Ignacio Camacho-ABC

  • La polarización ha llegado a un extremo en que hasta resulta chocante que un responsable público haga lo correcto

Todas las catástrofes tienen una vertiente política en la sociedad moderna. Por el origen o por la reacción, por la causa o por la respuesta, los dirigentes públicos están sometidos a un escrutinio de exigencia tanto más riguroso cuanto mayor sea la magnitud de la tragedia. Pero a la hora de afrontar responsabilidades hay maneras y maneras. Se puede dar la cara o esconderla, facilitar la ayuda o condicionarla, como hizo Sánchez en Valencia. Se puede uno quedar oyendo llover en un reservado, como Mazón, mientras los suyos lo buscan para dar la alerta, o plantarse sobre el terreno a dirigir las operaciones de socorro en plena emergencia. Ésta fue la opción de Juanma Moreno al presentarse desde primera hora en el escenario de la desgracia cordobesa.

El presidente de la Junta suele presumir de la ‘vía andaluza’, un estilo de hacer política a base de diálogo y templanza. Hasta ahora los resultados –en las urnas– le han dado la razón a su empeño de mantener una posición moderada, sin avergonzarse de que cierta derecha radical le atribuya inclinaciones próximas a la socialdemocracia. La hecatombe de Adamuz se prestaba a devolver en caliente a los socialistas la acusación de asesinato que le han endilgado a él a cuenta de la crisis de los cribados del cáncer de mama –ninguna muerte demostrada, por ahora–, y sin embargo escogió la actitud contraria: mano tendida al Gobierno, sintonía institucional, llamadas a la calma. Sensatez pragmática.

El tiempo dirá si la opinión ciudadana ha apreciado su apuesta por el comedimiento. Hay quien la entiende como un innecesario quite al Gobierno cuando estaba en condiciones apropiadas para ponerlo en severos aprietos; la polarización sanchista ha convertido en una rareza sospechosa cualquier esfuerzo de establecer un clima de entendimiento sereno. Incluso los propios Sánchez y Puente se sorprendieron; quizás esperaban –¿mala conciencia?– un recibimiento hostil en un contexto adverso. Es decir, lo que ellos habrían hecho, instrumentalizar a los muertos. La crispación y la ausencia de mutuo respeto han llegado a un extremo en que hasta resulta chocante que un responsable público haga lo correcto.

Moreno fue coherente consigo mismo. Puso las víctimas en primer plano y pasó la terrible madrugada del lunes entre los raíles reventados y los trenes destruidos. Estuvo al frente del operativo de asistencia sin necesidad de ponerse ningún chaleco amarillo para aparentar protagonismo. Simplemente se colocó donde tenía que estar, en su sitio, y adoptó el tono tranquilo que requerían las circunstancias de un trance crítico. Y de alguna forma parece haber marcado a su partido la línea de dejar que sea la realidad la que meta en problemas al Ejecutivo. Ante más de cuarenta muertos sobran los aspavientos y rechinan los gritos. Alguien tenía que demostrar siquiera por una vez que existe un método de liderazgo distinto.