Teodoro León Gross-ABC
- Es de un cinismo delirante lo de Óscar Puente en el papel de celoso guardián de las buenas formas y la lealtad institucional
Hasta ahí cabía llegar. Óscar Puente convertido en el oráculo de la lealtad institucional dando su plácet a la actuación del presidente andaluz en la tragedia ferroviaria. ¡Chapeau! le dice, condescendiente, el tipo que vierte más vitriolo por minuto en redes sociales. Esto es el mundo al revés. Si 48 horas después del accidente fatal de Adamuz no hay un descalzaperros, sólo se debe a algo bastante obvio: Juanma Moreno, desde el primer momento desplazado al lugar del desastre, dio la orden de no entrar en ninguna clase de polémica que enrareciera el respeto al dolor de la víctimas y al trabajo de los profesionales volcados en la zona cero. No hay más. Juanma Moreno no quería otro ‘show’ cainita, sino demostrar que existe su ‘vía andaluza’. Y que la ciudadanía de su tierra, ejemplar en la respuesta inmediata, llevando sus colchones y sus ollas de caldo a los pasajeros de los trenes, sintiera que los políticos están a su altura. Sólo eso. Estar a la altura de los ciudadanos.
El presidente andaluz ha hecho, va de suyo, lo correcto. Y por convicción. De modo que a buen seguro no se arrepentirá. Aunque tenga claro que, de haber sucedido al revés, todo sería muy distinto. Si el transporte ferroviario no fuese competencia del Gobierno central sino del andaluz, otro gallo hubiera cantado ese amanecer fatídico del lunes. Basta remontarse no ya a la dana, con tanto error humano, sino a los incendios devastadores del pasado verano, con Puente convertido en pirómano político. Hay demasiados antecedentes. Han llamado asesino a Mazón, y asesina a Ayuso, y asesino a Aznar, y asesina a Rita Barberá, y asesino incluso a Juanma Moreno por la crisis de los cribados en un hospital… pero ahora le hacen carantoñas porque él no responde con la misma moneda. Y hace bien. Pero nadie puede ser tan ingenuo como para pensar que si la catástrofe fuese competencia del PP, y a pocos meses de ir a las urnas, esta izquierda no se le habría lanzado a degüello.
Es de un cinismo delirante lo de Óscar Puente en el papel de celoso guardián de las buenas formas y la lealtad institucional. El ministro es un tuitero camorrista, como los activistas más cerriles de la extrema izquierda o la extrema derecha, siempre dispuesto a entrar en los debates de hoz y coz. Si ahora acude con ánimo conciliador, como el propio Sánchez, es porque sabe que esta tragedia es el epítome del lento proceso de deterioro de la alta velocidad en España, todo un símbolo de nuestra modernidad democrática desde aquellos días de gloria en 1992 que ahora toca fondo tras perder la puntualidad, la fiabilidad y finalmente la seguridad. ‘Kaputt’. Ese ministerio que el sanchismo ha puesto en las manos corruptas de Ábalos, en la nada de Raquel Sánchez y en el oportunismo partidista de Óscar Puente no ha sido capaz de frenar esto en un ciclo boyante de recursos. Ya pueden agradecer que nadie haya caído en la tentación de usar el dolor de las víctimas como arma política arrojadiza contra ellos.