Félix Madero-Vozpópuli

  • Quinientas personas en dos trenes, quinientas biografías, cada una con su novela a cuestas como decía Galdós

El periodista que está escribiendo tiene ya algunos años, los suficientes como para saber que hay expresiones malditas e indeseables en un titular. Esa que traen dentro la sorpresa revestida de desgracia y oscuridad. La peor, por arbitraria, es la que tantas veces hemos leído los españoles en las portadas de los periódicos: Al menos. La escribíamos cuando ETA mataba a mansalva. Cuando un incendio acababa con la vida de decenas de personas en una discoteca o en un edificio que se quemaba entero. Esta cruel locución adverbial apareció solemne e inhumana cuando la DANA se llevó consigo a 224 almas.

Al menos, al menos, al menos, qué dos palabras despreciables y qué necesarias cuando van juntas. Nos ponen en alerta. Nos dicen: ojo, el dolor aún no ha acabado; la sorpresa puede ser mayor; la desgracia no ha terminado. Ojo, aún queda trabajo para los bomberos, los militares, los voluntarios. Ojo, que faltarán sacerdotes para los oficios y suplicantes responsos. Ojo, que aún hay personas viviendo la tranquilidad del día que no saben que un familiar o un amigo iba en uno de esos dos trenes en el que, sin necesidad de comprar un billete, viajaba la muerte.  Uno, el que hacía el recorrido Málaga-Puerta de Atocha era un tren Iryo 6189; el otro, el que hacía la ruta Madrid-Huelva un Alvia 2384.

Tiempo para la contención

En el momento en el que el cronista escribe su columna del martes nadie es capaz de cerrar la cifra del horror. Ni el presidente de RENFE, ni el de ADIF, ni el ministro de Transportes, del que esperamos en este momento contención, educación, empatía y el respeto que no suele tener. Algo ha dicho por la radio, pero cuesta creer a un ministro con tan poco crédito. Mejor vayamos a otra cosa, la situación nos obliga a alejarnos de la vulgaridad y la carnaza para detenernos en los testimonios de los viajeros que lo pueden contar cuando a duras penas hablan con radios y televisiones. Así, de esta manera el cronista se emociona con las palabras de un cuponero que no ha parado de mover cuerpos con su pequeño vehículo en zonas intransitables en las que terminaron los vagones siniestrados. Gonzalo se llama este vendedor de la ONCE dueño de un Quad todoterreno. Nunca sabrá cuantas muertes ha evitado. Seguramente que casi todas las personas graves que pudo trasportar le deberán la vida hasta el final de sus días. Gonzalo es el epítome del ejemplar trabajo del pueblo de Adamuz, una localidad cordobesa que tendrá grabado a fuego una fecha, 18 de enero de 2026, y una hora, las 19,45, el momento exacto en el que se produjo el descarrilamiento.

Accidente extraño

Las autoridades aseguran que el accidente es muy extraño, que lo es aún más porque se ha producido en un punto en el que las vías transcurren en línea recta durante un buen tramo. Y descartan el fallo humano porque cuando este se produce la tecnología ha inventado un sistema que corrige el error del maquinista o el técnico ferroviario. Entonces, si no es un fallo del hombre, a qué atribuimos esta desgracia, al azar, a una casualidad, a una incomprensible contingencia, al fallo en la soldadura de la vía.  No hay palabras para expresar lo sucedido ayer, pero hay preguntas, y necesariamente tendremos que buscar las respuestas. Este es un requisito que reclamaran las víctimas, pero sobre todo la memoria de los muertos.

Lo que va de Ana Pastor a Óscar Puente

Hoy es también el día en el que el columnista recuerda a Ana Pastor, ministra de Fomento cuando el accidente de un tren Alvia que hacia la ruta Madrid-Ferrol y en el que murieron 80 personas. Bastaría ir a las hemerotecas y recordar la manera con que el PSOE se comportó en ese momento con la ministra. Al aquelarre no falto el hoy lobista José Blanco que pedía depuraciones y responsabilidades de un hecho que la justicia demostró que fue un fallo humano del maquinista. He pensado en lo que Ana Pastor pensó en el momento en que puso la radio y conoció la noticia. La cantidad de imágenes, rostros y palabras que han debido pasar por su memoria. Y doy por seguro un deseo, el suyo, en un momento como este: Que los míos no hagan con el ministro lo que los compañeros del ministro hicieron conmigo. Puede que hayamos aprendido algo en momentos como estos. Veremos.

Un perrito llamado Boro

En la televisión un padre cuenta a Ana Rosa Quintana su desgracia. En uno de los trenes viajaban sus dos hijas. Una de ellas herida leve, la otra, embarazada de cinco meses en la UVI. Es la mayor, entubada y al parecer consciente, aunque temen algún daño cerebral. Los médicos dirán, dice el padre, un hombre maduro, templado y a la altura del momento. Pero el hombre antes de que lo despidan y salga del tiro cámara pide un último favor que la presentadora no le puede negar:

-Quisiera que pongan en la pantalla la imagen del perro de mis hijas, iba en el tren, y para ellas es en este momento muy importante. Si alguien lo encuentra… Se llama Boro…No tiene raza, es un segunda división rescatado de una perrera, pero es tan importante para mis dos hijas…Quizá está escondido, asustado…

La televisión entonces congela la imagen de Boro en el pasillo del vagón en el que viajaba. Ojalá, piensa el cronista, apareciera el animal; ojalá la mujer que está en la UVI se recupere y nazca bien el niño que espera. Que suceda así, aunque sólo sea para preguntar en este caso a la muerte dónde está su victoria.

Entre el ridículo y el azar

Morir en un accidente ferroviario es algo que nadie piensa cuando se sienta en su asiento y mira plácidamente el paisaje a casi 300 kilómetros por hora. Una situación así tiene un punto en el que lo absurdo ocupa todo el espacio. Quinientas personas en dos trenes, quinientas biografías, cada una con su novela a cuestas como decía Galdós. Para al menos 40 esa novela ha terminado de la forma más inesperada.

La muerte no respeta el orgullo, tampoco la dignidad. No discrimina. No espera. Llega como quiere, y punto. En la novela de García Márquez,  El amor en los tiempos del cólera, un personaje llamado Juvenal Urbino se sube a una escalera para dar de comer a su loro que acaba de encontrar en un árbol. Juvenal cae al suelo y muere, y es entonces cuando el narrador escribe: “La muerte no tiene sentido del ridículo”. Subirse a una escalera es un acto tan inocente como subirse a un tren. Nadie espera lo que va suceder. Y quizá esta sea la única lección que los demás podamos extraer de un día en el que se enseñorearon el dolor y la desgracia a partes iguales. Que nadie sabe lo que va a pasar con su vida dentro de unos minutos. “Dejarás de temer si dejas de esperar”, asegura Séneca. Convendría no olvidarlo en días como estos. Y siempre.