Pedro Chacón-El Correo

Guillermo Gortázar Echeverría acaba de dejarnos esta semana tras una enfermedad tan fulminante que no le ha dado tiempo ni tregua para despedirse de sus amigos. Se nos ha ido un personaje para el que lo vasco y lo español iban inextricablemente unidos y que no concebía lo uno sin lo otro, aunque sabía de sobra lo que tenemos. El otro día, nuestro común amigo Iñaki Ezkerra le recordó también en estas páginas con un gran artículo donde habla de sus libros y de su antepasado Manuel María Gortázar y Munibe, artífice con Cánovas del actual régimen del Concierto Económico. También tuvo un tío abuelo, Javier de Gortázar, nacionalista conspicuo.

Recuerdo cuando me llamó un día porque quería conocerme, con lo raro que es que nos pase eso alguna vez en la vida con alguien así. Fue una verdadera suerte tratarle y acabamos formando un grupo de constitucionalistas y fueristas, con Ramón Rabanera, preocupados por la situación política de las provincias vascas, como a él le gustaba llamarlas.

Guillermo estudiaba los fueros con el pesar de que todo el mundo cree que son algo o nacionalista vasco o muy antiguo, tan antiguo como su propio linaje, del que nunca le oí alardear. Porque del mismo modo que hay una casa Gortázar en la calle Correo de Bilbao, también hay una capilla de los Gortázar en la Iglesia de San Miguel en Vitoria, la ciudad donde nació. Pasaba los veranos en San Sebastián y siempre quedábamos para tomar algo entonces. Un verano hicimos un viaje en coche desde su casa y visitamos la tumba del Canciller Ayala, en Quejana/Kexaa, luego estuvimos con nuestro amigo Federico Verástegui en su Torre de Murga, donde hace el txakoli Txikubin y terminamos el día en Salvatierra, hoy Agurain, en un caserón de amigos suyos cerca de donde asesinaron al general Azcárraga.

Guillermo Gortázar siempre decía que, si existe «lo vasco» en política, en historia, en todo, nunca podrá prescindir de sus tres provincias si quiere seguir existiendo como tal. Y este año que se conmemora el Fuero Nuevo de 1526, que sepamos que eso correspondía a lo que antes era un Señorío, que ahora tampoco lleva ese título, y que lo era porque había un Señor, al que ahora le han quitado los dos lobos del escudo, y que nunca hubiera entrado en vigor sin el reconocimiento por Carlos I de España, de donde ahora nos queremos separar, y que había un corregidor, del que el experto en fueros que asesora en la presentación de los actos, Gregorio Monreal, tampoco habla nunca. Es un poco como lo que pasa con los Reyes Católicos, que desde que el fascismo se apropió del yugo y las flechas, ahora vas al Monasterio de San Juan de los Reyes en Toledo y te crees que has entrado en el cuartel general de la Falange. Pues parecido pasa con los fueros, que desde que los cogió por banda el nacionalismo vasco, ahora no los reconocería ni la madre que los parió.