Ignacia de Pano-Vozpópuli

  • Será la primera vez, de las muchas que he viajado de Madrid a Barcelona, que no se haya escuchado en el vagón una sola voz en todo el trayecto

Esta mañana del día después de la catástrofe la estación de Atocha desprendía la calma que caracteriza al ojo del huracán. El acceso de coches a salidas de Alta Velocidad estaba inusualmente despejado. Los taxis y vehículos particulares podían aparcar perfectamente y descargar a sus viajeros con toda tranquilidad sin tener que recurrir a las dobles filas habituales. Muy pocas personas, tirando de sus maletas, franqueaban las puertas del histórico edificio inmerso en la peor fase de las obras de remodelación, esa en las que no se sabe si la están destruyendo o la están mejorando. Una vez dentro, la frialdad del exterior se multiplica por mil. La estación, prácticamente vacía, recuerda los no tan lejanos días del confinamiento cuando solo se viajaba por extrema necesidad.

Los trenes previstos para Málaga, Sevilla o Córdoba siguen apareciendo fantasmagóricamente en las pantallas de información, todos ellos con la leyenda “cancelado”. Los poquísimos viajeros que salen a esta hora atraviesan el control de billetes al paso y cargan sus equipajes en la cinta del scanner con la mirada baja en presencia de un personal que no habla. Una vez dentro, el vacío. En la próxima hora solo saldrán dos convoyes, los dos dirección Barcelona, desde esta planta primera de la estación. No hay nadie de pie, ni caminando, ni sentado tomando un café. Dos policías nacionales  y unos cuantos miembros de los servicios de seguridad de la estación van y vienen por la terminal desolada. Las escasas sillas disponibles son suficientes. Hay asiento para todos.

En la puerta desde la que suelen salir los trenes Iryo, cuatro trabajadores de la compañía hablan muy bajito entre ellos. Son todos jóvenes, y sus rostros denotan mucho más que preocupación. Están rotos. Una de las chicas escucha a sus compañeros con cara de estar a punto de ponerse a llorar, pero no llora. Será la que dentro de veinte minutos compruebe mi billete y me deje pasar al andén.

En silencio se forma la cola y en silencio caminamos hacia los coches. Será la primera vez de las muchas que he viajado de Madrid a Barcelona que no se haya escuchado en el vagón una sola voz en todo el trayecto. Son muchos los pasajeros con pinganillos en los oídos. Intuyo, que como yo, van escuchando las últimas noticias de la tragedia sucedida en un tren igual a este en el que estamos compartiendo este trayecto tan cargado de respeto y dolor. Por la ventanilla, un paisaje tan gris como el ambiente permite que la cabeza recuerde.

Hoy no hay niños ni perros

Ayer por la tarde, cuando hacía la cola para embarcar en  dirección a Madrid, en otro Iryo igual al de Córdoba, una hora antes de que se acabara el mundo para tantas personas, me llamó la atención la cantidad de familias con niños muy pequeños y perros de todas clases que esperaban en círculo su embarque prioritario. Pasaban los minutos y la cercanía de los niños y las mascotas llevó de forma natural a amistades instantáneas entre los más pequeños. Recuerdo ahora viendo el paisaje árido de los Monegros cómo me alegró presenciar esa escena de madres jóvenes hablando entre sí y niños jugando con perritos ajenos.

En este tren de hoy no hay niños ni perros. Tampoco hay risas ni charlas. Solo silencio y un cierto temor cuando de repente el temblor del asiento excede de lo que hoy podemos procesar. Hace apenas tres semanas, todas esas familias habrían celebrado la llegada del nuevo año con esperanza y anticipación. Este año será mejor que el que termina, habrían pensado, este año será el del cumplimiento de tantas esperanzas, se habrían prometido copa en alto. Pero para ellos el año, y la vida, acabaron ayer, tan callando. Y sus vidas truncadas, como piedras lanzadas antes de hora a un estanque, dejan círculos de dolor que acaban llegándonos a todos.

No hay consuelo. No hay vuelta atrás. No van a volver. Y esa realidad, insoportable ahora, acabará siendo igualmente insoportable en el futuro. Pero encontrarán la manera de sobrevivir a tanto dolor. Tiempo habrá para exigir responsabilidades, dimisiones y explicaciones. Hoy no caben en este vagón de Iryo nada que no sea sufrir con las víctimas y enviarles nuestras oraciones.

Llegamos a Barcelona diez minutos antes de hora. En silencio, con una gran delicadeza entre los pasajeros, bajamos las maletas y descendemos del tren. En un momento que ha pasado por mi lado he tenido tiempo de susurrar un “lo siento mucho” a una asistente de viaje, que me lo ha agradecido con una mirada vidriosa, sin palabras. En el andén he sacado el teléfono para escribir un mensaje. “He llegado bien”. Llegar bien. Ese milagro.