José María Ruiz Soroa-El Correo
Si un alumno universitario hubiera sostenido la tesis de que «todos perdimos la Guerra Civil» en 1978, su profesor de Historia, estoy seguro, le hubiera felicitado. Si lo hace aquí y ahora, en 2026, le miraría con desconfianza y le pediría explicaciones más profundas. Pues, ¿qué ha cambiado? ¿Es que ha cambiado la historia o el conocimiento que tenemos de ella? Obvio que no. Lo que ha cambiado es la conversación pública en que esa frase se pronuncia, lo que ha cambiado es la pregunta que suscita esa respuesta, como diría Gadamer, ha cambiado la comprensión situada del significado de esa afirmación.
Obsérvese que la frase refiere su sujeto a un «nosotros» que no es histórico, sino actual. Manifiesta la forma de comprender simbólicamente un acontecimiento lejano protagonizado por otras personas, unos «ellos» que ya no existen. Y la manifiesta desde una perspectiva pragmática muy concreta: ¿por qué y para qué digo que la guerra fue un desastre colectivo para el país, que causó un daño enorme, y que provocó una represión interna y aislamiento cultural consecuente para toda la sociedad? ¿Para qué decimos que simbólicamente hablando «la perdimos todos»? En 1978 sin duda era para posibilitar la democracia, para fundar la reconciliación, para escapar de las consecuencias de la venganza sin fin que diría Arendt. La frase «fusionaba los horizontes» de la inmensa mayoría.
Kosellecq hubiera probablemente considerado éste como un caso de manual de un uso del lenguaje conceptual que despega el presente del pasado, un acelerador del tiempo que permite saltar de una experiencia de guerra/dictadura/represión asimétrica a una expectativa de estabilidad sin conflicto. Fue un concepto que naturalizó un futuro común sin revisión ni castigo.
¿Qué ha pasado desde entonces? Que la conversación española no es ya la misma de entonces y, por ello, la frase de marras se inserta en un tiempo de choque de temporalidades, pues colisionan la «memoria democrática activa» con los restos activos de la «memoria marco transicional». ‘Todos perdimos la guerra’ es una frase sospechosa de querer clausurar una memoria con un vago acuerdo interesado y, por ello, suscita de inmediato una cautela. ¿Por qué y para qué dice usted eso? La sociedad no ha hecho todavía las paces con su pasado. Y sin hacerlo, no hay nación posible, decía Rorty.