Gabriel Albiac-El Debate
  • Toleramos que nos roben. ¿Que nos maten, también? O entenderemos, al fin, que es la hora de romper ese círculo del crimen instalado en el Estado. Y que ese deber no entiende de ideologías

Convendría, ante todo, que los ciudadanos —sean cuales sean nuestras convicciones morales o políticas— tuviéramos claro algo: que en el palacio de la Moncloa habita un sujeto para el cual las convicciones —morales o políticas— no existen. Un sujeto que pude alternar las tesis más contrapuestas sin el menor remordimiento. Que será trumpista o putinista, conforme al beneficio que de ello para él se siga. Que puede defender —sucesiva o simultáneamente— las tesis más extremadamente reaccionarias del populismo peronista o del racismo puigdemoniano y, con idéntica convicción, robarles retórica y programa a sus infantiles peones megaprogresistas de Sumar o Podemos.

No, en la Moncloa no ejerce el poder un izquierdista de pretensión estaliniana. Ni un socialdemócrata de pulcra fe parlamentaria, al estilo nórdico o centroeuropeo. No ejerce tampoco un nacional-socialista de matriz hitleriana o más blandamente mussoliniana: esos anacronismos carecen hoy de eficiencia. Evitemos caer en ellos: son una trampa. Solo nos engañarían.

Pedro Sánchez es el paradigma de una inmoralidad política específica al siglo veintiuno. La que deriva de haber entendido que no es necesaria ya violencia alguna para imponer los más irracionales dictados. Que basta con controlar los grandes medios audiovisuales: los clásicos —con la odiosa televisión al frente— y el basurero infinito en el cual las repugnantes redes sociales trocaron Internet, aquel proyecto del cual hubiera podido derivar el mayor cúmulo de saber y que ha quedado en sola máquina de lobotomía dulce.

De los medios escritos, ni siquiera vale la pena demasiado hablar. Lo digo con todo el dolor de quien ha dedicado toda su vida a la lectura y la escritura. Para una aplastante mayoría de la población española, leer un texto de más de treinta palabras se ha vuelto imposible. Incluyo en esa imposibilidad a los dos tercios de los titulados universitarios. La analfabetización es hoy colectiva. Y pedirle a un ciudadano medio que se lea una página entera de un periódico es como sugerirle que complete la lectura de las tres Críticas kantianas de un tirón. Y los que leen, al menos, en pantalla los grandes titulares en letra gorda, deben ser considerados los supremos ilustrados de nuestro tiempo.

Con esa máquina de idiotizar sin precedente —los dispositivos del totalitarismo de entreguerras dan risa al lado de esto—, un gobernante que carezca de escrúpulos morales y sobreabunde en ambición tiene ante sí el horizonte del éxito garantizado. Pedro Sánchez.

Técnicamente asentada la fortaleza de aquella «servidumbre voluntaria» que Étienne de la Boétie profetizaba hace cinco siglos, todos los beneficios pueden ser extraídos por el déspota. Sin ofensa explícita. Y con la cautela elemental de que cada robo suyo o de los suyos sea inmediatamente proclamado por el altavoz mediático como acto sublime de justicia social, de reparto equitativo, de humanitarismo benefactor.

Ábalos, ciertamente, pagaba a sus asistentas sexuales con fondos públicos. ¿Y qué más conmovedor ejemplo queremos de su humanitario empeño por sacarlas de la mala vida? ¿Begoña López dirigía una cátedra universitaria sin ser siquiera licenciada en nada? ¿Y qué mejor ejemplo podríamos esgrimir del combate feminista contra ese clasismo burgués que pretende que para ser catedrático sea condición previa que una mujer tenga que haber estudiado y obtenido un título? ¿Qué don Pedro Sánchez hizo plagiar la tesis doctoral por él firmada a un enjambre de asalariados del partido? ¿Hay acaso un mejor ejemplo de la superioridad moral de trabajar en socialista equipo?

Cuando un gobernante, pese a todo el empeño de la apisonadora mediática, pierde unas elecciones, le queda siempre el recurso de comprar los escaños necesarios. Siempre los hay en venta. Pero hay que pagarlos. A veces no es agradable: no lo es para un político con convicciones. Lo es siempre para un Pedro Sánchez. Va para tres años que el presidente gobierna España con los votos de quienes tienen como primer punto programático la desaparición de España: ERC y Junts. Va para tres años que el presidente gobierna con los votos de una coalición asentada en la amalgama entre esa apolillada versión rioplatense del mussolinismo que es el peronismo y un neostalinismo dadaísta que daría risa —o vergüenza— a los comunistas de hace cincuenta años. Todos tienen en común lo mismo: los pagos se hacen al contado; o el gobierno cae.

Sánchez ha ido pagando. Religiosamente. Con el cinismo de aquel a quien solo importa no caer. Elemental. Ha pagado en corrupción económica y enchufes a los de sus partidos: muy en especial a los que se ocupaban del bocado más sustancioso, el ministerio de transporte y «movilidad sostenible». Ha pagado a ERC, ha pagado a Junts… Ha pagado a quien fuera necesario. Pero el dinero no se fabrica dándole a una maquinita. Todo el dinero robado por la muchedumbre de los Ábalos, Koldo, Pardo de Vera, amigos, familiares, cómplices… tenía forzosamente que salir de algún sitio. La semana pasada, en Adamuz, empezamos a saber de dónde. Los 45 ciudadanos muertos han sido parte de ese precio. La parte imperdonable.

La alta política española es un oasis de delincuencia. Maravillosamente estable. Pero la delincuencia ha desembocado en algo demasiado horrible para que ni siquiera los televisores puedan ocultarlo. Toleramos que nos roben. ¿Que nos maten, también? O entenderemos, al fin, que es la hora de romper ese círculo del crimen instalado en el Estado. Y que ese deber no entiende de ideologías. La barbarie que se ha hecho dueña de la política nos destruye a todos. Invocar en esta historia necias retóricas de «izquierda» o «derecha» es moralmente aún más repugnante que el crimen mismo.