Ignacio Camacho-ABC

  • Pese al desplome de la izquierda, Feijóo está más cerca de empeorar el resultado de 2023 que de saltar su propia barrera

El Partido Popular, que ayer hizo una notable demostración de musculatura institucional en Zaragoza, ganará con holgura en Aragón, territorio considerado por los especialistas como un trasunto de la realidad electoral española, y es probable que el PSOE de Pilar Alegría sufra un batacazo de proporciones históricas. Sin embargo, aunque los populares sueñan con pactar con los regionalistas –provincialistas más bien– de Aragón Existe, el crecimiento aluvial de Vox amenaza con empequeñecer su victoria y cuestionar o condicionar en gran medida su posición hegemónica. Con una estimación de voto cercana al 18 por ciento, tanto a escala nacional como autonómica, la fuerza disruptiva de la derecha radical se ha convertido en un fenómeno sociológico de moda entre sectores tradicionalmente poco proclives, como los menores de cuarenta años, a las opciones conservadoras. Y el entorno de Feijóo empieza a entender que ya no es posible ignorar este estado de cosas.

Ahora la intención de la cúpula de Génova apunta a la normalización de los pactos, es decir, a rectificar el compromiso de gobernar en solitario anunciado en el congreso del último verano. El argumento exculpatorio lo facilitan las alianzas espurias forjadas por el adversario y la necesidad de respetar la voluntad del electorado. Pero ese planteamiento razonable olvida que, si bien los votos de Vox han de contar como los de cualquier otra formación admitida en el juego democrático, un partido de Estado no puede darlos por perdidos sin antes disputarlos. Y la manera correcta de hacerlo es marcar diferencias, no chapotear como está haciendo el PP en el mismo marco programático, porque en ese caso muchos votantes antisanchistas considerarán el acuerdo descontado de antemano y se darán el gustazo de respaldar el discurso más arriscado o más bizarro. Si de todos modos va a haber trato qué sentido tendría aceptar la apelación al sufragio pragmático.

El compromiso entre las derechas será imprescindible para desalojar a Sánchez, según todas las encuestas. Pero parece evidente que la estabilidad de la hipotética alternativa no será igual si el partido más fuerte se queda a treinta escaños de la mayoría que a cincuenta o sesenta, ni tendrá la misma cohesión con el socio minoritario dentro del Gobierno o fuera. Y en este momento, pese al retroceso rayano en el desplome de la izquierda, Feijóo está más cerca de un resultado inferior al de 2023 que de superar su propia barrera. Abascal le come el terreno casi sin mover un dedo, subido en una ola ciudadana de descontento y de protesta cuya espuma proyecta reflejos antisistema. Y el liderazgo del sedicente liberalismo moderado no sólo no encuentra respuestas a esta situación sino que da la creciente impresión de conformarse con ella. Quizá sea demasiado tarde cuando esa resignación le haga darse cuenta del coste de llegar al poder de cualquier manera.