Jesús Cacho-Vozpópuli
- Señores que no han dirigido nunca nada pretenden enseñar a empresarios a ganar dinero y acelerar el crecimiento de sus negocios
Sherman McCoy es un chico listo educado en Yale, que trabaja en Wall Street y que se ha hecho rico comprando y vendiendo bonos para una clientela a la que a veces engaña y con frecuencia manipula. Habitante del exclusivo Park Avenue, viste elegantes trajes sastre, conduce coches de alta gama y es habitual consumidor de cocaína que alterna con mujeres tan caras como hermosas. Un “amo del universo”. Pero un casual error humano, la salida equivocada de una autopista le lleva a perderse una noche en el Bronx mientras conduce su flamante Mercedes en compañía de su joven amante. Presa de los nervios, el siempre seguro Sherman atropella en la penumbra a un hombre negro y, presa del pánico, emprende la huida después de provocar casi un motín racial. Es el inicio de la pesadilla que a este arrogante triunfador le espera al caer en las garras del sistema de justicia penal norteamericano. Se cuenta en “La Hoguera de las Vanidades” (1987), un best seller en el que, con su estilo elegante y mordaz, Tom Wolfe describe los estragos que el ansia de dinero, la pasión por el poder y el exceso de ego, la vanidad, pueden llegar a producir en esos ejecutivos financieros o altos profesionales liberales que en algún momento de su vida llegan a creerse por encima de toda norma legal o moral. Dinero, estatus y vanidad sigue habiendo a raudales en la cúpula de multinacionales y bancos, despachos de abogados, fondos de inversión y auditoras. En la cúspide de las “Big Four” españolas (Deloitte, PwC, EY y KPMG), firmas donde los socios ganan fortunas y los curritos sueldos de miseria. En Deloitte (antigua Arthur Andersen), la mayor de ellas, se acaba de producir una descarnada lucha por el poder entre bastidores, que se ha sustanciado con el ascenso a la cúpula, por primera vez en España, de una mujer. De momento. En KPMG, por el contrario, el relevo ha sido de lo más pacífico.
El mundillo económico madrileño quedó sorprendido al saber, a primeros del noviembre pasado, que Héctor Flórez, 59, presidente de Deloitte España, había decidido no presentarse a la reelección de su cargo, fijada para junio de este año, aduciendo la necesidad de “volcarse en ayudar a su familia para hacer frente a situaciones relevantes”. Que Flórez tirara la toalla seis meses antes del fin de su mandato, dejando desierto un puesto tan apetitoso para tanto eventual “amo del universo”, tanto aspirante a Sherman McCoy, con un sueldo que probablemente rebase con largueza los 2 millones de euros anuales, dio paso a todo tipo de especulaciones en el ambiente de las cuatro grandes. Con la presentación de candidatos, se abría un proceso que debería culminar con la elección de un nuevo presidente en el seno del Consejo de Socios de la firma. Pero Flórez, un tipo peculiar, más perfil buey que toro bravo, más proclive a la gestión pausada de la cultura empresarial que al desarrollo de negocio comercial directo, hacía tiempo que había ya elegido a su propio delfín y no era precisamente un piernas, sino un tipo de peso, un hombre de prestigio, Juan Pérez de Ayala, socio del área de Growth y Servicios Financieros, miembro nada menos que del board mundial de la firma y del Comité Ejecutivo global. Lo que pocos sabían en el círculo de las empresas de servicios profesionales es que Héctor Flórez estaba muy cuestionado dentro de Deloitte, con una mayoría de socios francamente descontentos con su gestión, y que había gente que no estaba dispuesta a permitirle una sucesión a su medida, tipos con espolones dispuestos a plantar cara a ese teórico delfín y a entablar una lucha por el poder hasta sus últimas consecuencias.
La lista estaba encabezada por el veterano Enrique Gutiérrez de la Rocha, un ICADE con un MBA por la Middlesex University de Londres, gran parte de su vida profesional desarrollada en Deloitte, que desde junio de 2024 se desempeña como socio responsable de Tax & Legal (2.300 profesionales a sus órdenes), un “marrón” que asumió como un reto dispuesto a dar la vuelta a la cuenta de resultados de una división que había ido perdiendo paulatinamente fuelle, tras haber hecho casi toda su carrera en Corporate Finance y Financial Advisory, área de la que fue socio responsable (también jefe global) más de una década, en la era dorada de Fernando Ruiz como presidente (“un tipo formidable, metido en los temas, siempre hablando con clientes, siempre en la calle”). Miembro del Comité Ejecutivo de la firma en España y con un perfil mucho más transaccional y comercial que Flórez, Gutiérrez estaba dispuesto a plantear batalla para cerrar su carrera con el broche de la presidencia de una firma que da empleo a más de 12.000 personas en España, salir por la puerta grande cuando apenas le quedan unos años para alcanzar la edad de jubilación.
Dispuesto a evitar una guerra interna de imprevisibles consecuencias y temeroso de una posible derrota a manos de Gutiérrez, Flórez, descrito como “un buen tipo” en su entorno amical, idea una estratagema consistente en nominar como candidato a la presidencia a un tercero con el que nadie contaba, en este caso a una mujer (con el premio añadido de ser la primera en ocupar la presidencia de una “Big Four”), una especialista en auditoría (área core en los orígenes de Deloitte, auditora de referencia que fue del Ibex 35, pero claramente en retroceso — apenas representa el 20% de la facturación de la firma en España — al haber pivotado su negocio a otros servicios), que trabaja y reside en Barcelona y es, por tanto, ajena al fantástico juego de tronos madrileño. Se trata de Ana Torrens, “una mujer importante, que ha tenido que demostrar doblemente su valía creciendo en un entorno muy machista, un negocio tradicionalmente muy de tíos”, pero que ha necesitado ser convencida porque su interés por escalar la presidencia, con el problema añadido de tener que desplazarse a Madrid, era perfectamente descriptible. Su nombramiento ha sido avalado por un Consejo de Socios que normalmente controla el presidente, es decir, el propio Flórez, pero que no ha sido ratificado por la Junta de Socios, la junta general que estatutariamente ratifica el nombramiento efectuado por el citado Consejo y en la que votan tanto los socios con equity (participación accionarial en la sociedad) como los socios profesionales, aunque con peso distinto ambos grupos.
Flórez, ahora mismo una especie de “palomo cojo” que ha perdido peso en la firma al estar de salida, se ocupa estos días de pasear por Madrid a Ana Torrens para presentarla en sociedad, consciente de que la batalla está lejos de haber finalizado porque Deloitte sigue agitada por el mar de fondo causado por esta especie de solución salomónica que, en teoría, debería resolverse a lo largo de febrero y que aún podría deparar sorpresas. “Es verdad que la gestión de algunos temas estos años por parte de Héctor no ha gustado a bastantes socios, pero la mayoría queremos volver a la normalidad cuanto antes porque estas guerras despistan y perjudican a todos. Por eso, siempre tratamos de alcanzar un consenso para llegar a la Junta con un solo candidato al que votar, y eso pasa con nosotros y con el resto de firmas del sector, para evitar el riesgo de que se trocee o fragmente la sociedad”. Algunas fuentes hablaban de que el nombramiento de Torrens iba a ser ratificado esta semana, cosa que no ha ocurrido. “Huele a problemazo en Deloitte”, susurran en la acera de la competencia.
Muy distinto ha sido el caso de Juanjo Cano, 53, reelegido presidente de KPMG España para otro periodo de cinco años (hasta septiembre de 2031), tras asumir el cargo en octubre de 2021 como sucesor de Hilario Albarracín. Cano recibió el jueves 8 de este mes el apoyo de 151 de los 153 socios convocados (dos no votaron), después de haberse tomado su tiempo para presentar su candidatura con la intención de no condicionar la posible aparición de alguna otra, lo que habla del apoyo casi unánime del que goza en una firma que pisa fuerte como auditora del Ibex, que ha ganado posiciones en áreas de Legal y Fiscal, ha consolidado Deal Advisory y ha reforzado la Consultoría con el foco puesto en transformación, tecnología e Inteligencia Artificial. KPMG creó 850 nuevos empleos en 2025 y nombró 34 nuevos socios, la mitad de los cuales son mujeres. He aquí un hombre ceñido al mundo cálido de su familia y sus amigos, muy lejos del tópico y típico “amo del universo”. Un seguidor del Atlético de Madrid, buen jugador de mus en viernes tarde, que todos los sábados por la mañana juega su partido de fútbol con sus amigos de siempre y cuando puede se escapa a Cantabria para correr por la playa y bañarse, aunque sea pleno invierno.
En las antípodas de Cano se encuentra el gaditano Federico Linares, 54, máximo responsable de EY (antes Ernst & Young) en España desde 2019, un flamboyant (tipo seguro de sí mismo que no rehuye llamar la atención), un personaje que parece disfrutar con la popularidad, amigo del papel couché, que goza ya de un amplio reconocimiento en los ambientes “sociales” tanto andaluces como madrileños, motivos todos por los que suele ser objeto de comentarios irónicos, a veces francamente ácidos, en un sector por lo demás proclive a la privacidad y el secretismo. Especialista en fusiones y reestructuración de grupos de multinacionales, Linares sería el presidente de las “Big Four” más cercano al prototipo de “amo del universo” que describe Wolfe, un Sherman McCoy a la andaluza, que este 12 de enero participaba en Madrid en la presentación del lobby “Andalucía 27” junto al empresario sevillano y sedicente sanchista Rosauro Varo, dueño de GAT Inversiones y perejil en todas las salsas; José María Pacheco, fundador de Konecta y gran fortuna regional; Antonio Pulido, presidente de la Fundación Cajasol, y José Luis García-Palacios, de la Caja Rural del Sur. Todo “fuerzas vivas” andaluzas, todos ricohomes del lugar, algunos hechos a sí mismos y otros crecidos al calor del poder político. Todos, o casi, muy amigos del presidente de la Junta, Juanma Moreno, los últimos, que no los primeros, en intentar hacer de Andalucía de una vez por todas esa California promisoria tantos años anunciada y otros tantos postergada.
En PwC, firma que se ha hecho fuerte en auditoría tras la renuncia de Deloitte a esa línea de negocio consecuencia del escándalo Bankia, con torre propia en el Paseo de la Castellana, asienta su reinado el bilbaíno (Deusto) Gonzalo Sánchez, 56, titulado en Económicas por la Universidad del País Vasco y MBA por Georgetown, que en 2022 fue reelegido como presidente de la firma hasta 2027. La propaganda de la casa sostiene que estamos ante “uno de los líderes empresariales más influyentes de España” (sic), obligado hace escasas fechas a despedir a su amigo Andoni Ortuzar, PNV pata negra, a quien había contratado como “consultor externo”, después de que ese prodigio de sabiduría, además de perrito faldero de Zapatero, que responde al nombre de Javier de Paz, lo fichara también para Movistar Plus en pago a los servicios prestados. Tipo de estupendo porte, este Sánchez pasa por ser el más discreto de los capos de las cuatro grandes, desde luego el menos conocido, con cierto aire a capellán castrense a medio camino entre el eficiente funcionario y el gris jesuita. Difícil imaginar a un ejecutivo bilbaíno conduciendo un Mercedes-Benz por Park Avenue en compañía de una rubia despampanante de piernas larguísimas.
Todos obligados a luchar a cara de perro por la cuenta de resultados en un sector cada día más complicado, de menores márgenes, con la aparición de nuevos competidores, con riesgo constante de escisiones, con los fondos de capital riesgo adquiriendo firmas de servicios profesionales con la intención de truncar el oligopolio de las “Big Four”, con la creciente tensión interna entre los “instalados” (los socios equity, cuyo día a día consiste en hacer relaciones públicas para captar clientes, traer nuevo negocio a la firma, que son los que después se llevan a casa la parte del león entre sueldo, bonus y reparto de beneficios) y los aspirantes a serlo, jóvenes que hacen el trabajo de verdad, chicos salidos de ICADE como rosquillas y obligados a currar como cabrones 10, 12 o 14 horas diarias (la sin par Yolanda Díaz ha sometido a las cuatro grandes a una feroz campaña de inspecciones de trabajo) durante muchos años, en la esperanza de llegar un día a alcanzar esa meta y a los que se está poniendo crecientes dificultades para alcanzarla. Un negocio basado en una gigantesca ficción. Señores que no han dirigido nunca nada pretenden enseñar a empresarios a ganar dinero y acelerar el crecimiento de sus negocios. Es el caso de las cuatro citadas, pero también, y muy esclarecido, de los McKinsey & Co. de turno. Una ficción, un tingladillo, una hoguera de las vanidades que descansa sobre un acuerdo tácito según el cual usted certifica que los números que figuran en mi balance y cuenta de resultados son ciertos poniendo su firma y sello a pie de informe y haciendo que el mercado se lo crea (a veces en demasía, como en el caso del Banco Popular), y a cambio yo le pago unos generosos fees con los que ustedes, los socios instalados en la cúspide, esa falsa elite transversal obligada a trabajar con tirios y troyanos, se llevan a casa un carretón de dinero y así hasta que el cuerpo aguante. The show must go on.