Luis Ventoso-El Debate
  • Su mutación escénica no engaña a nadie y no lo puede salvar: la degradación del ferrocarril en España, con el colofón fatal de Adamuz, exige su salida

Óscar Puente, de 57 años, es un abogado vallisoletano que se afilió al PSOE en 1990. Alto, de aspecto desgarbado, con un rostro que daría para comparaciones facilonas (que no haremos), es amigo del tuit flamígero y del golf en clubes elitistas. Tras ejercer la abogacía durante unos años, en 2007 comienza a vivir del partido, primero como concejal y luego como alcalde de Valladolid, cargo que ejerció entre 2015 y 2023. Tras perder la alcaldía, Sánchez se lo trae a la política nacional como un mamporrero contundente para hacer oposición a la oposición.

El debut del agresivo pitbull dialéctico llega en el debate de la fallida investidura de Feijóo, en 2023. Sánchez, que carece de estilo y desprecia profundamente la democracia, optó por hacerle un feo al candidato del PP delegando la réplica parlamentaria en su ariete más faltón. Puente cumplió a la perfección con lo que se esperaba de él, relacionando a Feijóo con el narco y soltándole que «usted en el PSOE no habría llegado ni a concejal».

Desde noviembre de 2023, Óscar combina su función de mamporrero con la de ministro de Transportes en la antigua casa de las andanzas de Ábalos, su banda y sus meretrices. Al mismo tiempo, ha mantenido una frenética actividad en las redes sociales, que se caracteriza por lo que coloquialmente podríamos resumir como soltar la mayor burrada posible. Él mismo lo ha explicado: «En las redes se juega duro y si no juegas duro pasas desapercibido». ¿Solución? Hacer el cafre.

Puente dedica cada día parte de su tiempo a ofender a sus adversarios políticos, y a jueces y periodistas que hacen su trabajo (el juez Peinado se ha hartado de que lo insulte para defender a la mujer de Sánchez y se ha querellado contra sus difamaciones reclamándole en el juzgado 50.000 euros). La incontinencia verbal del ministro del verbo polvorilla se atreve con todo. Provocó un conflicto diplomático al acusar a Milei de drogarse. Practicó el machismo más casposo llamando a la pareja de Ayuso «testaferro con derecho a roce». Llamó a un periodista «saco de mierda» y a otros «lacayos». Los periódicos como El Debate, que han osado a desvelar miserias del sanchismo que por supuesto han resultado ciertas, hemos sido tachados por el ministro de «buleros, panfletos, fachosfera, sinvergüenzas, contenedores de porquería».

Puente se ha portado de una manera despreciable, aprovechando su cargo para practicar el matonismo. No existe en toda la Europa democrática un ministro que haya hecho el energúmeno con tal desparpajo. De propina es un incompetente, como acreditan los datos que ofrecía ayer en este periódico el magnífico profesor Riera en relación con el pésimo nivel de ejecución presupuestaria de su ministerio.

Mientras tuiteaba e insultaba a tirios y troyanos (278 tuits dando brasa con la dana y 150 con los incendios del pasado verano, drama con el que hacía bromitas tontolabas), al ministro Puente no le merecía un solo comentario la calamitosa degradación en que ha caído el ferrocarril en la etapa de Sánchez.

El pasado agosto, 427 pasajeros se quedaron tirados por una avería en un secarral cordobés a 37 grados, sin agua ni aire acondicionado. Renfe tardó tres horas en rescatarlos. Cuatro días antes, el maravilloso sistema ferroviario de Puente dejó en tierra a 2.200 pasajeros por una avería entre Santa Justa y Majarabique, en Sevilla. En ese mismo mes, 130 pasajeros se quedaron plantados en Tarragona en otro tren roto… Nada de eso merecía un solo tuit de Puente, ni tampoco los reiterados avisos de los maquinistas sobre el mal estado de las vías, hoy dolorosamente premonitorios.

Pero ahora se ha producido una tragedia ferroviaria, que todo indica que guarda relación directa con un fallo de mantenimiento, pues se ha descartado el error humano o el sabotaje. ¿Y qué hace Puente? Acorralado por las terribles consecuencias de su incapacidad y la de su equipo, el pitbull muta en humildísimo gestor de voz bajita, abierto a «hablar con todos los medios» (apuesten a que no atiende a El Debate), que pide comprensión y se muestra de lo más educado y abatido, como intentando darnos pena por lo que le ha caído encima al buen Óscar.

Un teatrillo ridículo, con una técnica que ya inventó el cómico Cantinflas hace muchas décadas y que llevó a la RAE a aceptar el verbo «cantinflear», que se define como hablar y hablar «sin decir nada con sustancia».

El matón de Sánchez reconvertido en amable y solícito gestor. Pero engaña a nadie. Volvemos a repetirlo: no puede continuar ahí un ministro que ha asistido impertérrito a la dramática degradación de nuestro sistema ferroviario (y de nuestras carreteras, cuyo mantenimiento da para otro capítulo).

La técnica sanchista de los ojillos de cordero degollado y la vocecilla compungida ya está muy gastada. Siete años de incompetencia acumulada se acaban pagando, y esta vez nos han costado sangre y lágrimas.