Chapu Apaolaza-ABC

  • El Gobierno interpreta la catástrofe como una maldición

Cuarenta y cinco personas han muerto en un accidente de tren en Adamuz: qué le vamos a hacer. Se lo dicen en el Gobierno, que interpreta la catástrofe como una maldición, una cosa meteorológica e inevitable, una confluencia de la mala suerte que se cierne sobre los destinos de los hombres. La muerte por el tiesto en la cabeza simboliza la desgracia casual aunque, en realidad, el tiesto cae porque está mal sujeto o porque alguien lo lanza desde lo alto.

Si Sánchez dice que el descarrilamiento de Adamuz ha sido un accidente fortuito, es signo claro de que ha sido culpa del Gobierno. La realidad es que no sabemos si podría repetirse mañana, pero para Puente este miedo responde a una suerte de ‘shock’ postraumático de mi Españita. Emplazó a «bajar el suflé emocional» de los maquinistas que se habían puesto en huelga y habría que entender que estaban sofocados por el disgusto comprensible, sobreexcitados, emparanoiados, malos de los nervios. Todo era un invento de histéricos maquinistas que querían hacer la puñeta al Gobierno y que tenían que hacer el favor de calmarse.

Sánchez y Puente, portero de la discoteca de Moncloa, fueron los primeros en politizar el asunto de los trenes mucho antes, cuando la gente comenzó a protestar por el mal estado del servicio. El relato gubernamental consistía en señalar a los que se quejaban porque los trenes llegaban tarde, vibraban o tenían accidentes como auténticos fachas empeñados en usar el mal estado de las vías para derribar a este Gobierno de la gente, legítimamente elegido. Si decías que se había retrasado tu AVE diez horas y que eso antes no pasaba, el ministro Puente te insultaba meneando las ramas de la fachosfera, te bloqueaba en las redes sociales, las redes de bots de Moncloa te olisqueaban los tobillos y te convertías, al fin, en un peligroso fascista que pretendía derribar al Gobierno legítimamente elegido en las urnas. Un golpista.

Eran fascistas los ingenieros que decían que los materiales eran viejos y los que advertían de que el aumento de la inversión no era suficiente ante el incremento del uso que se hacía de las infraestructuras. Eran fascistas los tripulantes de la cafetería en los que salían despedidos los ‘bricks’ de leche a su paso por Adamuz. ‘Bricks’ de leche fachas, por supuesto, pertrechados contra Ferraz, como los jueces, la policía, la UCO y la prensa de la derecha que confabula contra la mayoría social del sanchismo. Eran fascistas las piedras del balasto que encargaron a la cantera de la mujer de Koldo y los periodistas que publicaban las noticias sobre la imputación de la presidenta de Adif y de cómo habían trufado la plantilla de la empresa de enchufados de partido y de las bellísimas prostitutas del ministro. Por supuesto, eran fascistas las vías que se rompieron y que llevan en funcionamiento desde unos años después de la Dictadura: así es como llegamos a la conclusión de que la culpa de todo la tuvo Franco.