- Ya sabíamos de su osadía, macarrismo y gamberrismo en las redes sociales pero no de la altísima estima que se tiene. Su alarde de soberbia, narcisismo, vanidad e inmodestia sólo es comparable al que exhibe y ejerce su «puto amo»
La lección de dignidad y coherencia con sus sentimientos de fe que los familiares de las 45 víctimas mortales de Adamuz, heridos y vecinos de Huelva, dieron en el funeral de Estado, y lo fue porque allí estuvo el jefe del Estado, hace más escandalosa la espantada de Sánchez y su ausencia en la misa en memoria de las víctimas; sólo explicable por el enorme déficit moral que arrastra el presidente del gobierno.
No asistió para no tener que mirar a los ojos a esas familias rotas por el dolor cuyas víctimas, dijo en un mitin, eran su prioridad y con las que el gobierno empatizaba. Mentira. Otra muesca más en su largo historial de imposturas que le ha convertido en un político incompatible con la verdad.
Tuvo la oportunidad de empatizar con ellas, dando la cara, pero optó por quedarse en Moncloa en un gesto que define sus prioridades y sugiere que el dolor ajeno no está entre las suyas y que la presencia sólo la justifica si obtiene algún rédito político. En Huelva, sin embargo, tendría que haber escuchado las emotivas, sentidas, desgarradoras y conmovedoras palabras de Liliana que perdió a su madre y habría saludado a su hermano Fidel, quien le escribió una carta abierta en la que decía que «quienes debían protegernos nos fallaron y lo que es peor, se niegan a reconocerlo».
Creo que fue Adolfo Suárez el que dijo que la democracia no se construyó para proteger a los gobernantes sino para responder ante los gobernados. Y gobernar no es sólo comparecer y dar la cara cuando conviene o asistir a actos cómodos. Es estar también cuando duele, te echan en cara consecuencias derivadas de tu gestión. Un gobernante responsable y honesto, comprometido con su función, no da una espantada cobarde como la de Sánchez en Huelva por más incomodidad que le causara la asistencia.
Está claro que las de Huelva no eran sus víctimas tras reprocharle estas su mal gobierno sobre la tragedia, reclamarle la verdad, y denunciar que el accidente podría haberse evitado, posiblemente, si el sistema, la inversión exigible, el mantenimiento obligado y las inspecciones minuciosas de las vías cuando la seguridad de miles de viajeros está en juego, se hubieran hecho con la diligencia y responsabilidad debidas.
Oyendo a Óscar Puente en el Senado, sin embargo, cualquiera diría que España tiene ahora mismo un serio problema de credibilidad y confianza en sus trenes tras el devastador accidente de Adamuz. Todo se hizo bien. No hay déficit de inversiones ni de mantenimiento y la red ferroviaria está prácticamente en «riesgo cero» de sufrir accidentes, según Puente, pero desde hace dos semanas 45 familias lloran a sus muertos por culpa precisamente de uno de esos siniestros cuyo riesgo era casi «cero».
Ni un ápice de autocrítica ni por supuesto admitir la dimisión; sólo autocomplacencia en la gestión de antes, durante y después del siniestro. Una actitud muy coherente con la soberbia del personaje que fue capaz, incluso, de compadecerse a sí mismo por haber dormido muy pocas horas en las últimas dos semanas, como si ese desvelo por el compromiso de su cargo tuviéramos que agradecérselo todos, incluidas las familias de los fallecidos en Adamuz. Y tampoco Óscar Puente es un dechado de humildad como ha querido transmitirnos tras el accidente ocultando el auténtico carácter ofensivo de su naturaleza política insultante y agresiva.
Muy al contrario, cantó la gallina, y a pesar de su reprobada gestión al frente de los ferrocarriles como ministro de Transportes, y de tener que responder del primer y gravísimo accidente de la alta velocidad en España, Puente tuvo el desahogo y la poca vergüenza de reaccionar ante la petición de dimisión que le hizo el PP en el Senado, respondiendo que le exigían su dimisión «porque su persona les molesta. Y les molesta porque lo hace muy bien y eso no lo soportan». Con 45 muertos no cabe más indecencia ni mayor insolencia.
Ya sabíamos de su osadía, macarrismo y gamberrismo en las redes sociales pero no de la altísima estima que se tiene. Su alarde de soberbia, narcisismo, vanidad e inmodestia sólo es comparable al que exhibe y ejerce su «puto amo», Sánchez, y probablemente esa emulación tan competitiva puede llegar a molestarle a su ‘Sanchidad’. Igual ahora sí le cesa.