Antonio Rivera-El Correo
Catedrático de Historia Contemporánea de la UPV/EHU
- Asumamos que del final del conflicto civil nos separan ocho décadas. Se trataría de no cerrar mal su conocimiento, ni de tenerlo permanentemente abierto
Si un alumno me dijera en un examen que la Guerra Civil española se provocó por la mala cabeza de unos y otros, y que, como consecuencia, todos perdimos, le pondría un suspenso o, al menos, le llamaría al despacho para revisar su saber. La Historia no es una ciencia exacta como se dice de las experimentales y las técnicas, pero sí un conocimiento que se somete a un método riguroso. De manera que las afirmaciones históricas son tan exigentes como las que se hacen sobre la física o la ingeniería. No son opiniones, sino criterios fundados. ¿En quién o por quién? Pues por los mismos que en cualquier otra disciplina: por la autoridad de quienes los expresan y por el acuerdo compartido de la comunidad de historiadores. Puede que parezca poco o endeble, pero no hay más, como no lo hay en otros saberes. El covid no se curaba bebiendo lejía porque el sentido común lo niega, y lo hacía -y lo hizo- con las vacunas porque la comunidad científica médica lo respaldó así. En sentido contrario, puede haber diferentes opiniones médicas en el caso concreto de la enfermedad de un determinado ciudadano.
Los historiadores nos pasamos la vida dando estas explicaciones porque da la impresión de que cualquiera puede serlo, cualquiera puede tener una opinión sobre las cosas del pasado. En ese sentido, igual que hay terraplanistas o antivacunas puede haber personas que piensen como mi hipotético alumno. Pues no. La Guerra Civil española fue resultado directo del fracaso de un golpe militar con apoyo civil planificado de una determinada manera, que se conoce ya con detalle. Su resultado dio lugar a una dictadura de cuarenta años soportada hasta muy tarde en la división de la España frente a la AntiEspaña, los buenos y los malos españoles.
A estos segundos les correspondió sucesivamente la eliminación física, la cárcel y el exilio, luego la desposesión de bienes y empleos, después la condena al silencio y la invisibilidad y, finalmente, cuando ya casi no se distinguían unos y otros, porque a todos se había igualado, un régimen incapaz y opuesto a cualquier evolución hacia un sistema de libertades. Ergo la guerra la provocaron unos que fueron los que disfrutaron largamente el resultado de la victoria. No la perdieron todos, o por lo menos no lo hicieron de la misma manera.
Este hecho es tan indiscutible que resulta cansino reiterarlo. No resulta obvio, porque, por desgracia, crece el número de los que lo niegan, alimentándose de un saber insostenible. Por eso es necesario no dar oportunidad al diablo y no dar ocasión a malentendidos, como ha ocurrido estos días con una convocatoria en torno a la premisa ‘La guerra que todos perdimos’.
Dicho lo cual, quedan dos cosas más por apuntar. La primera es sobre la posibilidad de lo que de esa reunión iba a salir. Cierto que el cartel junta académicos con publicistas o especialistas de diversos saberes (escritores, cineastas, periodistas, comentaristas y publicistas), además de políticos en activo o en retén de todos los colores. No creo que la Historia sea coto de los historiadores cuando se habla acerca de ella. Por lo tanto, no me espanta la mezcolanza. El saber histórico riguroso se elabora en unos espacios distintos de aquellos en los que se establece como conocimiento social. Una cosa es la academia y otra la plaza pública, y los historiadores hemos de estar en ambos sitios si no queremos que lo avanzado en el primer ámbito resulte irrelevante o desconocido en el segundo. He contado al menos ocho prestigiosos colegas historiadores en ese abigarrado y heterogéneo cartel y no me cabe ninguna duda de que cada uno de ellos y todos en conjunto dejarán bien claro cuál es el criterio de la comunidad historiográfica.
El otro asunto tiene que ver con el hasta cuándo estas batallas. Viendo cómo crece el conocimiento falso en temas históricos, la situación invita a comportarnos como ‘wokes’ historiográficos, esto es, a no dejar pasar ni una cuando se afirma algo que no es así. No es así que la guerra la perdiéramos todos. Pero ese wokismo puede generar, como otros, su reactivo, y hay que ser cuidadoso con ello. Hay que dejar las cosas claras, pero hay que asumir que del final de la guerra nos separan ocho décadas, tres generaciones. Cerrar mal aquel conocimiento y recuerdo es una mala manera de hacerlo; tenerlo permanentemente abierto es otra. Enterrar bien a los muertos y dejar mayoritariamente fijado el conocimiento es el punto de partida para empezar a mandar nuestra Guerra Civil del 36 al ámbito de la memoria cultural, como se ha hecho con las guerras carlistas del siglo XIX. Es decir, el destino de aquella guerra no puede ser otro finalmente que el recuerdo no falsificado y la irrelevancia en los debates del presente, como haríamos hoy con Zumalacárregui, Espartero o las desamortizaciones. Lo contrario es seguir alimentando batallas culturales. Y en las batallas culturales a cuenta del pasado todos juegan y todo se puede deformar, porque no hay saber inmaculado ni intocable.