La Unión Europea enfrenta simultáneamente dos crisis existenciales que definirán su rol en el mundo durante las próximas décadas. Nuestra respuesta a ambos retos determinará si seremos actores o espectadores de nuestro propio destino.
En apenas una semana, Europa ha recibido dos golpes que exponen la fragilidad de un proyecto que creíamos consolidado.
Por un lado, el presidente estadounidense ha exigido en Davos «negociaciones inmediatas» para apropiarse de Groenlandia, amenazando con aranceles del 25% a los aliados de la OTAN si no ceden territorio soberano.
Por otro lado, el Parlamento Europeo ha paralizado el Mercosur, el mayor acuerdo comercial de la historia de la UE, enviándolo al Tribunal de Justicia por un margen de apenas diez votos mientras miles de tractores rodeaban Estrasburgo.
Ambas crisis plantean la misma pregunta fundamental.
¿Es Europa capaz de defender sus intereses estratégicos en un mundo donde la ley del más fuerte sustituye al orden basado en reglas?
Groenlandia, línea roja
La respuesta europea a las amenazas de Trump sobre Groenlandia ha sido ejemplar.
Ursula von der Leyen ha sido inequívoca: «La soberanía de Groenlandia es no negociable».
Kaja Kallas ha advertido que «las amenazas diarias no presionarán a Dinamarca para que entregue Groenlandia».
Emmanuel Macron ha declarado que Europa prefiere «el respeto antes que los matones» y «el Estado de derecho antes que la brutalidad».
Esta firmeza no es hostilidad antiamericana, sino defensa de unos principios sin los cuales Europa no tiene razón de existir. Si aceptamos que un aliado histórico puede forzar la cesión de territorio soberano mediante amenazas económicas, ¿con qué autoridad moral condenaremos la anexión rusa de Crimea o las ambiciones chinas sobre Taiwán?
Como observó Mette Frederiksen, «si un país de la OTAN ataca a otro país de la OTAN, todo se acabará».
Y la disolución de la Alianza Atlántica sería el menor de nuestros problemas. Porque perderíamos también el fundamento mismo de la civilización occidental: que el derecho prevalece sobre la fuerza.
La unidad europea ha sido notable. Desde el socialdemócrata alemán hasta el liberal holandés, desde el conservador sueco hasta el democristiano español, todos han cerrado filas en torno a Dinamarca.
Esta cohesión demuestra que, cuando Europa enfrenta amenazas existenciales, es capaz de superar divisiones internas. El desafío es mantener esa unidad más allá de la gestión de crisis.
Paradójicamente, Trump nos está haciendo el favor de recordarnos una verdad que habíamos olvidado: Europa sólo cuenta en el mundo si habla con una voz. Separados, somos presas fáciles de potencias que no comparten nuestros valores.
Unida, la UE es el mayor mercado del planeta, disfruta de un poder normativo sin rival y una tradición democrática que merece ser defendida.
El autogol de Mercosur
Si la firmeza en Groenlandia representa lo mejor de Europa, la paralización del acuerdo con Mercosur ejemplifica lo peor: la incapacidad de reconciliar intereses legítimos en conflicto y actuar decisivamente cuando el momento lo exige.
El canciller alemán Friedrich Merz tiene razón: paralizar el acuerdo «malinterpreta el contexto geopolítico».
Bernd Lange lo ha calificado como «absolutamente irresponsable, un autogol».
Y lo es. En el preciso momento en que Trump cierra el mercado estadounidense y China subsidia agresivamente sus industrias, Europa decide darse el lujo de rechazar un tratado que elimina 4.000 millones de euros en aranceles anuales, crea la mayor zona de libre comercio del mundo y nos asegura acceso a materias primas críticas para la transición energética.
Las preocupaciones agrícolas son legítimas. Los ganaderos franceses y españoles que protestan tienen razón al exigir reciprocidad: no pueden competir con productos fabricados bajo estándares ambientales y sanitarios que nosotros prohibimos.
Pero la solución no es rechazar el acuerdo, sino reforzar sus salvaguardias y garantizar que las importaciones cumplan nuestras normas. Eso requiere voluntad política, no populismo agrario.
La realidad brutal es que Europa no tiene el lujo de elegir entre proteger a sus agricultores o mantener competitiva su industria. Necesitamos hacer ambas cosas simultáneamente o fracasaremos en ambas.
Nuestras empresas exportadoras necesitan nuevos mercados ahora que Estados Unidos nos amenaza con aranceles.
Y, geopolíticamente, permitir que China monopolice América Latina mientras nosotros discutimos indefinidamente es una estrategia suicida.
La Comisión debe aplicar provisionalmente el acuerdo de inmediato. Esperar 18-24 meses a un dictamen del Tribunal de Justicia sobre tecnicismos legales mientras el mundo avanza sin nosotros es la definición de parálisis burocrática.
Sí, generará tensión institucional con un Parlamento dividido.
Pero hay momentos en que el liderazgo exige decisiones difíciles, no consensos imposibles.
Dilema existencial
Europa enfrenta simultáneamente la guerra en Ucrania, las amenazas territoriales de Trump y una crisis comercial autoinfligida. Esta tormenta perfecta nos obliga a elegir.
Podemos continuar fragmentados, con cada Estado miembro priorizando cálculos electorales domésticos mientras el mundo nos marginaliza.
O podemos aceptar que sólo unidos tenemos futuro.
La firmeza en Groenlandia demuestra que sabemos defender nuestros principios cuando es necesario. Ahora debemos demostrar que también sabemos defender nuestros intereses económicos, incluso cuando eso incomoda a grupos electorales importantes.
Europa no volverá a tener la hegemonía de la que disfrutó en el siglo XIX. Pero puede conservar su prosperidad, sus valores y su relevancia si actúa estratégicamente. Eso significa líneas rojas claras ante amenazas como la de Trump.
Y también significa valentía para firmar acuerdos comerciales imperfectos pero necesarios.
La alternativa es la irrelevancia. Y esa, definitivamente, no es negociable.