Javier Arellano Yanguas-El Correo

Vicerrector de Investigación y Relaciones Internacionales. Universidad de Deusto

  • Preguntémonos por el contexto social, político y cultural que lleva a parte de los ciudadanos a aceptar a líderes cínicos y narcisistas

Mientras las élites globales debatían en Davos sobre el futuro del mundo, una sombra se extiende sobre las democracias liberales: la normalización del cinismo moral. No es un problema de ignorancia ni de incompetencia. Quienes lo encarnan suelen ser inteligentes, incluso brillantes, pero actúan guiados exclusivamente por sus propios intereses. No es que no vean el daño que causan; es que no lo consideran relevante.

Este cinismo se manifiesta con especial claridad en determinados estilos de liderazgo contemporáneo. Líderes centrados en su propio yo, obsesionados con la imagen, el reconocimiento o la victoria a cualquier precio. Dispuestos a sacrificar principios, derechos o el bienestar colectivo si eso refuerza su poder o satisface su ego. Usan la desinformación como táctica deliberada y fomentan la polarización no por convicción ideológica, sino porque el caos les resulta rentable.

¿Qué hay detrás de esta forma de actuar? Una reducción extrema de la moral al cálculo estratégico. Las decisiones se evalúan en función de lo que se gana o se pierde, no de lo que es justo, legítimo o humano. El sufrimiento ajeno, la desigualdad o incluso la violencia son opciones aceptables si sirven para avanzar posiciones o evitar costes personales. El cinismo moral no necesita grandes justificaciones: basta con la lógica del interés.

Sería, sin embargo, un error tranquilizador pensar que estamos ante un problema aislado de individuos especialmente narcisistas o amorales. Cuando este tipo de actitudes triunfa en contextos democráticos, la cuestión deja de ser puramente personal. Debe inquietarnos cómo es posible que esos discursos y comportamientos encuentren apoyo social suficiente. No basta con señalar a esos líderes. Hay que preguntarse por el contexto social, político y cultural que hace que esta lógica resulte aceptable o incluso atractiva para una parte significativa de la ciudadanía.

Y aquí entramos en un terreno incómodo. Durante décadas hemos normalizado la idea de que cada cual debe mirar exclusivamente por sus intereses y negociar desde ahí. Hemos absolutizado mecanismos propios del mercado y los hemos convertido en una forma general de entender la vida social. Todo se traduce en transacción. Todo se evalúa en términos de coste-beneficio particular.

La pregunta clave es si somos capaces de reconocer el cinismo más visible como un problema colectivo

En ese marco, los valores morales quedan relegados. La pregunta por lo justo, lo digno o lo humano se sustituye por la de lo rentable, lo ventajoso o lo eficaz. Cuando esta lógica se impone, quien tiene más poder hace prevalecer sus intereses. Volvemos a la ley del más fuerte, al darwinismo social y político, a la acumulación de fuerza como criterio último.

No es posible construir una sociedad democrática sobre esas bases. La democracia no es solo una técnica para gestionar conflictos o agregar preferencias entre intereses enfrentados. Es, ante todo, un proyecto moral de convivencia entre personas y grupos diversos. Se sostiene en valores compartidos y en personas capaces de reconocer límites a sus propias acciones. Sin esa base ética, la democracia se vacía y queda reducida a un juego de poder cada vez más agresivo y cínico.

Por eso no basta con instituciones bien diseñadas o procedimientos formales. Hace falta algo más exigente: ciudadanos y líderes competentes, conscientes, compasivos y comprometidos, capaces de entender que no todo vale, aunque sea posible; que no todo lo legal es legítimo; que no todo lo eficaz es justo. Sin ese sustrato moral, la democracia queda indefensa frente a quienes manejan con mayor destreza el cinismo moral.

Esto exige atención y una actitud de resistencia: resistencia frente a la normalización del desprecio, de la deshumanización del otro y de la política entendida como mera lucha por el beneficio propio; pero también resistencia como construcción, como defensa activa de los valores que hacen posible la convivencia democrática. El cinismo moral se cultiva allí donde el interés propio se absolutiza, el sufrimiento ajeno se relativiza y la fuerza se confunde con la razón, pero puede contenerse cuando existen límites morales al poder y al interés.

Quizá la pregunta clave no es solo quién encarna hoy ese cinismo más visible, sino si somos capaces de reconocerlo como un problema colectivo y de sostener una democracia que no renuncie a sus fundamentos éticos: una convivencia democrática digna de ese nombre, habitada por personas moralmente responsables.