Ignacio Camacho-ABC

  • Los trenes de mantenimiento no funcionan…por falta de mantenimiento. Llevan tiempo arrumbados como juguetes viejos

Cuando se inauguró el AVE, allá por el lejano 92, a Borrell le gustaba presumir de la locomotora que todas las madrugadas, antes de que saliera el primer convoy con pasajeros a bordo, recorría las vías del trayecto en ambos sentidos para inspeccionarlas. Alguna vez subió en ella a periodistas para que comprobásemos la fiabilidad de aquella revisión cotidiana. En realidad no era ningún invento propio; hacía tiempo que funcionaba en el ‘Shinkansen’ de Japón y en el TGV de Francia. Como es lógico, a medida que se ampliaban las rutas la exploración pasó a ser esporádica pero también se modernizó con nuevas máquinas provistas de sondas capaces de descubrir sobre la marcha cualquier anomalía en la red ferroviaria. Una se llama Séneca, otra Avril (hay alguna más pendiente de homologación o de entrega) … y ambas están varadas. Arrinconadas en algún taller de reparación a la espera, como las notas del arpa becqueriana, de la mano que sepa arrancarlas.

Es decir, que a los vehículos de mantenimiento les falta… mantenimiento. Sin que se sepa siquiera desde hace cuánto tiempo porque la autoridad (in)competente no ofrece información clara al respecto. El detector de averías averiado, arrumbado como un juguete viejo: una forma escandalosa de rizar el rizo de la dejadez en este caos de resultados funestos. Óscar Puente dijo ayer que aunque la vía de Adamuz hubiese sido inspeccionada el día antes no habría sido posible evitar el siniestro. Un mensaje que deja aún más inquietos a los viajeros porque equivale a admitir la inutilidad de la prevención y de los exámenes técnicos. «Las tragedias en la vida suceden», dijo Sánchez el domingo a modo (mal modo) de consuelo. La inevitabilidad, la fatalidad, como argumento exculpatorio de las cada vez más palmarias responsabilidades del Gobierno. Pero la comisión de expertos atribuye a un fallo o defecto de soldadura la causa concreta del descarrilamiento.

Al Ejecutivo le preocupan más las consecuencias políticas que las jurídicas, que serán difíciles de establecer y en todo caso irán para largo debido a la previsible complicación del sumario y los dilatados tiempos de la justicia. Se trata de esquivar el veredicto de opinión pública que señala sin género de duda a la deficiente conservación de la línea, patente en las órdenes de desaceleración –¡¡la alta velocidad a baja velocidad!!– emitidas a los maquinistas como primaria medida preventiva. El ministro, cuyas notorias aspiraciones han quedado en tesitura crítica, ha recibido a tal efecto una consigna taurina: puerta grande o enfermería. Darle la vuelta a la situación y sacarle al jefe el aprieto de encima o inmolarse para contener la ira de la calle y de las víctimas. Y se ha hecho cargo de la encomienda con una sobreexposición comunicativa. Pero tiene un problema, y es que la realidad evidencia unas contradicciones que se parecen mucho a las mentiras.