Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  •     La estrategia que adoptar en adelante por las fuerzas de la alternativa democrática ha de ser la de la movilización masiva de la ciudadanía

La espectacular extracción  por las fuerzas especiales estadounidenses de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores de su fortaleza en Caracas liquidando sin contemplaciones a un centenar de sus guardias de corps y de sus pretorianos cubanos, llevó a la oposición liderada por María Corina Machado a un estado inicial de euforia generado por la convicción de que esta arriesgada y exitosa operación reflejaba la voluntad de Donald Trump de acabar con el régimen chavista y devolver Venezuela a la democracia y al imperio de la ley. Esta alegría duró poco en la casa del pobre. Lejos de proceder a instaurar en la presidencia de la república caribeña a su legítimo presidente Edmundo González y confiar el poder a María Corina, la Administración norteamericana se apresuró a entenderse -de hecho, todo indica que ya lo había hecho antes de la detención del narcodictador- con el siniestro trío formado por Delcy Rodríguez, su hermano Jorge y Diosdado Cabello, para establecer un gobierno tutelado por Washington dejando intacto todo el aparato bolivariano de control del país, ejército, policía, colectivos paramilitares, judicatura, parlamento y autoridades locales.

            Exceso de sumisión

A partir de esta dolorosa constatación, la líder indiscutible de la alternativa a la tiranía chavista ha intentado salvar los muebles poniendo al mal tiempo buena cara, evitando la confrontación con la Casa Blanca y cubriendo a Trump de halagos y zalemas para ganarse la voluntad del volátil magnate neoyorquino. Dentro de esta táctica aplacadora, la entrega al primer mandatario norteamericano de la medalla del Nobel de la Paz ha incurrido en un exceso de sumisión que no va a contribuir a reforzar la imagen de Machado ni en el plano internacional ni ante la opinión pública venezolana.

Trump ha forjado un plan que más parece fruto de un optimismo desenfrenado que de un análisis riguroso de la situación creada tras el raid del pasado tres de enero. Según su visión, Venezuela entregará anualmente a Estados Unidos cincuenta millones de barriles de petróleo y sus grandes compañías energéticas pondrán a punto mediante gigantescas inversiones la deteriorada infraestructura petrolera venezolana en un plazo de dieciocho meses para a continuación hacer un estupendo negocio con el crudo obtenido. El problema es que las instalaciones deseadas no podrán estar listas antes de un plazo mínimo de siete años, tal es su grado de destrozo, y que los cien mil millones de dólares necesarios para resucitarlas no resultan fácilmente movilizables a la luz de los bajos precios del precioso líquido, la sobreoferta global y el alto coste del refino de un producto muy pesado. Por otra parte, la estructura de la autocracia socialcomunista vive de la venta de los inmensos recursos naturales del país y del narcotráfico. Si no puede disponer de ellos ni tampoco lucrarse de la exportación ilegal de estupefacientes, todos los que medran ahora y sostienen el tinglado de opresión y corrupción del sistema se rebelarán y Venezuela puede convertirse en un caos sangriento de generales devenidos en señores de la guerra, grupos armados de narcos, ladrones del oro y forajidos de diversas especies.

Tampoco es una buena señal para empezar la nueva etapa que del millar de prisioneros políticos que se pudren en las cárceles del régimen tan sólo un centenar han sido liberados y no hay indicios de que los actuales amos del cotarro tengan intención de acelerar este proceso. Mientras no esté la totalidad en la calle la credibilidad de Trump como impulsor de una mejora de las condiciones de la sociedad venezolana quedará en entredicho.

           Pragmatismo transaccional

La justificación del apaño con Delcy Rodrñiguez y el resto de la banda criminal dejando de lado a Machado es que, después de las amargas experiencias de Libia, Iraq y Afganistán, sería un error desmontar toda la arquitectura cleptocrática y delincuencial del chavismo para precipitar a Venezuela a la descomposición y al desorden violento, dada la incapacidad de la oposición democrática de hacerse con las riendas del gobierno contra una organización tan densa y bien implantada y con tantos medios de represión. Si bien este razonamiento tiene su peso, lo que no sería admisible es que el chavismo continuase disfrutando de sus prebendas y saqueos a cambio de una más que hipotética entrega a Estados Unidos de los campos petrolíferos y de una parcial disminución del flujo de droga hacia su poderoso vecino septentrional. El pragmatismo transaccional ha de guardar unos límites o pasa a ser la pura ley de la selva.

La estrategia que adoptar en adelante por las fuerzas de la alternativa democrática ha de ser la de la movilización masiva de la ciudadanía de forma que el número de víctimas mortales sea lo más reducido posible, pero sin aflojar la presión sobre el régimen chavista y sobre Washington simultáneamente hasta que se restablezca la verdad, la libertad y la justicia y los millones de exiliados puedan regresar a sus hogares y recuperar sus propiedades, su vida y sus empresas. Ya que Trump se niega a concebir su intervención en Venezuela como una acción inspirada por principios morales, que por lo menos no sea al final una misión incumplida en beneficio de los verdugos del pueblo venezolano.