Amaia Fano-El Correo
Dudo que Sánchez parta de la consideración de que necesita al PNV. Parte de la premisa de que no hay otra alternativa que apoyarle a él». «Quizá yo habría considerado que ni con unos ni con otros y que el PNV tuviera libertad de movimientos». Más que a un reproche tardío, las declaraciones que hizo el lehendakari Urkullu hace unos días a este periódico suenan a orientación para el futuro.
Fundado en la tradición de la democracia cristiana –no en la socialdemocracia– el partido jeltzale ha basado su relación con Madrid en el pragmatismo y la moderación, con la negociación y defensa firme y gradual del autogobierno vasco como objetivo. Apoyar la investidura de Pedro Sánchez encajaba en la lógica de esa tradición. Frente a una derecha hostil a la pluralidad territorial, el PSOE bajo su liderazgo parecía un prometedor aliado, dispuesto a seducir al nacionalismo periférico con cantos de sirena descentralizadores que EH Bildu se mostraba predispuesto a escuchar. La solución al dilema de Sabin Etxea lucía evidente: mejor influir desde dentro que quedarse al margen mientras otros deciden por ti.
Pero la legislatura se convirtió en un campo minado y el PNV, referente de estabilidad institucional en Euskadi, vio reducidos su capacidad de influencia y su margen de maniobra al quedar asociada su sigla a la imagen de sostén de un Ejecutivo agónico que –en demasiados aspectos– «ha salido rana», mientras nuevos competidores le disputan el relato de la defensa nacional en Madrid.
De ahí que la pregunta no sea ya si la decisión inicial fue la correcta, sino si tiene sentido repetirla cuando llegue el próximo ciclo político.
El PNV sabe que su rol natural no es el de aliado fiel, sino el de socio ocasional, lo mismo de unos que de otros. Así ha sido siempre. Y, gracias a ese carácter de partido centrado, pactista y pragmático, Euskadi goza hoy de una situación diferencial en el Estado autonómico.
Cuando Urkullu habla de la necesidad de recuperar la «libertad de movimientos», se refiere a recuperar esa autonomía estratégica, sin quedar enredado en batallas culturales que no le son propias.
Su reflexión no reniega de lo hecho hasta ahora, pero conecta con el hartazgo de una parte nada desdeñable de la militancia y el electorado nacionalista ante el ejercicio de permanente contención de su partido, que para algunos se comporta como rehén del sanchismo ante la alternativa de que gobiernen PP y Vox.
Esto no va de moralismo ni de pureza ideológica, sino de prepararse para un futuro en el que el PNV necesita volver a ser reconocido como un interlocutor exigente, y no como una pieza más del engranaje de supervivencia de Pedro Sánchez.
Si se abre un nuevo ciclo electoral, haría bien en llegar a él sin hipotecas previas porque, cuando un Gobierno cae –y todos los gobiernos lo hacen– quienes lo sostuvieron cargan inevitablemente con parte de su ruina. Persistir en una lógica de bloques que no controla debilita su perfil político y erosiona su base social.