Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • Basta con ver lo que sale a la luz de los nombramientos en Adif y Renfe, sin olvidar la Sepi o la colonización de Telefónica

Cada día que pasa es más evidente que los cuarenta y cinco muertos de Adamuz y el maquinista muerto en Gelida son consecuencia de la simbiosis de corrupción e ineptocracia: la primera roba y malversa, la segunda elige expertos en mantenimiento ferroviario que reutilizan material caducado, ignoran a los maquinistas y no usan técnicas avanzadas a su disposición. Pero son cara y cruz: si aceptas ineptos tendrás corruptos, y viceversa. Entenderlo es de la mayor importancia, pues no nos libraremos de la corrupción sin combatir la ineptocracia, y lo contrario: son dos naipes que se apoyan mutuamente. Limitarse a pedir dimisiones no resolverá el problema.

Ineptocracia es el gráfico y amargo término acuñado por Jean d’Omersson para describir el sistema donde los más ineptos consiguen trepar al poder: “Gobierno donde los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías, que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas”.

No es, pues, una maldición española, sino una tendencia de las democracias en estado demagógico avanzado. Ineptos notorios hay y habrá siempre en todos lados, y muchos otros desconocidos hasta que los desnuda la fatalidad del Principio de Peteren una jerarquía cualquiera, todo incompetente asciende hasta su máximo nivel de incompetencia. Pero la característica de la ineptocracia destructiva es dar el mando a los más incompetentes a pesar de ser de sobra conocidos: es Hitler en su búnker de la cancillería dando el mando de ejércitos fantasmas a generales aduladores e ineptos.

El corrupto es el mejor amigo del inepto

¿Cuál es la relación de ineptocracia y corrupción? Para empezar, es fácil comprender que los ineptos de cualquier gobierno también lo son para detectar y purgar a los corruptos, en el caso de que quieran hacerlo. Dicho de otro modo, el mejor amigo de un corrupto es un inepto pues, comparta o no su codicia, será incapaz de impedir que la satisfaga.

La perspectiva histórica puede ayudarnos a entender esta ley sistémica. Los pensadores políticos realistas griegos y romanos le dedicaron la atención que merece. Tucídides atribuyó el declive de la democracia ateniense a que la excepcionalidad de Pericles ocultaba la vulnerabilidad del sistema a la acción erosiva de los ineptos que medraban en la demagogia; muerto Pericles, Atenas no dejó de caer por la pendiente hasta la condena a muerte de Sócrates por una asamblea ineptocrática, manipulada por demagogos, comprensiva con la corrupción y hostil a los principios.

Respecto a Tácito, le debemos la disección implacable de la alianza entre élites patricias ineptas y corrupción de Roma, inmortalizada en el principio: “Cuanto más corrupto es el Estado, más leyes aprueba» (Corruptissima re publica plurimae leges)”. En efecto, la ineptocracia es hiperactiva para, precisamente, ocultar con mala política la corrupción de su trastienda: véase cualquier comparecencia o anuncio del Gobierno Sánchez, y que el bono de transporte gratuito consumiera más recursos que el mantenimiento.

Los ejemplos dan para llenar un grueso volumen. También en sentido contrario: quizás el segundo mayor mérito de Winston Churchill, tras el primero de la intransigencia democrática contra el totalitarismo, fue la voluntad de rodearse de los mejores para superar sus propias limitaciones (incluyendo cierta debilidad nepotista por sus amigos e hijos). Así salvó al Reino Unido durante el largo año y medio de soledad contra los nazis, logrando avances decisivos en cosas como la computación gracias a su apoyo personal al equipo de Alan Turing, pese a entender muy poco de lo que hacían. En nuestra ineptocracia, el puesto de Turing habría sido para Jessica.

Un AVE a 350 kilómetros por hora

Las razones por las que los buenos líderes prefieren a los mejores no son solo morales, y muchas veces -qué bien lo razonó Maquiavelo– carecen de cualquier moralidad. Un buen líder quiere a los mejores para beneficiarse de su capacidad y rechaza a quien no tiene ninguna, como el inepto profesional, o las dedica exclusivamente al robo y a sus vicios, caso de los corruptos. Los malos hacen, en cambio, una selección como la de Pedro Sánchez, pues los ineptos son de los suyos y los corruptos le deberán el puesto.

El riesgo de alianza triunfal de ineptos y corruptos es elevado. El trepa inepto teme a los más capaces que él; es casi fatal que prefiera a corruptos que aporten apoyo incondicional a cambio de carta blanca. Incluso se da el caso de que el número uno sea a la vez descaradamente inepto y sospechoso de corrupción: José Luis Rodríguez Zapatero. Recordemos que, según proclamó, el sistema financiero español era el mejor del mundo pocos meses antes del hundimiento de más de la mitad, las Cajas de Ahorros. ¿Qué nos recuerda esto?: sí, a Óscar Puente prometiendo AVE a 350 kilómetros-hora pocos días antes de la tragedia de Adamuz y desafiando la cascada creciente de accidentes, retrasos e incompetencia ministerial.

España es un ejemplo de ineptocracia basada en la corrupción, y viceversa. Una vez entrados en política para enriquecerse lo antes posible, el cuarteto del Peugeot no podía hacer otra cosa que hundirlo, pues su plan de asalto exigía nombrar a ineptos que se conformaran con poca parte del botín a cambio del relumbrón del poder: basta con ver lo que sale a la luz de los nombramientos en Adif y Renfe, sin olvidar la Sepi o la colonización de Telefónica. Durante la pandemia ya elevaron esta simbiosis de codicia e incompetencia al nivel más elevado: el famoso Comité de Expertos dirigido por el inepto Fernando Simón ni siquiera tuvo necesidad de existir.

Miedo al cambio de reglas

Para que una ineptocracia corrupta tan descarada se instale en un país, como ha pasado en España, tan desconfiado de los méritos ajenos y cainita, hacen falta otras dos condiciones satisfechas en abundancia: el populismo político, que por su propio odio a meritocracia y conocimiento simpatiza naturalmente con los ineptos (su lema: nadie es mejor que nadie, pero sí peor), y la ineptitud generalizada instaurada hace tiempo en las élites occidentales y españolas, cuyo mayor temor es el cambio de reglas y ciclo porque perderán sus privilegios. Esta es, resumida, la lógica interna de nuestra actual desgracia.