Olatz Barriuso-El Correo

  • La cita en Moncloa sirve al PNV de relato justificativo para seguir con Sánchez pero le ata a la suerte política del presidente

Si de algo sirvió la reunión de ayer en Moncloa entre el lehendakari Pradales y el presidente Sánchez fue de bálsamo político para ambos, como si de una hermandad de socorros mutuos se tratara. Es cierto que el inquilino de La Moncloa estaba bastante más necesitado de árnica que el de Ajuria Enea.En plena psicosis ferroviaria en España, no hay mejor narrativa para el jefe del Ejecutivo que la de un gobierno en marcha, que no sólo recibe regularmente a sus socios, sino con inusitada frecuencia y cordialidad. Una foto que intentaría contrarrestar la imagen de gobernante amortizado, abandonado por sus aliados, que arrastra penosamente los pies de un escándalo a otro, de una crisis a la siguiente, sin Presupuestos, expuesto a dolorosas derrotas parlamentarias y sin más futuro que afanarse en encontrar la conjunción astral que le ahorre una paliza épica frente a PP y Vox y le permita incluso–soñar es gratis– reeditar la mayoría ‘Frankenstein’ que ahora trata de reconstruir con jugadas tan marca de la casa como la de regalar a Podemos el mérito de la última regularización masiva de migrantes.

El caso de Pradales es distinto. Al lehendakari, con una cómoda mayoría absoluta con el PSE en Euskadi y un ecosistema político que nada tiene que ver con el avispero madrileño, no le acucian las mismas urgencias que a Sánchez. Pero le aprieta otra piedra en el zapato que es la misma que incomoda a su partido, el PNV: la necesidad de aferrarse, como gato panza arriba, a un relato político que justifique su papel de sostén del sanchismo desde la moción de censura de 2018. Contrapartidas que conjuren el desgaste que esa alianza ha supuesto para la sigla jeltzale al asimilarla con la izquierda y despojarla de su identidad clásica de partido bisagra, conseguidor y con cintura para pactar a diestra y siniestra y volver a casa con la saca llena.

Ya lo decía el exlehendakariUrkullu, si por él hubiera sido no se habría comprometido en un matrimonio estable con Sánchez al comienzo de la presente legislatura. Pero el enlace se consumó y pese a los vaivenes, el divorcio jamás ha sido una opción. Si acaso un cese airado de la convivencia si no se hubieran firmado los últimos cinco traspasos que llegaron ya fuera de plazo. Lo que queda ahora es intentar maquillar los incumplimientos –el balance cuantitativo exhibido ayer por el lehendakari persigue sin duda ese propósito– y vestir la decisión que ya ha tomado Sabin Etxea y que verbalizaba Aitor Esteban en una entrevista con este periódico el pasado fin de semana.

Lejos de pedir elecciones o tratar de deshacerse de Sánchez como si de un activo tóxico se tratase, el PNV opta por jugar el partido hasta el final, en la esperanza de que la carambola de Moncloa al recuperar a Podemos como socio le permita aprobar la cesión de competencias migratorias a Cataluña que prometió a Puigdemont, y al abrirse esa ventana, Euskadi se cuele también por ella. Si a eso se suma la cogestión de los aeropuertos, que los jeltzales también creen viable, el PNV exhibiría esos dos triunfos como botín suficiente para salir airoso de su largo ‘romance’ conSánchez. Nótese que de la gestión de las pensiones ni hablóPradales, ni del puerto de Pasaia sin la etiqueta de interés general, los otros ‘goles’ que el PNVaspiraba a marcar en el encuentro antes de que el árbitro (el mismoSánchez) pite el final. ¿Será porque el PSE había puesto pie en pared ante ambas pretensiones?

Del nuevo estatus, por supuesto, tampoco hubo noticia y cabe esperar que en breve se anuncie el desistimiento de las conversaciones en curso entre jeltzales, socialistas yBildu. ¿El resultado probable del partido justifica seguir sudando la camiseta? Está por ver. Pero de lo que no hay duda es de que el PNV ata definitivamente su suerte a la de Sánchez, con los dedos cruzados para que una implosión anticipada de la legislatura no eche por tierra tanto voluntarismo.