Eduardo Uriarte Romero- Editores
Preocúpese el ciudadano por la política porque determinadas formulaciones de ella pueden producir trágicas consecuencias que hubieran sido evitadas con otras opciones. Desde el momento que la demagogia desaforada y destructiva se apoderó de la escena política con un desafiante “no es no”, incompatible con la democracia y el respeto al prójimo, debimos de pensar que este tío venía a montarla parda, a provocar un socavón institucional paralizando el país, no permitiendo gobernar a la lista más votada, lo que acabaría afectando al resto de las estructuras sociales y materiales.
La prepotencia del recién llegado con su coro de palmeros, propaganda de la mentira en el dominio del relato, promesas tras promesas fallidas, nos ha conducido al país de los desastres que creímos superar. Va a tener razón Trump en llamarnos país BRIC, en política exterior ya lo somos, en incidentes ferroviarios podemos acercarnos a la India, y en materia presupuestaria estamos en el medievo. Tres años sin presupuestos finalizan en consecuencias muy graves.
El funcionamiento de los ferrocarriles ha sido una gran metáfora de la política. A Mussolini se le reconoció como el hombre que había logrado la puntualidad en los ferrocarriles italianos. Con Franco no pasó lo mismo, ningún ejército que se preciase se atrevería a ocupar España teniendo en cuenta los retrasos de RENFE (comentario jocoso que se hacía entonces). Pero con el tiempo una democracia estable, impulsada además por una socialdemocracia responsable, y no la populista de Puebla, trajo el AVE como símbolo de modernidad, puntualidad, seguridad, que nada tenía que ver con el pasado panderetil y chapuza en el que nos habíamos metido desde el siglo XIX. Pero vinieron estos y se jodió el Perú, volvimos al peor de nuestros pasados en nombre del progreso nada menos.
Ahora este país emotivo está indignado por las pérdidas humanas en los trenes, tras cientos de incidencias no tan calamitosas, pero si muy molestas, que todos hemos padecido en los mismos desde que el craso ministerio de Fomento se puso a disposición de estos. Tenía que pasar y acabó pasando, y las personas eran reticentes a denunciar los previos fallos no sólo por miedo a no ser declarados fachas, sino, también, por la estrecha fidelidad ideológica, acrítica y servil de muchas buenas personas a una izquierda que por populista ha dejado de serlo. Todo asumido, hasta lo aberrante, con tal que no se permita el acceso a la derecha.
La buena gente, la fiel masa de izquierdas seguirá dando un apoyo suficiente a la reacción que el sanchismo ha supuesto en todos los ámbitos de la estructura jurídica, política, social y material en estos últimos años. Todo se ha supeditado a un relato encaminado exclusivamente al poder por el poder y, desgraciadamente, esa fiel masa cree en las inauguraciones, pero no presta atención al mantenimiento. El mantenimiento, saben los publicistas, no da votos, produce, por el contrario, molestias. No digamos nada de las necesarias infraestructuras subterráneas como alcantarillado o suministro de agua…, muy pocos políticos honrados se preocupan de ellas pensando, además, en el futuro. Estos, los de ahora, sólo piensan en seguir mañana caiga quien caiga. O muera quien muera.
No habrá dimisiones, eso significaría que el Gobierno de Sánchez es falible, cosa que su narcisismo no permite. La máquina de propaganda que Goebels hubiera querido para sí, porque técnica y relato sanchista tienen su maestro precedente en el padre de la propaganda nazi, seguirá sosteniendo a los afectos a la izquierda, algunos de buena fe, y los más porque de caer Sánchez se les puede escapar el chiringuito clientelar al que han accedido. Y los nacionalismos brindando su apoyo porque Sánchez les ha promocionado y ayudado más que Arana y Maciá juntos.