Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • Para acabar parasitando al conjunto de España, los separatistas primero parasitaron los territorios que reclaman como propiedad exclusiva

La Constitución del 78 no debería incluir la Disposición Adicional Primera reconociendo “derechos históricos de los territorios forales”, eufemismo para encubrir el privilegio fiscal vasco y navarro que las últimas concesiones de Sánchez a sus aliados catalanes, para que no sean menos privilegiados, han puesto de actualidad. Pues tras conceder a los primeros una fiscalidad propia singular y privilegiada, que consiste en aportar al Estado menos de lo que les corresponde por su economía y recibir mucho más de lo equitativo, ¿cómo impedir que un día se concedieran privilegios similares a los nacionalistas catalanes?

El sarcasmo fiscal de la ordinalidad

Si todas las comunidades tuvieran esa fiscalidad foral, España sería completamente inviable, pues el Estado recaudaría mucho menos de lo que repartiría. Y que las más ricas sean también las más privilegiadas es un sarcasmo descomunal a la igualdad democrática. Pero no es así por algún fenómeno extraordinario, sino por la lógica del chantaje nacionalista que la Transición asimiló como diálogo y negociación. El pujolismo despreciaba el régimen de Concierto y Cupo (por brevedad dejaré los términos navarros homólogos) como antigualla indigna de la moderna Cataluña, pero sus herederos han acabado exigiendo algo parecido y mejor, justificado por el principio de ordinalidad en vez de por mitos históricos (los del régimen foral vasco-navarro, que en realidad poquísima gente conoce).

La ordinalidad, en teoría un derecho -de los territorios y no de las personas (aquí lo explica Francisco de La Torre)- a no perder recursos por habitante al repartir entre todas cargas y gastos, es otro eufemismo totalmente reaccionario. Para resumir, pretende que quien más ingresos y rentas tenga pague menos a la caja de gastos común y reciba en cambio más. Es fácil comprender lo que significa imaginando una comunidad de vecinos donde los del ático de 180 metros con ingresos de 60.000 € anuales pagarían menos gastos comunes que los apartamentos de 70 metros con vecinos que ingresan 30.000, pero recibiendo a cambio más servicios comunitarios.

Apilando mentiras

Lo cierto es que los constituyentes incluyeron los “derechos históricos” no porque fuera justa la discriminación territorial, sino para que el PNV aceptara apoyar la Constitución contribuyendo así, se creía, al final pactado de ETA. Ocurrió todo lo contrario: el PNV se abstuvo y de hecho hizo campaña en contra de la Constitución, a pesar de lo cual casi el 70% de los votantes vascos votaron sí: el rechazo vasco es otro mito mentiroso. Y ETA, lejos de desaparecer, asesinó a más gente y provocó más daños y dolor que nunca antes. Así que el PNV engañó a UCD y PSOE de entonces mientras establecía con ETA el lucrativo tándem del árbol y las nueces, la burlona metáfora sanguinaria debida a Xabier Arzalluz, exjesuita carlistón pasado al nacionalismo institucional.

El resultado de aquel error original fue que los nacionalismos vasco y catalán no solo acabaron siendo un parásito insaciable como partidos-bisagra de las mayorías parlamentarias de Madrid, incluso cuando no era necesaria bisagra alguna, caso del lamentable gobierno de Mariano Rajoy que tuvo aquella mayoría absoluta dilapidada -qué casualidad- con pretextos fiscales. Pero el abuso ha ido más allá, porque los feudos nacionalistas han proporcionado primero a Zapatero, y ahora a Sánchez, las más útiles enseñanzas y modelos de disolución de la Constitución e instituciones desde dentro del sistema: el autogolpe a cámara lenta. El sanchismo es catalanización y vasquización de la política española.

Conviene recordar que, para acabar parasitando al conjunto de España, los separatistas primero parasitaron los territorios que reclaman como propiedad exclusiva. El enorme chollo fiscal del Concierto y Cupo vasco no ha servido en realidad para mejorar la calidad de vida de la región, que ya era mucho más elevada que la media nacional al final de la dictadura, sino para financiar al nacionalismo hasta convertirlo en la red hegemónica que hoy es y ha desterrado el pluralismo y la competencia de las instituciones vascas públicas y privadas.

El modelo de saqueo

Los vascos no tenemos mejores autopistas, hospitales o universidades que Madrid y resto de España, como puede comprobar cualquier viajero sin anteojeras; ya ni los pinchos son lo que eran. Para compensar, los nacionalistas disponen de un río de dinero procedente de los españoles, destinado al engorde incesante de su red clientelar. Los servicios públicos, en concreto, están estrangulados por tres fenómenos convergentes: la barrera del euskera para acceso al empleo público, la fuga de talento joven a otros horizontes menos cerriles, y el despilfarro de la lujuriosa selva de institutos, observatorios y chiringuitos exclusivos de la tribu abertzale.

Un ejemplo: cada escolar vasco recibe, se supone, casi seis veces -o más- la inversión que Madrid dedica a los suyos, pero los resultados educativos son tan malos, y van a peor, que han retirado a los centros vascos de las evaluaciones internacionales. Con el nacionalismo hegemónico la cultura es propaganda y gastronomía, la educación ignorancia, la economía red de enchufes, la política monopolio y exclusión del diferente. Es el modelo de saqueo del Estado y lo público que el nacionalismo ha dado al PSOE y sus socios comunistas: colonizar las instituciones y desalojar a los desafectos, dedicar los ingresos públicos no a servicios e inversiones, sino a cientos de miles de funcionarios, empleados públicos y paniaguados varios convertidos en base política y social del único pensamiento colectivo autorizado, el del partido-guía.

Donde están PNV y Bildu, o en Cataluña Junts, ERC y PSC, pongan PSOE y asociados: es la clara y evidente explicación de lo que pasa en España desde los gobiernos de Zapatero, acelerado desde 2016: la conversión de la política en pura corrupción institucionalizada. Los nacionalismos periféricos no solo son parásitos de España, sino de sus propios feudos. Los desertizaron previamente de toda oposición y competencia y, por eso mismo, reclaman más y más recursos para poder seguir parasitando y desertizando.

Madrid como contraejemplo

El impresionante crecimiento de Madrid no solo se ha beneficiado de la concentración urbana, un fenómeno mundial, sino de la inexistencia de un nacionalismo madrileño de ricos privilegiados semejante al catalán y al vasco. ¿La prueba?: Barcelona, la urbe rival que partía con ventaja en la carrera por llegar a ser la gran ciudad española (como en Italia es Milán, no Roma), ha sido aldeanizada y devastada por la alianza de nacionalismo separatista y extrema izquierda. La coalición Frankenstein es eso mismo. España despegaría en conjunto como Madrid, con catalanes y vascos incluidos, si acertara a librarse de esta plaga parásita bajada de nuestro hermoso norte.