Gorka Angulo-El Correo
Sienta en su Gobierno al miembro antivacunas del clan, solo muestra desdén por la muerte de la hija de Caroline y agrega su nombre al de JFK
Donald Trump avanzó en abril de 2024 la idea de una «presidencia imperial» que transformaría Estados Unidos y su papel en el mundo. Por eso andamos con la segunda Administración Trump entre nuevas versiones del Tratado de Tordesillas, la Conferencia de Yalta y una nueva Guerra Fría. La «presidencia imperial» también tendría su expresión dentro del país a mayor gloria de un dirigente con fascinación napoleónica. Quizá Trump la adquirió con la invitación de Emmanuel Macron a la Fiesta Nacional francesa de 2017, donde el desfile militar y algunos detalles de la ‘grandeur’ francesa sedujeron al millonario neoyorquino con gustos un tanto horteras, que nunca ha dejado de ser una especie de Jesús Gil en la Casa Blanca insultando en los días pares y alabando en los impares.
Con el pretexto del 250º aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos e influido por el ‘glamour’ francés, a Trump se le ha ocurrido remodelar el Ala Este de la Casa Blanca, imitando el versallesco Salle des Fêtes del Elíseo, y construir un gran arco del triunfo a orillas del río Potomac con un coste astronómico que supuestamente pagarán donantes privados. Sin duda para dar rienda suelta a su megalomanía con esa inveterada costumbre de nombrar o renombrar todo, como Trujillo en la República Dominicana.
La última ha sido agregar el nombre de Trump al icónico Centro John F. Kennedy de Artes Escénicas de Washington, provocando la lógica indignación del clan Kennedy, por el que el actual inquilino del Despacho Oval tiene una fijación enfermiza, que comenzó colocando en su ejecutivo al Kennedy republicano y antivacunas. Todo fruto de sus complejos de nuevo rico, de su obsesión por hacer historia como líder del país con una nueva ‘familia real’ norteamericana. En el culto a la personalidad del presidente está la difusión extrema de su familia haciendo caja y ocupando altos cargos sin conflictos de intereses, aunque parecen sacados más de series televisivas ochenteras tipo ‘Dallas’, ‘Dinastía’ o ‘Los Colby’ que de los grandes apellidos que nunca se apean de las listas Forbes y la historia del país.
Como figura en las matrículas de los coches de su bastión de Massachusetts, los Kennedy son «el Espíritu de América»: para lo mejor y para lo peor. Sus seis generaciones son el resumen más completo de 177 años de la historia del país desde su compromiso genético con los derechos humanos, la filantropía, el medio ambiente y la cosa pública, donde entre 1947 y 2011 ocuparon cargos federales. Tras la muerte en 2009 de Ted Kennedy, senador desde 1962 y último gran patriarca del clan, llegó el momento de una generación siempre marcada por denominaciones cargadas de tragedias y escándalos.
La gran llamada al liderazgo de la saga era la hija de JFK, Caroline Kennedy-Schlossberg, por ser el mejor y más representativo referente moral de las esencias de la dinastía. No pasó de ser una filántropa generosa, la fiel guardiana de la memoria de su padre y una ‘influencer’ premiada con dos embajadas. La discreción de su vida privada se ha roto ahora con sus hijos. El pasado 22 de noviembre, su hija Tatiana publicaba en ‘The New Yorker’ un artículo titulado ‘Una batalla con mi sangre’, convertido en su testamento. Conmocionó a parte de EE UU porque estremece, emociona y remueve leer el relato del tratamiento médico de una mujer de 35 años, madre de dos niños de menos de tres, en la cuenta atrás de su vida, donde todo se resume en dos fotos de ella devastada por una leucemia mieloide aguda y las grandes preguntas que nos hemos hecho los que sufrimos experiencias con la muerte al lado.
La enfermedad de Tatiana era una situación que exige un mínimo de humanidad, compasión y empatía, y por parte de Trump y del primo Kennedy ministro de Sanidad solo hubo un desdén sectario y frío hasta su muerte el 30 de diciembre. Hay que incluir un recorte de casi 500 millones de dólares en la investigación de vacunas contra ciertos tipos de cáncer.
Ahora llega el momento de su hermano Jack, firme opositor a Donald Trump. Su abuelo revolucionó las campañas electorales con la televisión y él quiere hacerlo desde las redes sociales. Será candidato al Congreso por Nueva York en una campaña sin apellidos, solo con su nombre (el familiar de JFK) con el mismo estilo que el exsenador republicano Lamar Alexander y aprovechando el efecto Zohran Mamdani. Lo más práctico sería seguir el modelo de las gobernadoras demócratas moderadas de Nueva Jersey, Mikie Sherrill, y Virginia, Abigail Spanberger, Estados importantes para una próxima cita electoral en la que los demócratas quieren la mayoría en la Cámara de Representantes. Sobre todo, para frenar a Trump con la reforma de la Enmienda XXII que limita los mandatos presidenciales, en lo que no sabemos si es provocación o intención de seguir.