- En este juego de suma cero, el verbo dimitir no se conjuga y la destitución no deja ser un cese transitorio en el tiovivo del Estado, en el que unas veces se está arriba y otras abajo, pero sin apearse jamás
Alfred Hitchcock popularizó el neologismo ‘Macguffin’ para denominar las tretas de las que se servía para desconcertar al espectador e imprimir un giro imprevisto a sus tramas cinematográficas. Lo describió con un ejemplo. Van dos hombres en un tren y uno de los viajeros inquiere al otro: «¿Qué es lo que porta ese maletero situado sobre su cabeza?». «Ah, eso es un Macguffin», le responde a quien, perplejo, persevera en desentrañar qué diantres es eso: «Es un aparato para cazar leones en Escocia», le espeta. «Pero qué me está diciendo –le refuta–; en Escocia, no hay leones».
Estos cebos, según Hitchcock, estos señuelos eran más eficaces cuanto más genéricos eran. Al modo de los trucos de magia, estos Macguffins desvían la atención para que el prestidigitador urda el número con el que sorprender al público, de igual manera que permite al trilero –«¿dónde está la bolita?»– vaciarle los bolsillos al panoli con la complicidad de los compinches del timador. Desde la investidura Frankenstein de junio de 2018 que le catapultó a La Moncloa tras su moción de censura exprés contra Rajoy y sus posteriores reinvestiduras con comunistas e independentistas, incluidos el brazo político de ETA, Sánchez ha demostrado una notable pericia en el manejo de los Macguffins para marear la perdiz en aquellos asuntos que le comprometen como hoy la temible catástrofe ferroviaria de Adamuz con sus 45 fallecidos por causas aún por discernir oficialmente.
Así maquinó en la pandemia del COVID con su carrusel de comparecientes que no esclarecían nada despachando como «verdad científica» –con el infausto «doctor Simón» como Cristobita del teatro de títeres– los absurdos más flagrantes, redundó en ello con la dana de Valencia con su espantada de ‘galgo de Paiporta’, lo remachó con su conspiranoico relato sobre el Gran Apagón de abril de 2025 sobre el que aún no se ha hecho la luz y reincide hoy con el más grave accidente registrado por la Alta Velocidad en España desde su puesta en marcha hace 34 años. A veces, incluso aparentes Macguffins sustancian al sanchismo. Como ese vídeo en el que la vicepresidenta Montero, cuya presencia solo obedecía a ser candidata socialista a las elecciones andaluzas, se la ve venir pegando codazos mientras Felipe VI testimonia sus condolencias a las víctimas de Adamuz. Como esa gente que quiere ser el muerto en el entierro, el niño en el bautizo y la novia de la boda, su satisfecho arqueo de cejas es la anatomía de un instante que la retrata de cuerpo entero.
De acuerdo con este característico modus operandi, mientras el ministro Puente aparenta ser un tertuliano más que salta a las televisiones a comentar las revelaciones de la Prensa, al no poder dar una explicación meramente creíble siendo juez y parte en la tragedia de la Alta Velocidad, ‘Noverdad’ Sánchez hace mutis por el foro evitando que sus huellas aparezcan en el arma del crimen y deja que le partan la cara si acaso a sus chivos expiatorios a los que, cuando pase la tormenta, rescatará para otros cometidos que les faculten seguir viviendo del presupuesto. En este juego de suma cero, el verbo dimitir no se conjuga y la destitución no deja ser un cese transitorio en el tiovivo del Estado en el que unas veces se está arriba y otras abajo, pero sin apearse jamás.
Por mor de ello, la Administración pública no es un aparato eficaz al servicio del Estado colonizada por partidos que la usan como botín de guerra para gratificar y remunerar a sus huestes. A este respecto, se aúpan al frente de ella, en detrimento de quienes acceden a ella por procedimientos reglados, quienes ignoran los principios más elementales de la ciencia de la administración si es que conocen su existencia. De ahí que, para ser maquinista, hay que certificar una preparación y una experiencia que no se exige para ser director general de la Renfe al que le basta ser amigo del ministro.
Como concluía el gran administrativista español Alejandro Nieto, quien tanto disertó sobre «la organización del desgobierno» en España, «sin gobierno y con administración –valga el retruécano– puede gobernarse de alguna manera las cosas funcionan; pero sin administración, no hay gobierno posible». Pero Sánchez nunca tuvo como objetivo gobernar, sino mandar aunque sea «un hato de ganado», como Sancho Panza en su ambición por ser gobernador de la ínsula Barataria.
Ante esta sucesión de calamidades durante el mandato de un gobierno que vino a gestionar otra cosa que su exclusiva permanencia en el poder, no cabe preguntarse cuando se jodió España, parafraseando al Nobel Vargas Llosa en su «Conversación en la Catedral», sino hasta cuándo va a seguir jodiéndose porque, desde que ‘la banda del Peugeot’ asaltó el PSOE y la Moncloa, era palmario que esa corrupción sistémica redundaría en un desbarajuste de la gestión de los servicios públicos. Al cabo de este largo septenio, el Gobierno del insomnio contra el que advirtió Sánchez –para luego ser el «extraño compañero de cama» de Pablo Iglesias y volverse de su condición tras compartir almohada– sume en una pesadilla a unos ciudadanos a los que convierte en rehenes de sus desafueros.
En su indignación, a los desasistidos y desesperados viajeros les bailaban hasta ahora las leyendas de los carteles de disculpa que serpentean estaciones y aeropuertos hasta hacerles leer: «Robamos por usted. Disculpen las mejoras», pero desde este domingo las cosas ya no pueden ser vistas del mismo modo. De hecho, si se confirma la hipótesis de los defectos en la vía en la mortandad de Adamuz, la aparición de muescas en las ruedas del Iryo y otros trenes que habían circulado por el mismo recorrido previamente al accidente simbolizan las mordidas de una corrupción institucionalizada fraguada por quienes llegaron al Gobierno, no para regenerar el sistema, sino para quedarse con el negocio hasta el punto de hacerle perder no sólo la bolsa, sino también la vida.
En esas circunstancias tan letales, es como si los españoles se sintieran amarrado al cadáver político de un Sánchez que los pudre evocando la muerte cruel que Mecencio, rey de Etruria, reservaba a sus prisioneros. Ello obliga a refundar la nación y reedificar un país a la que el sanchismo terminal va camino de convertir en zona devastada. Este pobre ‘Tangentespaña’ evoca aquella ‘Povera patria’ italiana que, a propósito de los males de Tangentópolis, lloraba amargamente Franco Battiato a principios de los 90: «Pobre patria/ Aplastada por los abusos del poder/ De gente infame que no sabe lo que es el pudor/ Se creen poderosos y les va bien lo que hacen/ Y todo les pertenece». Cómo no reconocer a las víctimas de Adamuz en el elegiaco final de la sonata triste de Batiatto: «Entre los gobernantes/ Cuántos bufones perfectos e inútiles/ Este país destrozado por el dolor/ Pero, ¿no os molestan un poco/ Esos cuerpos en la tierra ya sin calor?».