro consiste en que la líder de la oposición venezolana defiende y encarna la única esperanza plausible de democracia mientras su anfitrión patrocina una simple estabilidad institucional tutelada. Quizás institucional no sea la palabra porque hace tiempo que el chavismo arrasó las instituciones para someterlas sin disimulo a su obediencia autoritaria; más bien habría que hablar de un ‘statu quo’ funcional fruto de una traición negociada con la nomenclatura bolivariana para mantener intacto el régimen sin Maduro a cambio de colaboración pragmática. Un rasero bien distinto en un arbitraje trucado a favor del equipo de casa: desconfianza con la víctima, amparo a la victimaria.

Claro que para bochorno, el de un Gobierno español erigido en ‘lobby’ diplomático de los sucesores del tirano. El de un ministro de Exteriores capaz de pedir la retirada de las sanciones que pesan sobre Delcy en el territorio comunitario. El de una política de apaciguamiento retórico que ignora la legitimidad de una victoria electoral robada a golpe de pucherazo y oculta los vínculos de complicidad establecidos desde hace años, Zapatero mediante, con el sistema corrupto recién derrocado. Frente a toda esa exhibición de impudicia, la del sanchismo con sus secretos a cuestas y la de Trump con sus antojos erráticos, la humillación voluntaria de Machado acaba por resplandecer como una generosa renuncia en aras de un futuro soberano.