Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- En treinta años, la misma institución que encabezó la movilización social contra ETA ha pasado a ser territorio Bildu
Esta semana cerraba por última vez el despacho de la universidad a la que he dedicado treinta y seis años. Hace unas semanas tuve amenazas por las paredes (faxista, sionista, machista, tránsfobo), pero esta vez solo recibí silencio del ahora erial humano e intelectual. No suena alegre, pero me voy contento: no recibir premios ni homenajes es, en el País Vasco actual, un buen reconocimiento. Claro que no es algo exclusivo, si observamos que el “debate cultural” está centrado en España en el sarao suspendido de Pérez Reverte tras reventarlo un invitado (merecido lo tienen) que funge de escritor pero escribe mal; eso sí, vende mucho y repite muy bien las consignas: David Uclés, modelo de intelectual sanchista (oxímoron). Y ni siquiera somos originales en eso, porque la decadencia de alta cultura y universidad es un mal occidental.
La cancelación ideológica
La invención europea de las universidades en la Edad Media fue tan buena que el resto del mundo acabó adoptándola; hoy es un indicativo muy respetado de salud cultural. Pero la verdad es que no pasa por su mejor momento. Olvidemos los ránquines internacionales universitarios, no muy distintos a la guía Michelín, y repasemos algunos hechos. Las universidades occidentales han bajado el nivel para plegarse a la capacidad menguante de sus clientes, salidos de una secundaria de peor calidad: la “cultura general” es cosa del pasado, y algunos hasta tienen serias dificultades para entender un texto, escribirlo o seguir un debate abstracto. Se suprimen materias difíciles y se cambian programas para hacerlos políticamente correctos. Algunas estudian suprimir la evaluación con trabajos de ensayo y exámenes porque perjudican las notas de las minorías. Y la cancelación ideológica afecta a Aristóteles, Hume o Darwin. Lo que ahora vende son los sentimientos blandos, no los conocimientos duros.
¿Cuándo comenzó esta degeneración? Los sesenta, con la célebre revuelta universitaria de 1967-68, fueron claves. El Estado de bienestar hizo un esfuerzo colosal para abrir la universidad a las clases bajas y convertirlas en ascensor social. La intención era ortodoxamente ilustrada, pero masificó las carreras, impuso una burocracia poderosa e improvisó nuevas universidades, titulaciones y profesorado. Obtener un título universitario para ingresar en la cúpula de la sociedad pasó a ser una aspiración popular viable.
Pero, como ya denunció Hannah Arendt con los primeros estudios afroamericanos y cuotas para minorías en Chicago y Columbia, la adaptación universitaria a esa política, germen del wokismo izquierdista actual, devaluó la enseñanza impartida. Habría títulos para todos, pero peores y de poco valor añadido, o tan lunáticos como la falsa antropología psicodélica de Carlos Castaneda. A la vez, las élites universitarias fueron girando hacia la extrema izquierda mientras se hacían más reaccionarias en la gestión de sus cursos y feudos: cuanto más apoyaban causas progresistas, del pacifismo a la revolución cultural china, más intransigentes eran en la exigencia de más dinero y privilegios exclusivos.
Publica o perece
En las españolas, la popularización universitaria y la sectarización ideológica del profesorado se inició al final de la dictadura. Se podría decir que empezaron a bajar antes de hacer cumbre, sobre todo las sometidas a los objetivos del nacionalismo, como la Universidad del País Vasco (fundada en 1980). La complaciente legislación española entrega la universidad a castas endogámicas y clientelares parecidas a una familia patriarcal (o matriarcal). Esto no es nuevo, pero las castas han sido blindadas por el sistema mundial del “publish or die”, publica o perece; convierte la carrera profesional en una agotadora lucha por publicar todo lo posible, tenga o no interés, y rara vez lo tiene, en un puñado de exclusivas revistas científicas de pago. Sin el trámite es imposible progresar, ascender en la jerarquía académica y obtener fondos. Por añadidura, hay que formar parte de grupos de investigación con sus propios peajes, como que el catedrático al frente firme en primer lugar, aunque no haya participado en la investigación (de haberla). Así se ingresa en el sistema de citas recíprocas o del yo te cito si tú me citas, un do ut des que mide la investigación en bites o peso de papel y citas conseguidas. Mientras los maestros del pasado publicaban en toda su vida unos pocos libros y algunos artículos, cualquier doctorando actual debe acumular todos los posibles en unos pocos años. Añadamos los filtros ideológicos hegemónicos, que en letras y ciencias sociales sesgan descaradamente las publicaciones.
El euskera como barrera
Por mi parte, entré en 1989 y conseguí la titularidad en 1992 ganando el concurso al aspirante del departamento, cosa que sentó fatal a los muchos convencidos de que la capacidad debe ceder ante la antigüedad. Pero todavía era una casa plural y viva: sustituí temporalmente a Vicente Molina Foix y a Fernando Savater, que hoy estarían excluidos de los encorsetados concursos de méritos por desconocer el euskera impuesto como barrera de acceso, pues hace mucho que no se convocan plazas de letras sin ese requisito excluyente. Eso significa que los aspirantes a PDI son un puñado de personas con el nivel de euskera exigido, pero a menudo sin los conocimientos necesarios; por descontado, la falta se compensa con sumisión al pensamiento obligatorio: mucho Laclau, incluso Byung-Chun Hal, y poco Spinoza o Kant.
En 1997 la universidad vasca todavía integraba a muchos dispuestos a enfrentarse a ETA, que respondió con atentados y amenazas. La solución de emergencia fue retirarnos temporalmente de la docencia a los más amenazados y sustituirnos por nuevos que debían adaptarse a los filtros políticos abertzales, o marcharse. Cuando volví a la docencia normal en 2016, me encontré con un expreso de ETA al frente del departamento, reconvertido entretanto de facto de la Filosofía de los Valores a la antropología de género y woke. Ahora parece que me sustituirán ayudantes de ciencias políticas y antropología, no docentes de filosofía, encaminada a la extinción.
En treinta años, la misma universidad que encabezó la movilización social contra ETA ha pasado a ser territorio Bildu. La legislación vigente desde hace muchos años, más la apatía social y el conformismo de las élites, facilitó la conquista y exclusión de disidentes, otro logro de la cesión a la banda mal llamada “proceso de paz”. Sin embargo, no pasará mucho tiempo sin que la sociedad deba elegir entre la nueva contrailustración de estos búnkeres académicos, reaccionarios y grises, y el pago de pensiones, la construcción de viviendas asequibles y la inversión en verdadero conocimiento. No tendrá justificación sostener cavernas de privilegiados que medran repitiendo consignas y dando la espalda al saber.