Manuel Marín-Vozpópuli

  • Tiene suerte Puente. Nadie le llama asesino. No es víctima de esa misma agitación de las vísceras de la que él sí es catedrático

Me perdonarán hoy que escriba desde el estómago. No será una columna al uso, sino un desahogo. Cuarenta y cinco muertos de un modo tan traumático que no alcanzo a imaginar. Rocío. Rocío regentaba junto a su marido, Francisco, un negocio de pescado y marisco en Punta Umbría (Huelva). Allí estaba siempre, en su puesto del mercado, entre albaranes, una caja de monedas y billetes, y un datáfono. Arrancaba de madrugada en la lonja. El pescado se desembarcaba húmedo y brillante, coleteando, y era cuidadosamente elegido para sus puestos. «Manué… te vas a llevar esta dorada hoy. Y estate con ojo, que tendrá el anzuelo aún». Me enseñó a distinguir por qué una gamba blanca de la costa tenía un precio y otra de igual tamaño, otro muy superior. ¿Ves lo de aquí, por el cuello, la parte baja de la cabeza? Si es gordita y azulada, eso es un gambazo. Llevaba el negocio, el de surtir a media Punta y a clientes de fuera con su pescado, sus grillos (cigalas), sus coquinas y sus langostinos en cajas de corcho y hielo. Era la mejor embajadora de ese sol bestial que acaricia el oleaje de Punta.

La última vez que estuvimos con ella fue el 27 de diciembre. Fuimos a por un encargo que reservé para Navidad. Nos dijo a mi mujer y a mí que ya estaba el pescado vendido, nunca mejor dicho. Tres días y a descansar. Siempre toman vacaciones en enero porque el verano, lógico, es temporada alta de venta. Nos dijo que vendría a Madrid unos días de vacaciones, que le gustaba mirar ropa, pasear, su hijo, el Bernabeu… Tocaba regresar a casa. El puto Alvia. Tenían que preparar todo para reabrir el 1 de febrero. Se le antojó un café. Su hijo y un amigo prefirieron no ir al vagón de la cafetería. Y salvaron su vida. Rocío no. Mucha gente en vilo tres días hasta que apareció su cuerpo. Aquella mirada transparente que solo tienen los currantes desde la madrugada, sus ojos grises de mar revuelta, su simpatía, sus botas de agua en la pescadería, el llamar de tú a los clientes… Rocío olía a brisa de mar, a orilla y a arena. Me reconocía por la televisión y en mis encargos no marcaba las cajas de corcho con mi nombre. Sólo escribía TV o Trece. Rocío se ha ido. Qué mierda todo. Como María, Óscar, Ricardo…

Admito que las causas ahora mismo me dan igual. Que si es el estado de la vía, que si un punto de soldadura, los bogies de no sé qué, que si un trozo de vía de 30 centímetros se rompió como causa o como consecuencia, que si el balasto es reutilizado y las bateadoras no lo arreglaron bien… Me da igual. Que lo investiguen. Sólo sé que era evitable, que nunca debió pasar. Que las fatalidades ocurren, como la concatenación de momentos de mala suerte. Pero no podía ocurrir. El problema no es determinar qué causó la tragedia, sino que la tragedia no debió producirse jamás sencillamente porque estábamos avisados de que el mantenimiento es deficiente, de que se ha hundido la inversión, de que discurren 40 trenes por donde antes circulaban 20, de que los nuevos vagones pesan más… No existe la seguridad perfecta. Pero había demasiados indicios de inseguridad imperfecta. Los maquinistas lo sabían, lo denunciaban… y todos les hemos acallado. A Huelva, como a otras localidades, sólo faltaba ponerle en el calendario una fecha fatídica y un cronograma de la muerte que no cuadra porque alguien miente, alguien oculta.

Pedro Sánchez ya tiene para un buen libro. O para otra serie. Una pandemia con decenas de miles de muertos, se le pone a vomitar un volcán, una dana monstruosa porque nunca se acometió la obra para contener un barranco, un apagón derivado de la soberbia ‘woke’ y los delirios medioambientales, incendios infernales… Y nunca termina de resolverse nada, siempre a la espera de que vuelva a ocurrir porque la solución es un eterno parcheo, la palabrería vacía, el escaqueo, la condolencia y el desperdicio de tanto dinero público recaudado como jamás antes en impuestos. ¿Qué hacen con nuestro dinero? Y llega Pedro Sánchez, el presidente de este Gobierno de tanatorio, se desplaza unos minutos a Córdoba… y su mensaje es «cuidado con los bulos». Ya, sí. Y con el fango. Y bla bla bla.

Si algo hemos sabido en estos siete años es que el Ministerio de Transportes, el de Ábalos primero, el de Raquel Sánchez después, y el de ahora con Óscar Puente, es un cortijo. Un auténtico chiringuito. Me ahorro la hemeroteca por pereza. Notaré tu ausencia y otras, Rocío. ‘Manué, cuidado con el anzuelo’. Transportes solo es una plataforma del sanchismo para gestionar el mayor presupuesto de cualquier Ministerio. Y donde dedicaba 200.000 euros para el mantenimiento de cada kilómetro de vía, ahora dedica 100.000. No tenéis la culpa de que un volcán entre en erupción. Pero de esta indolencia, sí. Transportes, sus ministros, han sido el zafarrancho de combate del sanchismo y ninguno de los ministros aguantan un asalto con la hemeroteca. Muchos viven ahí recogiditos del enchufe, del dedazo, de lo más empobrecedor que hay, que es la corrupción. Viven del ‘low cost’, con un ejército de cargos intermedios puramente políticos, gentes del partido a la que colocar y que toman decisiones arrinconando a ingenieros, peritos y expertos. Demasiada soberbia, demasiada chulería, demasiado tuit. Han colonizado cada despacho como si no hubiese un mañana. Y con incompetencia, con una negligencia descarnada. Y Koldo, consejero de Renfe Mercancías. Y las prostitutas. Y el puñetero relato cada vez que hay un drama para sabotear la jodida verdad, como cuando Puente nos vendió que un robo de cobre a manos de rateros era un sabotaje para perjudicarle. Bah.

Y nos dan una orden. Oye, nada de politizar la desgracia. Lo pide el ministro de un Gobierno que reventó la Vuelta Ciclista a España, los maestros de las cacerolas, los que inventaron terroristas con múltiples capas de calzoncillos, los que llaman asesinos a rivales políticos. Los que culpan a otros con el dedo acusador de matar ancianos en residencias mientras algunos de esos acusadores, tan ejemplares, trapicheaban con mascarillas y apis para forrarse. ¿Esto no iba de buscar asesinos cuando gobernaban otros? La derecha cuando gobierna es una asesina implacable, fría. La izquierda, cuando se le viene encima un tsunami así, es la bondad personificada. Vamos a blanquear ministros. Tiene suerte Puente. Nadie le ha llamado asesino sencillamente porque no lo es. Ese juego político mola… hasta que te toca a ti. Y entonces, la falta de escrúpulos ya no es divertida, ya no es pura táctica. Unos sí tienen patente de corso para incendiarlo todo cuando la tragedia es gestionada por otros. Esos otros, en cambio, nunca tienen ni la presunción. Que sí, que tiene suerte Puente. Hoy no hay barbies de Hamás, ni tomadores del cielo por asalto, ni fanáticos del ‘no a la guerra’, ni caceroladas, ni escraches. Hay un dolor inenarrable, hay luto, hay respeto. Es afortunado Puente porque no es víctima de esa misma agitación de las vísceras de la que él sí es catedrático.

Y luego están los otros. Los de esa viscosa forma que adquiere la miseria humana. En un país de héroes, salvadores de vidas a oscuras, helados de frío y en mitad de una vía regalando generosidad infinita, también hay reventas de la usura, apostadores de la muerte sin el menor recato en buscar rentabilidad en el dolor ajeno. Oportunistas del dinero fácil que nos dicen que es el algoritmo el que altera los precios para viajar a Andalucía con la alta velocidad cortada. 700 euros por un taxi. Más de 400 por un avión que costaba 90. Golfos. Un tío pone coche y pide el dinero por adelantado. A euro y medio el kilómetro. Que les den a los comerciantes de la desgracia.

Me pregunto si la monstruosa mezcla de fatalidad y negligencia solo nos debe abocar a la resignación y al llanto por los que se han marchado. Me pregunto por qué nos tenemos que acostumbrar a las catástrofes si son evitables. O a los colapsos, o a las quejas desoídas, o al desperdicio de dinero público, o al consuelo por Rocío y los demás. Algo nos están robando. Algo muy serio que creíamos adquirido ya como un derecho permanente, el de nuestra seguridad en un país avanzado. Nos hurtan las certezas y consiguen hacer creer que vivimos gracias a ellos, que ocurra lo que ocurra no fallan, que hay que estarles agradecidos. Puente no sabe lo que ha ocurrido, pero sí sabe qué no ha ocurrido. En fin. Davinchi es un chaval de 19 años. Hace unos meses era un juvenil del Recreativo de Huelva. Hoy es un profesional en el Getafe. Su padre también se ha ido, y su hijo le ha escrito en su memoria lo siguiente:  «Cuando el camino se hace duro, sólo los duros hacen camino». Mucha pena, Rocío. Mucha.