Jesús J. Hernández-El Correo
- Iturgaiz recuerda la jornada en que la banda colocó una bomba en una maceta frente a la tumba de Iruretagoiena. No explotó gracias a los inhibidores
No causó víctimas y, sin embargo, es un atentado que quedó grabado en la memoria colectiva. El 9 de enero de 2001 toda la cúpula del PP vasco, con Carlos Iturgaiz y María San Gil a la cabeza, acudió al cementerio de Zarautz para rendir homenaje a José Ignacio Iruretagoiena. Era el tercer aniversario desde su asesinato a manos de ETA. En una maceta frente al panteón familiar, la banda colocó una potente bomba con cinco kilos de dinamita. Los inhibidores que llevaba la escolta de Carlos Iturgaiz impidieron que se activara. Allí estaban los familiares de Iruretagoiena, numerosos periodistas y fotógrafos que cubrieron el acto, los dirigentes del PP vasco y sus escoltas. En torno a medio centenar de personas. Pudo haber sido una masacre.
«ETA quiso aquel día aniquilar a toda la cúpula del PP vasco», juzga Carlos Iturgaiz. Echa la vista atrás en busca de sus recuerdos. «La víspera habíamos tenido la cena del Partido Popular de Gipuzkoa, que tradicionalmente era en la primera semana de enero. Habían venido para la cena Ana Botella y Rita Barberá, y nos dijeron que acudirían al día siguiente al cementerio de Zarautz pero, al final, se les complicó y no pudieron venir».
A la mañana siguiente, a la hora prevista, se situaron frente a la tumba los familiares de José Ignacio Iruretagoiena. La viuda, el padre y las dos hermanas del edil. Junto a ellos, una delegación de los populares vascos que encabezaba su presidente, Carlos Iturgaiz, y en la que estaba María San Gil, Carmelo Barrio y Ricardo Hueso, entre otros. Y la nube habitual de fotógrafos, cámaras de televisión y periodistas de numerosos medios. «Vino el cura e hicimos un responso», recuerda Iturgaiz. Luego, se marcharon. Aquel medio centenar de gentes diversas regresaron a sus otras obligaciones. No podían sospechar que todos ellos acababan de salvar la vida de milagro.
Medio centenar de personas, entre políticos, escoltas y periodistas pudieron morir aquel día
En una colina cercana con vistas al cementerio de Zarautz, un par de miembros de ETA habían controlado la cita en la distancia. En varios momentos habían intentado activar con una llamada el teléfono móvil que activaría la bomba de cinco kilos de dinamita, que estaba enterrada en una maceta sobre una tumba cercana. Los inhibidores de frecuencia de la escolta de Carlos Iturgaiz, «aquellos que eran como una maleta», impidieron que el teléfono sonara. Y la bomba no explotó.
Una vez que ETA vio frustrado el atentado, avisó públicamente de que había dejado una bomba en el cementerio de Zarautz. Los que habían estado allí no daban crédito. «Nunca se me había pasado por la cabeza que intentaran matarnos a todos», se dolía Inma Iruretagoiena. «Lo vi en el telediario. ¡El cementerio, si vengo de allí!», rememora Iturgaiz. Ignacio Pérez, fotógrafo de EL CORREO, recuerda que «estuvimos allí, entre las macetas, tirando fotos». Admite que ha tardado «años» en procesar que pudieron ser las últimas. «En aquella época era todo tan vertiginoso que te das cuenta mucho después». La Ertzaintza se desplazó al lugar con los perros que detectan explosivos pero, como el macetero estaba sobre una tumba, no lo localizaron en un primer momento. Finalmente se produjo una explosión controlada que reventó varias tumbas adyacentes e incluso esparció restos a decenas de metros.
«Con dolor, tuvimos que dejar de ir a aniversarios.Los recuperé años más tarde, ya sin ETA»
Carlos Iturgaiz
Expresidente del PP vasco
La muerte en esos años tenía mucho que ver con volver al bar de siempre, con el recorrido al trabajo, con la celebración familiar que se repite cada año. Los concejales socialistas y populares tuvieron que limitar al máximo cualquier rutina. Las borraron de su vida con precisión quirúrgica. Sin embargo, había una tradición que se mantenía inmutable. Cada año, los dirigentes del PP peregrinaban en el aniversario del asesinato de sus compañeros para acompañar a sus familias y homenajearles. Y ETA lo sabía. «Tras este atentado, tuvimos que dejar de hacerlo, con mucho dolor. Cuando años después volví a ser presidente del PP vasco, pude recuperar esa costumbre porque la banda ya no mataba», apunta Iturgaiz.
Un compañero muy querido
El ‘comando Donosti’, desarticulado en 1999, ya manejó una acción similar que planeaba llevar a cabo en actos de reconocimiento a Enrique Casas y Gregorio Ordóñez. La detención puso freno a aquellos planes. Las bombas trampa eran además, una ‘ekintza’ habitual en estos tiempos. El mismo día del atentado en el cementerio de Zarautz, la banda había colocado otra bomba trampa muy lejos de allí. Dejó dos mochilas junto a la Delegación de Defensa de Girona con la intención de matar a los desactivadores. Los Mossos d’Esquadra lograron neutralizarlas.
«Sin los inhibidores y sin la virgen de Fátima, de la que soy muy devoto, aquel día la familia de Iruretagoiena, la cúpula del PP vasco y muchos periodistas… en fin, nos habría cogido a todos», dice Iturgaiz, a la vez que destaca lo terrible del atentado. «Todo eso en un cementerio, un lugar donde tú vas sufriendo por tu compañero y ellos están pensando en cómo hacerte sufrir más», se duele.
El compañero, muy querido, era José Ignacio Iruretagoiena. Había entrado en política por su padre, Cándido, que había sido concejal en Zarautz. «Era un histórico del partido. Un hombre de caserío, de familia carlista, que hablaba mejor el euskera que el castellano», en palabras del exlíder de los populares vascos. «Cuando lo dejó porque era ya muy mayor le pidió a su hijo que cogiera el testigo en Zarautz. José Ignacio lo pensó y aceptó. Sólo nos pidió una cosa: no llevar escolta. Nos dijo que había nacido allí, que era euskaldun, que conocía a todos los del pueblo… Pero le estaban esperando las alimañas de ETA con la información que pasaron vecinos de su pueblo sobre su coche y sus movimientos», se lamenta Iturgaiz. Le colocaron una bomba lapa en los bajos de su vehículo que explotó cuando recorría los primeros metros al salir del garaje. Luego pensaron que aquella muerte podía traer otras. Y estuvo muy cerca.