Gorka Maneiro-Vozpópuli
- La UE debería ponerse las pilas ya, hacerse fuerte, disponer de su propio ejército, recuperar su autonomía estratégica y tomar sus propias decisiones
En esta su segunda y última legislatura, Trump está haciendo de Trump, tras una primera en la que el presidente amagó pero no dio, o al menos no tanto como está dando ahora. Y sólo ha pasado un año desde que tomó posesión como presidente de EEUU, por lo que le quedan tres años en los que podría pasar de todo. Es como si hubiera vuelto para terminar el trabajo iniciado tras una primera etapa que quizás le dejó mal sabor de boca.
Aquella fue una versión light del Trump que ha vuelto para dividir a la sociedad americana aún más de lo que ya estaba, dar una patada al tablero geopolítico que hemos conocido durante las últimas décadas, acabar con el comercio mundial tal y como lo conocíamos, perseguir a los inmigrantes en el interior de sus fronteras con mano de hierro y de modo cruel, ponerse el mundo por montera y hacer historia a su manera. «Ahora van a saber quién soy yo», debió de pensar una vez que se hizo con los mandos de la nación más poderosa del mundo.
Y, desde entonces, nos tiene al mundo sobrecogido y en vilo, no sólo por las formas empleadas impropias de un dirigente político sino por las decisiones que está tomando unilateralmente y por las bravas, muchas de las cuales no responden más que a su megalomanía enfermiza, a sus tics antidemocráticos y a sus deseos de imponer sus ideas como en la selva: aplicando la ley del más fuerte.
Venezuela e Irán
Trump es más un gánster dispuesto a todo que un presidente de un gobierno democrático que debe respetar unos procedimientos y unas leyes; y como él no tiene más límite que sus propias pretensiones y seguir haciendo negocio, es capaz de hacer cualquier cosa, incluso ese tipo de cosas que no deben hacerse y que uno no haría pero que no está del todo mal que alguien viniera y las hiciera. No sé si me explico.
Y así, para poner orden en el patio trasero de su casa, estabilizar el país y hacer negocio, decide extirpar de Venezuela al dictador que lleva años expoliando su país y masacrando a su pueblo, cosa que los demás no nos atrevimos a hacer porque el derecho internacional, tal como nos enseñaron, aunque tenga sus limitaciones, está para cumplirse, aunque en el ínterin permita la perpetuación de dictaduras y satrapías de todo tipo; porque uno no puede detener ilegalmente a un dictador extranjero y hay que sufrirlo hasta que muera plácidamente en la cama, no sé si lo pillan.
Pero Trump sí puede y, como puede y quiere, lo hizo, sin miedo a que ninguna ley lo sancione y sin remordimiento moral alguno, que tal cosa es cosa de hombres débiles. Él, que tiene poder, lo ejerce y punto, sin detenerse en minucias legales o morales. Y un servidor, que sabe que tales cosas no deben hacerse, celebra que haya un dictador menos en el mundo, lo cual no quiere decir, obviamente, que sea suficiente, porque en Venezuela lo que deben convocarse son elecciones generales que devuelvan al pueblo lo que es del pueblo, incluido el petróleo. Y de momento lo que ha provocado ha sido la sustitución de un dictador incómodo por una dictadora al servicio de sus intereses.
Por no hablar de Irán y el régimen criminal de los ayatolás, cuyo fin sería la mejor de las noticias para los demócratas del mundo, especialmente las mujeres iraníes, de quienes nuestros progresistas y feministas oficiales no se acuerdan. Por cierto, Obama eliminó físicamente a Osama Bin Laden sin juicio justo ni garantías judiciales, operación que sólo criticaron los muy tiquismiquis, esos que critican todo y enredan las tertulias.
Otras veces, sin embargo, no sólo no nos gustan las formas de Trump sino tampoco el contenido de aquello que protagoniza o ejecuta: por ejemplo, su desplante y el maltrato al que sometió en la Casa Blanca a Zelenski, mandatario ucraniano que está resistiendo como gato panza arriba las embestidas del criminal Putin, ese sátrapa de la peor especie que decidió invadir Ucrania para extender sus fronteras y hacerse con al menos una parte de su territorio. Pero Trump no suele observar quién está siendo injustamente tratado sino quién tiene aquello que a él le vendría bien y, por lo tanto, desea y está dispuesto a obtener del modo que sea.
Por eso firmó un acuerdo con Putin para repartirse las tierras raras del pueblo ucraniano, pacto que aún no se ha concretado porque Putin sigue adelante con sus crímenes de guerra en Ucrania, lo cual dificulta fotografiarse con él y estrecharle la mano. Pero es lo que tiene carecer de límites morales y que sus fines justifiquen cualquier medio, bien sea la eliminación física de narcotraficantes en el Caribe para luchar contra las drogas, las amenazas a países democráticos si no se someten a sus exigencias, los acuerdos con algunos de los mandatarios más execrables o, últimamente, la pretensión de hacerse con Groenlandia «por las buenas o por las malas», como mandan los cánones de los matones a los que nos enfrentábamos en clase.
La invasión de Groenlandia
En este caso, nos encontramos ante la posibilidad de que EEUU, miembro de la OTAN, invada territorio de otro país miembro de la OTAN, Dinamarca, ante lo cual todos los miembros de la alianza estarían obligados a defender al agredido, incluido el agresor, por ser miembro de la OTAN, lo cual demuestra, más allá de la contradicción en los términos y el absurdo, que Europa ya no puede confiar en EEUU, al menos mientras Trump siga siendo su presidente. De momento algunos países europeos ya han mandado militares a Groenlandia, aunque sea de modo simbólico.
Y como es mejor prevenir que curar y ponerse la venda antes de la herida y actuar antes de que sea demasiado tarde, Europa debería ponerse las pilas ya, hacerse fuerte, disponer de su propio ejército, recuperar su autonomía estratégica y tomar sus propias decisiones; todo ello para disponer de la capacidad de defenderse de sus enemigos, tanto de los internos que quieren dividirla como de los externos que pretenden marginarla de todas las decisiones globales. De otro modo, Rusia, China y EEUU terminarán por repartirse el mundo. El trabajo a realizar es gigantesco, propio de líderes que marcan una época, de esos que ahora mismo desgraciadamente apenas tenemos.