- España se parece poco a lo que pinta el Gobierno: una nación deshilachada, sin Dios ni familia tradicional y al borde del cataclismo climático
Les ha salido del alma y han expuesto con claridad y energía algo que muchísimos españoles pensaban, pero que no acababan de atreverse a explicitar.
Los onubenses que perdieron a sus familiares en el choque de Adamuz se han plantado contra el frío y el vacío de los memoriales fúnebres del sanchismo y han demandado un oficio católico. No quieren poesía insulsa –o cursi–, violonchelo, ceremonial new age, pebetero y presentadores de TVE. No quieren horteradas para bloquear toda alusión a la vida después de la muerte. Quieren algo más sencillo, solemne y trascedente: rezar a Dios por las almas de aquellos a los que tanto querían y que han muerto de la manera más inesperada y dura. Han pedido lo que durante siglos y siglos ha confortado y sigue confortando a los españoles: un cura católico oficiando una misa de difuntos. Así de fácil.
La valentía y claridad de estas personas te deja pensando en que el Gobierno nos ha estado vendiendo durante más de siete años una España que no existe. Hemos sido –somos– los conejillos de indias de un pegajoso experimento de ingeniería social, cuya meta es ahormarnos a todos en el molde amoral, social y económico de un izquierdismo deshumanizado que ahora se hace llamar «progresismo».
Nos han vendido que somos un país laico, casi ateo, donde se hace chistes blasfemos contra Jesucristo en televisiones públicas que nos obligan a costear con nuestros impuestos. Pero España sigue siendo mayoritariamente católica, amén de que no se entiende sin esa fe, imbricada íntimamente en su historia.
Nos han vendido que ya no existe la familia tradicional, y hasta que es carca y nociva, cuando es el pilar fundamental de las sociedades sanas y cuando no existe estudio que no concluya que un matrimonio estable de hombre y mujer es la fórmula que logra hijos con mejores resultados académicos, mejor salud y menos problemas personales (y no lo digo yo, lo afirman quienes lo han investigado a fondo, como el psiquiatra y ensayista Theodore Dalrymple).
Nos han vendido una España donde se diría que casi resulta anómalo ser heterosexual, y han sobrerrepresentado a homosexuales y transexuales en sus actividades culturales y en sus chabacanerías televisivas.
Nos han vendido que apoyar la unidad de España, una colaboración solidaria de todos los españoles que data de siglos, es facha. Pero que unos separatismos que atufan a xenofobia son «progresistas». Han permitido que Junqueras, un delincuente condenado a 13 años de cárcel y que suma en su Cataluña menos votos que PP y Vox, mangonee un maravilloso país de 49 millones de españoles (al que además odia). Nos han dicho que España, una de las más viejas naciones de Europa, no es tal, sino «una nación de naciones plural y diversa».
Nos han dicho que el esfuerzo y el mérito son conceptos rancios y conservadores, despreciando así a los millones de chavales que se parten los codos estudiando y a sus padres que se desloman para sacar adelante a sus familias.
Nos han dicho que una fiscalidad confiscatoria, que nos obliga a dar al Estado la mitad de lo que ganamos, es «progresista», cuando supone un ataque frontal a nuestra libertad, pues no se nos permite disponer de lo que generamos con nuestro esfuerzo.
Nos han dicho que vivimos en una alarma climática extrema, con una campaña que ha llegado a tal grado de histeria que algunos chicos ya no quieren tener hijos (¿para qué, si el mundo está condenado a la extinción?).
Nos han dicho que el español «no está perseguido», cuando está prohibido de facto en la educación en el País Vasco y Cataluña y cuando en Galicia se rotula solo en gallego. Un disparate que se perpetra y tolera siendo el español la lengua más hablada en todas las regiones.
Nos han dicho que Bildu, el partido de ETA, es un socio respetable, pero que no se puede hablar con Vox. Nos han dicho que reescribir el golpe antiespañol de 2017 al dictado del fugitivo que lo impulsó ha sido «un optalidón que desinflama». Cuando supone la liquidación de la igualdad de los españoles ante la ley.
Nos han vendido rencor social, envidia hacia el que triunfa y la supuesta bondad de unas fronteras tipo coladero y de un Estado deshuesado. Nos han dicho que la verdad es un concepto obsoleto, sacrificable en el altar del tacticismo oportunista. Nos han vendido como el summum de la modernidad matar a fetos con la máxima facilidad y descartar a personas enfermas, viejas –o ambas cosas– con una inyección letal que aplican médicos de la Seguridad Social.
Se han apartado de la ruta de la belleza, la bondad y la esperanza en Dios para inventar una religión laica, victimista y triste, el cansino «progresismo», que aspira a convertirnos en unos simples bichos egotistas sin pasado ni futuro.