- Ninguna otra sociedad de un gran país avanzado se habría resignado a estar tres años sin presupuestos, que son la base indispensable de todo
El mayo de 2015, el primer ministro y candidato conservador David Cameron logró una inesperada mayoría absoluta contra el laborista Ed Miliband. Cubrí aquellas elecciones y viniendo de la democracia española -llamémosla así-, me llamaron la atención los dos factores que acabaron con Miliband: 1.- Su inconsistencia con los números. 2.- La incongruencia entre la igualdad socialista que predicaba y la vida VIP que gozaba.
A Ed lo pillaron dos veces en pelotas. Su primer error ocurrió en el debate televisivo contra su adversario tory. El laborista no hizo ni una alusión a cómo reducir el déficit y la deuda. Imperdonable. Al día siguiente, los periódicos lo machacaban por tan imperdonable omisión, que era también la comidilla de las televisiones. ¿Cómo se podía confiar en un candidato que no se preocupaba de la deuda, que ni siquiera hablaba de ella?
Observé aquella reacción admirado. Pensaba para mis adentros que en España no se habría dedicado un minuto al asunto, porque los números provocan sopor al público y los políticos rara vez se refieren a ellos. Por el contrario, en la política inglesa no se puede presentar una medida sin añadir cuánto cuesta y sin explicar de dónde se va a obtener el dinero y a costa de qué. Napoleón despreciaba a los ingleses llamándolos «nación de tenderos». Pero un tendero es una persona con sentido común y los pies en la tierra, cuidadoso con las cuentas y con visión y apetito comercial. Ojalá los españoles fuésemos una nación de tenderos.
El segundo resbalón de Miliband fue lo que acabó conociéndose como el caso «Ed Two Kitchens». Para mostrar su faceta de hombre del pueblo, el candidato laborista dio acceso a un equipo de la BBC a su casa de dos pisos del norte de Londres. Allí se dejó grabar tomando el té con su mujer en la angosta cocina de la vivienda. Pero la prensa británica, que tiene más garra que la española -véanse las entrevistas de guante blanco a Puente-, se puso a trabajar. Un periódico conservador reveló que esa cocina humilde y estrecha no era la única de la vivienda. En la primera planta existía una amplia y de diseño. La hipocresía de las dos cocinas le abrió un boquete a Miliband. Aquí, tal hipocresía no le habría pasado factura. El presidente y sus ministros practican el socialismo caviar en sus vidas y viajes, mientras nos recetan igualación a la baja y machaque fiscal. Pero no hay queja.
Si un país vive en el desgobierno acaban ocurriendo cosas terribles, porque el funcionamiento básico de la Administración se deteriora. Es muy duro decirlo, pero tenemos lo que nos merecemos, porque no hemos sabido defender lo básico. Ninguna otra sociedad de un gran país avanzado se habría resignado a estar tres años sin presupuestos, que son la base indispensable de todo. Lo hemos tolerado porque nos aburren los números y porque la sociedad está tan polarizada que ciertos odios partidistas se anteponen a cualquier consideración (ya saben: lo que sea con tal de que no gobiernen «la derecha y la ultraderecha»).
El Debate publicaba este domingo cuatro trabajos demoledores, que reflejan el deterioro que nos ha llevado a la tragedia de Adamuz. El profesor Riera constataba que el gasto ejecutado por Transportes ha bajado de 14.503 millones a 7.070 en dos años. Puente está recortando, porque así se lo han pedido al no existir unos presupuestos. María Jamardo destripaba todos los casos de corrupción del Ministerio y de Adif. La cueva de Alibabá. Fernando Rayón aportaba el dato de que el mantenimiento por kilómetro de alta velocidad construido ha bajado un 154 % en 20 años. Alejandro Entrambasaguas informaba sobre informes privados de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios, que hablaban de vías deterioradas y fallos de seguridad.
Es decir, el mantenimiento se ha descuidado. Se ha ampliado el trazado y con la liberalización se ha disparado el número de trenes, pero sin aportar los recursos para garantizar la seguridad. Y eso a pesar de que nos ha caído un maná de fondos europeos con los que se ha ido parcheando algo.
La primera medida del ministro Puente fue harto reveladora: bajar las indemnizaciones de Renfe por retrasos, con lo que venía a asumirlos. Pero no hicimos nada. Las averías se sucedían, dejando a miles de pasajeros tirados, y los retrasos se volvieron crónicos. Pero no hicimos nada. Los maquinistas avisaban de que algunos tramos estaban mal. Pero no hicimos nada. Las autovías del Estado ya apenas se asfaltan. Pero no hacemos nada. Se robó a manos llenas en el ministerio de más gasto. Pero no hicimos nada: ahí sigue el presidente que lo permitió. El ministro se comportaba como un botarate faltón, dedicado a insultar a jueces y periodistas, y pretendía en plena crisis ferroviaria que los AVE circulasen a 350. Pero no hicimos nada. La vía de Adamuz estaba defectuosa, según reconocen ahora. Y es que las mesas de contratación eran un paripé y el mantenimiento y la vigilancia, insuficientes. Pero no hicimos nada.
España: tres años sin presupuestos y su Gobierno sometido a un fugitivo separatista, un golpista condenado a 13 años de cárcel y un exterrorista de ETA. Pero no hacemos nada.
En un mitin en Aragón, Sánchez respaldó ayer a Puente: «Todo mi reconocimiento al ministro de Transportes, Óscar Puente». Dos días antes, Sánchez había manifestado que su Gobierno «asume todas las responsabilidades» y que «la alta velocidad es un orgullo para España». Resulta innecesario cualquier comentario.