Luis Ventoso-El Debate
  • A diferencia de las quejas de la izquierda, algunos somos tan raros que nos gusta que los barrios vayan a más y dejen atrás viejas sordideces

En mi niñez, el barrio portuario coruñés donde vivíamos no era exactamente Beverly Hills. Había una planta de la vieja Campsa con unos enormes tanques grises de combustible, a cuya entrada se acumulaba un pequeño vertedero de basura, que ya disfrutaba hasta de nombre propio: La Salinera. Un poco más abajo, como cortando dos partes de la ciudad, se levantaba un gran poblado chabolista. Aquello parecía una reserva india de las películas que no podías cruzar. Por entonces no existía la corrección política y todo el mundo se refería al «campamento de los gitanos», pues eran los que allí vivían, con la curiosa afición de cuando en vez de quemar neumáticos, levantado unas escandalosas nubes de humo negro.

Por supuesto, también recuerdo aspectos más entrañables. Existía una vida vecinal que abrazaba a todo el mundo, en la que la gente se paraba a charlar cada cuatro pasos con algún conocido, con un casino de barrio para jugar al dominó, la Sociedad Recreativa e Instructiva, y con varios bares siempre animados por una jarana marinera y portuaria un tanto chisposa, espoleada por mucho más morapio del recomendable (una vez vi a un marinero ahogando su flamante reloj en una taza de vino ribeiro, a fin de comprobar si era realmente sumergible, tal y como le había dicho el indio que se lo había colocado en Canarias).

Había también un pequeño comercio muy vivo. Colmados de comestibles como los de Anselmo y Socorro y el de Víctor, que aún existe y tiene grelos. La panadería de Modesto, con sus barras calientes, una tentación que llegaba a casa ya casi devorada. La sastrería del padre de Santi, que era amigo nuestro y que un día le cortó a mi padre un traje príncipe de Gales con tan poca maña que al ponérselo resultó que parecía el caballo de Espartero. Los del estanco, que eran más finos, como de alta burguesía; y la barbería de Vales, donde Maxi, barbero castellano de metro cincuenta, era objeto de mil chanzas por su suficiencia asertiva (es decir, se mostraba tan disparatado en sus opiniones como celoso de la irrefutable verdad de las mismas). Para dar color estaban siempre los chistes y anécdotas del quiosquero Manolo, especialista en espantar a las viejas con alguna coña procaz y que era de muy de izquierdas, pero había hecho la guerra entera con los nacionales.

También existía una fabulosa tienda de motos, ante cuyo escaparate babeábamos los que todavía acabábamos de soltar hace poco los ruedines de la bici. Por supuesto nos dejaban jugar al fútbol en la calle, lo cual solía acabar con un balonazo a algún peatón, que no se quedaba muy contento, o con un pelotazo en la luna de la temida Farmacia de Aurelia, una boticaria casi mitológica por su cortante severidad, que impresionaba hasta a los más golfos.

Pero un día llegó a aquel micromundo una gran noticia. Iban a levantar el poblado gitano y en ese solar se iba a construir El Corte Inglés y un centro comercial. Todavía no se había inventado el término un poco absurdo de «gentrificación», tomado del inglés «gentry» (en español, en todo caso sería más lógico hablar de «centrificación»). Pero el mensaje de la izquierda ya era el mismo de ahora: no a la especulación, no a la llegada de El Corte Inglés, un gigante sin entrañas que iba a «matar al pequeño comercio» (ocurrió todo lo contrario, acabó floreciendo en su entorno). Cuando el visionario alcalde Paco Vázquez excavó los primeros aparcamientos subterráneos, que tantas décadas de providencial servicio han dado a la ciudad, la izquierda bramó de nuevo y los nacionalistas llegaron a pegar carteles de protesta contra el «alcalde topo». Cuando Amancio empezó con su empresa de moda para todos, que hoy ha puesto en órbita a La Coruña, los tarugos de los sindicatos lo señalaban por «explotador».

En donde se ubicaban los deprimentes bidones de la Campsa, el alcalde Vázquez creo un pequeño parque verde. La calle de los balonazos se peatonalizó. Los locales comerciales se sofisticaron, con una decoración moderna. Donde había una corrala se construyeron pisos de lujo y con piscina interior –para nuevo cabreo de la izquierda–, y por supuesto se vendieron todos al momento, ergo existía una demanda. La botica de Aurelia, que parecía salida de una novela gótica de Poe, dio paso a una farmacia luminosa de último diseño. Es decir, se produjo lo que hoy llamaríamos un «proceso de gentrificación», denunciado con fuerza en aquel momento por la izquierda y por el nacionalismo comunista y cejijunto del Bloque. ¿Y qué ocurrió al final? Pues que al calor del tirón económico de una gran empresa que fomentaba el odioso «consumismo» se remozó por completo el barrio, mejorando mucho la calidad de vida de las personas que allí vivían y viven.

Estos días veo en Madrid a la izquierda estremecida por la «pesadilla de la gentrificación excluyente» que va a provocar el cierre de una librería de aire progre de Malasaña, que además ofrece vinos. Siento decir que no me dan demasiada pena. Si cierran será porque su oferta no convence al público y no ganan dinero. Y si Malasaña se «gentrifica», igual acaba ocurriéndole lo que a Chueca, que de un siglo a otro pasó de la sordidez a barrio agradable.

¿Gentrificación? Sí, por supuesto. ¿Izquierda progresista antiprogreso? Eso no quieren para sí mismos ni los que lo predican. Y quien no lo crea, puede preguntarle a Yoli…